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CALIDO BOCHORNO
©
Núria Nuibó
Hacia tres meses que Manuel vivía solo en la vieja
casa de campo que había heredado de sus padres.
El
sofocante calor de aquel verano le mantenía
enclaustrado entre aquellas gruesas paredes, pasando
largas horas sentado en la mecedora, cerca de la
pequeña ventana, con la única compañía de los
libros que recuperaba del antiguo baúl del desván.
Cuando la despensa quedaba vacía Manuel bajaba al
pueblo a primera hora de la mañana, tomaba un café
en el pequeño bar, leía la prensa y salía presto a
la tienda de ultramarinos para abastecerse de todo
aquello que podía conservarse sin frigorífico.
Una
tarde de cálido bochorno, ese suave viento del
sureste que llena de calima el ambiente, cuando
Manuel volvía de refrescarse de la acequia, una
esbelta figura le esperaba delante del portal. Era
ella, con un ligero vestido blanco de lino, la piel
bronceada, sus cabellos negro azabache y aquellos
penetrantes ojos verdes.
No
hubo palabras. Enloquecidos de deseo revivieron
momentos de éxtasis enmudeciendo el chirriar del
viejo somier. Al anochecer, empapados de sudor, como
habían hecho en aquellos calientes veranos de
noviazgo, desnudos de cuerpo y libres de espíritu,
salieron a bañarse a la luz de la luna.
Encima de la ennegrecida mesa de piedra del porche
les esperaba un gran sobre con un pliego de
papeles.
Después de firmar el divorcio de mutuo acuerdo, se
despidieron con una sonrisa de complicidad.
Volverían a encontrarse, no se soportaban pero se
deseaban con locura.
Aquel verano en el pequeño pueblo tuvieron tema de
conversación.
19/9/2011
PRIMER Y ÚLTIMO VIAJE
©
Núria Nuibó
Es el
primer viaje que hace Ana desde que tiene documento
de conducir.
Sus
padres, muy a pesar suyo, han aceptado la férrea
decisión de irse sola y aunque confían en su
prudencia no han cesado de darle consejos hasta el
último momento, expresándole en el último abrazo el
deseo de que llame pronto y les comunique cuando
podrán ir a visitarla.
Lleva
solo lo imprescindible, sabe que las monjas clarisas
han hecho votos de pobreza, pero sí que lleva un
pequeño paquete para regalar a una persona muy
especial
Hará
el viaje sin entretenerse, a medio, camino un
bocadillo, llamará a sus padres y continuará, quiere
llegar a primera hora de la tarde.
Cuanto
más se acerca al convento, más intranquila se
siente. Después de haber concretado día y hora con
la Madre Superiora, sabiendo que las normas de
convento son muy estrictas, quiere ser puntual.
Son
las cuatro de la tarde, ha dejado el coche en la
pequeña plaza del convento, su corazón late deprisa,
le tiemblan las piernas. ¡Ha esperado tantos años!
Desde
que tiene uso de razón que lo ha deseado. Durante
años, sus padres han estado convenciéndola que
todavía no era el momento, ahora ya no han podido
impedírselo.
Ella
sola ha cumplimentado todo el proceso para ingresar
en la Orden de las Clarisas de este antiguo
convento, a sus padres, resignados, solo les resta
rezar para que su hija sea feliz. Y lo será, Ana
está convencida, sabe que solo aquí encontrará la
luz.
El
corazón vuelve a su ritmo, tranquila y con paso
decidido se acerca a la gran portalada. El sonido
chirriante del timbre le hace prever la austeridad,
desde detrás de una pequeña reja, una suave voz,
después del Ave Maria, le pregunta su nombre.
El
sordo gemido de la vieja puerta al abrirse queda
silenciado con la dulce sonrisa de la hermana que
con paso tranquilo la acompaña hasta el despacho de
la Superiora.
La
entrevista ha sido agradable, Ana ya estaba al
corriente de las normas del convento. Antes de
asignarle su celda, pide un único deseo, conocer a
la hermana Concepción.
Al
encontrarse sus corazones laten al unísono, las dos
esperaban este momento con un extraño temor. Madre e
hija se funden en un largo abrazo. Ana le da a su
madre aquella pequeña caja que sus padres adoptivos
habían guardado tanto tiempo, dentro de ella, una
fina cadena y una pequeña medalla de Santa Clara con
la inscripción "Hermana Concepción"
Desde
ahora ya nada ni nadie las separará.
19/9/2011
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