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ONDINA y ÉL
©
Maria Otal
Caminaba por la playa
vacía, iba desnuda, su cuerpo en comunión absoluta
con la naturaleza, era la imagen viva de una diosa
griega, de una ondina o de un ser fantástico salido
de la imaginación del hombre que, a través del
cristal, la estaba observando. La arena de la playa
cubría sus pies a cada paso y el agua, con un vaivén
ronco, jugaba a descubrirlos. Así, durante mucho
tiempo. Por fin, la mujer desnuda se tumbó, el
observador tuvo que hacer ímprobos esfuerzos para
divisarla, su piel era del mismo color que la arena
húmeda, y parecía disolverse en ella, como si fuese
una prolongación de la misma. ¿Cuántas horas
transcurrieron?. No lo sabía. Seguía pegado a la
ventana mirando el cuerpo que se dibujaba en la
playa, desde la mañana, la mujer no había cambiado
de posición y él se sentía extraño, la poca
movilidad de esa figura lo trastornaba, temía
acercarse y romper la privacidad que la envolvía. Se
decidió. Cogió su chaqueta y salió del apartamento,
con paso firme cruzó el paseo y comenzó a adentrarse
en la arena. Conforme se iba acercando, su corazón
se aceleraba y una brisa suave golpeaba su rostro.
Cuando llegó a su altura, no pudo reprimir una
carcajada que sonó estridente y sola. Su diosa era
de barro. Una estatua de arena, en una playa vacía y
en el mes de diciembre… La miró ampliamente,
estudiando esos rasgos que el viento iba borrando,
con las manos temblorosas acarició su cuerpo y, con
un movimiento brusco, terminó por destruir la
hermosa figura.
La playa quedó lisa y
amplia.
Estaba pegado a los
cristales y su cámara buscaba una ilusión. De
pronto, de la arena surgió la figura desnuda de una
mujer, era la misma, la que el día anterior lo
trastornara. Ella comenzó a caminar por la playa
vacía, en un momento dado, se detuvo mirando hacía
la ventana donde él estaba, y sonrió.
Bajó las escaleras de
tres en tres, el paseo se hizo invisible y corrió
tras ella gritándole: -"Por favor espera…!; ella no
se inmutó, seguía caminando en dirección al agua; la
alcanzó en la orilla y extendió la mano hasta
rozarle el hombro con intención de detenerla, pero
al contacto, la figura de la mujer se redujo hasta
quedar convertida en un montoncito de arena a sus
pies. Se sentó a su lado, sobre la espuma, buscó en
el bolsillo de su gabán, sacó un dietario y leyó con
infinita pesadumbre.
- 5.30 - Dra. Angela
Murrieta, psiquiatra.
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