|
EL DÍA DE TODOS
LOS SANTOS
©
Lou de Bouvoir
El día de Todos los Santos de 1977 me
dijiste que quizá el próximo año no podrías subir
conmigo a visitar a mis abuelos, al
cementerio porque te ibas a cumplir el Servicio
Militar, que te gustaba hacer esa visita a los
difuntos conmigo y añadiste sin tono que la flor de
moco de pavo te encantaba.
Tenías cierto temor, como si fuéramos
a perdernos el uno al otro después de casi tres
años y de pronto tiraste de mí para entrar en uno
de los dos lugares destinados a los caídos en la
guerra, patrimonio del Ejército. Todos
los enterrados allí habían muerto muy
jóvenes. Elegimos una tumba, encalada en su borde
ondulado y con una cruz como todas en el centro,
sobre ella la fotografía de un joven apuesto
llamado Álvaro, había muerto en combate y alguien le
había dejado flores blancas.
Pasaste tu brazo por mi hombro y
mirando la cruz con el epitafio acercaste mi carita
adolescente a la tuya susurrando al viento: si
alguna vez no nos tenemos vendremos aquí y le
pediremos a este soldado que nos reúna de nuevo. Si
por el contrario estamos juntos le traeremos flores
blancas cada primero de noviembre. Te quiero mucho.
Te adoro mil.
Yo no dije nada, escuchaba tu voz,
tu cariño temblaba ante la duda de que yo
permaneciese a tu lado. Creía quererte pero nunca te
susurraba la palabra "siempre".
Nuestro amor, tal y como presentiste
se perdió al año siguiente, mi corazón no supo ser
fiel a tu ausencia. Te fallé, la culpa fue mía. La
mili nos separó para siempre.
Cuando te dieron la blanca por esa
depresión, te curaste y viniste a buscarme para
casarnos, había crecido y te besé apasionadamente
sin auparme demasiado, me despedí de tí entre tus
brazos antes de marchar a París, sola.
Pasaron años, sin ir de nuevo al
cementerio, juntos.
Sin embargo, yo, nunca dejé de ir el
día de Todos los Santos a visitar a mis seres
queridos, y cada primero de diciembre me detuve en
aquélla tumba del joven militar para rezar una
oración y dejar sobre la tierra un pequeño cuenco de
barro con flores blancas. Inconscientemente
te recordaba una vez al año con aquél tan intemporal
amor mutuo.
Hoy,
día de Todos los Santos he visitado de nuevo al
joven que nunca envejece, alguien, como cada año,
había puesto un ramito de flores blancas. Hoy, yo
no he dejado mi centro como lo he hecho durante 33
años.
El año pasado cuando dejé mi cuenco
forrado de plata, con un hada rodeada de flores
blancas, en la tumba del soldado, te recordé como
siempre en este día, tan intensamente como nunca. Me
aislé de toda compañía y le pregunté con el alma a
Álvaro: -¿sabes algo de Julio? ¿Está bien?
Ahora, estoy contestando a tu carta
como casi cada día desde hace más de seis meses. En
primavera estuvimos hablando cada noche por
teléfono y viniste a verme dos días y uno más, hemos
viajado en el bello mes de tu nombre, hemos reído y
bailado nuestras canciones antiguas. Nos hemos
besado. Nada más.
El respeto
hacia nuestros esposos ha puesto en orden nuestro
encuentro sin daño para nadie, y los 33 otoños de
ausencia, nos han mostrado que nuestras vidas han
surcado caminos muy diferentes, ni siquiera vivimos
en la misma ciudad, sin embargo me acaricia un
hilo invisible, único.
Tela de araña en la que me dejo
atrapar con placer en esta distancia eterna. Siento
que la tejes tú con palabras en cada correo diario y
vibra como un confuso eco de una realidad
pasada que anida ahora en este presente donde ya no
existe aquél amor, pero cada día tu red alimenta
con tacto sutil mi vida para no dejarme huir de la
tuya.
Hasta mañana Julio.
|