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EL
HOMBRE ATORMENTADO
©José Antonio Lozano
Sergio
peleaba contra las tormentas. No me preguntéis
porqué. Sólo puedo deciros que lo vi muchas veces,
debajo de la lluvia, luchando contra el temporal.
Las presentía como nadie. Una hora después de
acostarse, mientras se estaba afeitando, cuando el
viento levantaba levemente la esquina de la nota que
el camarero le dejaba en un platito, con el coste de
la consumición en una terraza. Y podías notar cómo
se agitaba, cómo se le erizaban las venas y entraban
en revolución. El ejército rojo subiendo a los
camiones, la mirada en el frente y el corazón
encogido por el vértigo de la Historia. La nube N
soltaba la gota G en el momento M. No había vuelta
atrás. Al rebotar en el afeitado cráneo de Sergio en
pijama, con la cara a medio afeitar o bebiendo el
último trago de su inacabada cerveza, levantaba los
brazos que acababan en puños y se disponía a
combatir. El viento le azotaba en el mentón y él
cimbreaba la cintura para zafarse del ataque,
devolviendo un golpe al aire que aullaba de dolor.
El huracán intentaba cegarle con arenilla
arremolinada entre sus pestañas, con diminutas
múltiples piezas de granizo, con gotones que
estallaban en sus pómulos. Sergio entrecerraba los
ojos, agachaba la cabeza y la introducía en el
agujero del vendaval, golpeando con rabia,
izquierda, derecha, izquierda. La catarata de agua
intentaba derribarle, hacerle morder el charco del
suelo, beber el polvo de la lona, acribillándole una
y otra vez con sus cuchillas heladas. Con la ropa
pegada al cuerpo le resultaba más difícil moverse,
incluso tenía que adoptar estrategias defensivas,
esperando dar el golpe de gracia. Los músculos le
dolían y sentía frío. En ocasiones, al borde de la
derrota, dejaba al margen las normas del buen
combatiente y arremetía contra el enemigo a base de
mordiscos y agarrones. O se abrazaba al cuerpo de su
oponente buscando una tregua, estudiando el modo de
derribar las defensas enemigas. Los asaltos apenas
duraban unos minutos pero el tiempo se desliza
despacio en el barro de la playa. Cuando la tormenta
empezaba a retroceder, Sergio se crecía y reunía
nuevas fuerzas para golpear al adversario en
retirada, intentado darle una lección que pudiera
recordar hasta la próxima vez, que tarde o temprano,
llegaría, siempre llegaba. Las nubes se alejaban
asustadas, admiradas, algo avergonzadas. La lluvia
ascendía hasta la nave nodriza para planificar la
próxima batalla, recomponiendo su estrategia,
haciendo recuento de las bajas. Sergio confundía el
sudor con las lágrimas cuando levantaba la vista
hacia el cielo, exhausto, extenuado, sabiéndose el
centro del universo.
SI
PUDIERA ESCRIBIR LOS SUEÑOS
©José Antonio Lozano
Estaba
en la parada del autobús, como tantas veces, en la
parada que le lleva de vuelta a casa, a la sombra,
debía ser por la mañana, y entonces lo vio. "Hola",
le dijo con naturalidad mientras le sonreía. Más
flaco que la última vez, con el pelo corto, parecía
feliz. "Hola, ¿Qué tal?", le respondió, como si
aquello fuera lo más normal del mundo. "Estás igual
que siempre", mirando hacia el suelo, jugueteando
con la punta de su moderno zapato. "Es que llevo el
pelo como cuando nos solíamos ver. Pero lo he tenido
más corto y más largo", se incomoda un poco,
titubea. "Déjatelo largo, seguro que te queda bien".
"Me gustó mucho tu último cuento, no pude terminar
de leer el libro, ya sabes. Hay cosas que duelen".
Entonces nota que algo no va bien, aquello no es
normal. "Estás muerto", le dijo en voz bajita. "Eso
dicen". Llega el autobús y sube desorientado. Su
madre y su hermana están sentadas en un lateral,
hombro con hombro en el vacío. Ahora ya no tiene
dudas. Es un sueño. Su madre y su hermana están
muertas, de eso no tiene duda. Se despierta y coge
una libreta de la mesilla en la que escribe que está
esperando el autobús, no hace calor y entonces lo
ve. Guapo, recién duchado, redondo. Hablan de sus
pelos con naturalidad y coge el autobús cuando
llega. La madre y la hermana muertas. Ahora sí que
despierta. Se da cuenta de que seguía soñando que se
despertaba y escribía el sueño, del que haría un
cuento que él ya no podrá leer porque realmente está
muerto. Me gustaría escribir una canción. Podría
decir que "la noche está estrellada". Qué tontería,
a plena luz del día. Esto ya lo han dicho y ni
estrellas ni nada. Una canción para que tu la
cantaras, que empezaría bajito para hacerte
cosquillas en la barbilla. Una perfecta canción de
amor que nadie más podría escuchar. Una canción con
guitarras y violines, que crecen y se retuercen, que
se acoplan y resbalan, que se y sé. Dan ganas de
volver a la cama y acabar con este dolor, buscar esa
parada y ese autobús, mirarte a los ojos y sonreírte
como tantas veces, atraparte de la mano para que ya
no te vayas, para que te quedes y me hagas una
canción, una estúpida y hermosa canción de amor.
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