II Recital de narrativa "SéBreve"

   Zaragoza 24 de septiembre de 2011

 volver

  volver a inicio

 

 

  

 

 

 

ONDINA y ÉL

 

© Maria Otal

 

Caminaba por la playa vacía, iba desnuda, su cuerpo en comunión absoluta con la naturaleza, era la imagen viva de una diosa griega, de una ondina o de un ser fantástico salido de la imaginación del hombre que, a través del cristal, la estaba observando.  La arena de la playa cubría sus pies a cada paso y el agua, con un vaivén ronco, jugaba a descubrirlos. Así, durante mucho tiempo. Por fin, la mujer desnuda se tumbó, el observador tuvo que hacer ímprobos esfuerzos para divisarla, su piel era del mismo color que la arena húmeda, y parecía disolverse en ella, como si fuese una prolongación de la misma.  ¿Cuántas horas transcurrieron?. No lo sabía. Seguía pegado a la ventana mirando el cuerpo que se dibujaba en la playa, desde la mañana, la mujer no había cambiado de posición y él se sentía extraño, la poca movilidad de esa figura lo trastornaba, temía acercarse y romper la privacidad que la envolvía. Se decidió.  Cogió su chaqueta y salió del apartamento, con paso firme cruzó el paseo y comenzó a adentrarse en la arena. Conforme se iba acercando, su corazón se aceleraba y una brisa suave golpeaba su rostro. Cuando llegó a su altura, no pudo reprimir una carcajada que sonó estridente y sola.  Su diosa era de barro. Una estatua de arena, en una playa vacía y en el mes de diciembre… La miró ampliamente, estudiando esos rasgos que el viento iba borrando, con las manos temblorosas acarició su cuerpo y, con un movimiento brusco, terminó por destruir la hermosa figura.

La playa quedó lisa y amplia.

Estaba pegado a los cristales y su cámara buscaba una ilusión.  De pronto,  de la arena surgió la figura desnuda de una mujer, era la misma, la que el día anterior lo trastornara. Ella comenzó a caminar por la playa vacía, en un momento dado, se detuvo mirando hacía la ventana donde él estaba, y sonrió.

Bajó las escaleras de tres en tres, el paseo se hizo invisible y corrió tras ella gritándole: -"Por favor espera…!; ella no se inmutó, seguía caminando en dirección al agua; la alcanzó en la orilla y extendió la mano hasta rozarle el hombro con intención de detenerla, pero al contacto, la figura de la mujer se redujo hasta quedar convertida en un montoncito de arena a sus pies. Se sentó a su lado, sobre la espuma, buscó en el bolsillo de su gabán, sacó un dietario y leyó con infinita pesadumbre.

 - 5.30 - Dra. Angela Murrieta, psiquiatra. 

 

 

 

 

  volver

   volver a inicio