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NO HAY QUIEN
ENTIENDA A LAS MUJERES
©
Roberto Malo
Le regalé tres cajas de
bombones y seis ramos de flores y aceptó salir
conmigo.
La recogí por su casa en mi
lujoso automóvil y la llevé a cenar al restaurante
más caro de la ciudad, a la luz de las velas. Allí
le conté mi vida de cabo a rabo, y ella lloró a moco
tendido por mis penas, por mis innumerables penas.
También ella me contó un montón de historias
divertidísimas, y yo me reí a mandíbula batiente por
la gracia que tenía al hablar. Sin duda alguna,
estábamos hechos el uno para el otro.
Fuimos a bailar a la pista con
más clase de toda la ciudad, y nos eligieron como la
mejor pareja de la fiesta; todo el mundo nos
felicitó; todo el mundo nos dijo que hacíamos muy
buena pareja.
Después, al morir la noche, la
acompañé al portal de su casa y ella me invitó a
subir. Por supuesto, como un buen caballero decliné
su invitación y quedamos en vernos al día siguiente.
Y entonces, cuando nos íbamos a despedir con un
casto beso, ¡zas!, un ladrón se nos echó encima y
exigió a punta de navaja que le diésemos el dinero,
las joyas, el bolso, la cartera... todo lo que
llevásemos. De súbito, el mundo se me vino encima.
Lo primero que pensé fue que toda la magia de la
noche quedaría eclipsada por semejante incidente. Si
no demostraba lo valiente y osado que era, ella
seguramente me dejaría. ¿Quién va a salir con un
hombre que se deja pisar por un piojoso delincuente?
Sí, ella tembló al ver la destellante navaja y yo
temblé al pensar en las consecuencias que reportaría
el vaciar mis bolsillos en su presencia. No sólo le
daría al ladrón mi dinero y mis joyas; también, de
alguna manera, le daría mi integridad, y la
confianza que ella había depositado en mí. Sí, un
caballero no podía permitir que una dama fuera
asaltada por semejante desalmado. Y en cuestión de
un segundo, azuzado al pensar en la humillación que
supondría para mi persona el no ofrecer resistencia,
me lancé con furia sobre el delincuente. Le quité la
navaja de una patada, la recogí raudo al caer al
suelo y, hábilmente, le rajé con ella el cuello de
lado a lado y le abrí el estómago de arriba abajo.
Acto seguido, para asegurarme de que el ladrón nunca
nos pudiera hacer daño alguno, le saqué los ojos de
dos certeros navajazos. Después tiré la navaja al
suelo y me volví hacia mi dama. Y ella, en lugar de
abrazarme emocionada, en lugar de premiarme con un
beso apasionado, se quedó quieta, como una boba,
hasta que de pronto rompió a gritar, a insultarme, a
decirme que estaba loco, que era un animal, una
bestia, y que no quería saber nada de mí durante el
resto de su vida.
No hay quien entienda a las
mujeres.
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