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GOZANDO BAJO LA
LLUVIA
©
Julio Izquierdo
Hoy se
me ha ocurrido escribir un pequeño relato sobre algo
tan ordinario como la lluvia, la tantas veces
deseada lluvia.
La
benefactora lluvia.
Voy a
contarles a Vds. las sensaciones que me invaden cada
día que me levanto de la cama y está lloviendo.
Cuando esto ocurre se apodera de mi una sensación
tan placentera, que me incita a salir a la calle a
pasear, eso si, provisto de un paraguas; más que
nada, para añadir al gozo de ver caer la lluvia, el
placer de oír su peculiar repiqueteo al estamparse
contra la superficie impermeable del paraguas. ¡Qué
sonido tan agradable!
He
observado que cuando amanece lloviendo los pájaros
cantan poco y muy quedo, como si no quisieran
interrumpir con sus gorjeos la melodía rítmica y
monocorde de las gotas.
¡Cómo
agradecen los campos el agua vivificante que
reciben!
Las
hojas de las hierbas se abren al cielo como muslos
receptivos sedientos de placer y las raíces se
amamantan con avidez del nutriente maná celestial.
La
lluvia es el impermeable que usan los campos para
protegerse del despiadado estío y es el
desinfectante epidérmico que cura las grietas y las
heridas de su resquebrajada piel.
Cuando
llueve sobre los montes secos de nuestro Aragón
sediento, se oye por laderas y riscos una musiquilla
pegadiza y húmeda que hace bailar a las amapolas,
esas alegres flores rojas que viven como inquilinas
en los campos de trigo.
La
lluvia es también esa madre imprescindible y
hacendosa que cose el ropaje verdoso con que se
disfrazan los paisajes para no desentonar con el
entorno dorado y maravilloso de las espigas.
La
lluvia es el esfuerzo que hacen las nubes para
recuperar en otoño el cauce de los ríos y es además
la recompensa a tanto sudor de los hombres del
campo, derramado gota a gota sobre los surcos de la
ruda y reseca tierra.
Y para
terminar esta serie de sensaciones, os diré que la
lluvia es también la alegre algarabía que producen
los ángeles cuando juegan chapoteando en las
piscinas del cielo.
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