II Recital de narrativa "SéBreve"

   Zaragoza 24 de septiembre de 2011

 volver

  volver a inicio

 

 

  

 

 

 

EL DÍA DE TODOS LOS SANTOS

 

© Lou de Bouvoir

 

 

El día de Todos los Santos de 1977 me dijiste que quizá el próximo año no podrías subir conmigo a visitar a mis abuelos, al cementerio porque te ibas a cumplir el Servicio Militar,   que te gustaba hacer esa visita a los difuntos conmigo y añadiste sin tono  que la flor de moco de pavo te encantaba.

 

Tenías cierto temor, como si fuéramos a perdernos el uno al otro después de casi tres años  y de pronto tiraste de mí para entrar en uno de los dos lugares destinados a los caídos en la guerra, patrimonio del Ejército. Todos los enterrados allí habían muerto muy jóvenes. Elegimos una tumba, encalada en su borde ondulado y con  una cruz como todas en el centro, sobre ella  la fotografía de un joven apuesto llamado Álvaro, había muerto en combate y alguien le había dejado flores blancas.  

 

Pasaste tu brazo  por mi hombro y mirando la cruz con el epitafio acercaste mi carita adolescente a la tuya susurrando al viento: si alguna vez no nos tenemos vendremos aquí y le pediremos a este soldado que nos reúna de nuevo. Si por el contrario estamos juntos le traeremos flores blancas cada primero de noviembre. Te quiero mucho. Te adoro mil.

 

Yo no dije nada,  escuchaba tu voz,  tu cariño temblaba ante la duda de que yo permaneciese a tu lado. Creía quererte pero nunca te susurraba la palabra "siempre".

  

Nuestro amor, tal y como presentiste se perdió al año siguiente, mi corazón no supo ser fiel a tu ausencia. Te fallé, la culpa fue mía. La mili nos separó para siempre.

 

Cuando te dieron la blanca por esa depresión, te curaste y viniste a buscarme para casarnos, había crecido y te besé apasionadamente sin auparme demasiado, me despedí de tí entre tus brazos antes de marchar a París, sola.

 

 

 Pasaron años, sin ir de nuevo al cementerio, juntos.

 

Sin embargo, yo, nunca dejé de ir el día de Todos los  Santos   a visitar a mis seres queridos, y  cada primero de diciembre me detuve en aquélla tumba del joven militar para rezar una oración y dejar sobre la tierra un pequeño cuenco de barro con flores blancas. Inconscientemente te recordaba una vez al año con aquél tan intemporal amor mutuo.

 Hoy, día de Todos los Santos he visitado de nuevo al joven que nunca envejece, alguien, como cada año, había puesto un ramito de  flores blancas. Hoy, yo no he dejado mi centro como lo he hecho durante 33 años.

 

El año pasado cuando dejé mi cuenco forrado de plata, con un hada rodeada de flores blancas, en la tumba del soldado, te recordé como siempre en este día, tan intensamente como nunca. Me aislé de toda compañía y le pregunté con el alma a Álvaro: -¿sabes algo de Julio? ¿Está bien?

 

Ahora, estoy contestando a tu carta como casi cada día desde hace más de seis meses. En  primavera estuvimos hablando cada noche por teléfono y viniste a verme dos días y uno más, hemos viajado en el bello mes de tu nombre, hemos  reído y bailado nuestras canciones antiguas. Nos hemos besado. Nada más.

 El respeto hacia nuestros esposos ha puesto en orden nuestro encuentro sin daño para nadie, y los 33 otoños de ausencia,  nos han mostrado que  nuestras vidas han surcado caminos muy diferentes, ni siquiera vivimos en la misma ciudad, sin embargo me acaricia un hilo invisible, único.

 

Tela de araña en la que me dejo atrapar con placer en esta distancia eterna. Siento que la tejes tú con palabras en cada correo diario y vibra como  un confuso eco  de una realidad pasada que anida ahora en este presente donde ya no existe aquél amor, pero cada día tu red alimenta con tacto sutil mi vida  para no dejarme huir de la tuya.

 

Hasta mañana Julio.

 

 

 

 

 

  volver

   volver a inicio