II Recital de narrativa "SéBreve"

   Zaragoza 24 de septiembre de 2011

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EL HOMBRE ATORMENTADO

©José Antonio Lozano

 

Sergio peleaba contra las tormentas. No me preguntéis porqué. Sólo puedo deciros que lo vi muchas veces, debajo de la lluvia, luchando contra el temporal. Las presentía como nadie. Una hora después de acostarse, mientras se estaba afeitando, cuando el viento levantaba levemente la esquina de la nota que el camarero le dejaba en un platito, con el coste de la consumición en una terraza. Y podías notar cómo se agitaba, cómo se le erizaban las venas y entraban en revolución. El ejército rojo subiendo a los camiones, la mirada en el frente y el corazón encogido por el vértigo de la Historia. La nube N soltaba la gota G en el momento M. No había vuelta atrás. Al rebotar en el afeitado cráneo de Sergio en pijama, con la cara a medio afeitar o bebiendo el último trago de su inacabada cerveza, levantaba los brazos que acababan en puños y se disponía a combatir. El viento le azotaba en el mentón y él cimbreaba la cintura para zafarse del ataque, devolviendo un golpe al aire que aullaba de dolor. El huracán intentaba cegarle con arenilla arremolinada entre sus pestañas, con diminutas múltiples piezas de granizo, con gotones que estallaban en sus pómulos. Sergio entrecerraba los ojos, agachaba la cabeza y la introducía en el agujero del vendaval, golpeando con rabia, izquierda, derecha, izquierda. La catarata de agua intentaba derribarle, hacerle morder el charco del suelo, beber el polvo de la lona, acribillándole una y otra vez con sus cuchillas heladas. Con la ropa pegada al cuerpo le resultaba más difícil moverse, incluso tenía que adoptar estrategias defensivas, esperando dar el golpe de gracia. Los músculos le dolían y sentía frío. En ocasiones, al borde de la derrota, dejaba al margen las normas del buen combatiente y arremetía contra el enemigo a base de mordiscos y agarrones. O se abrazaba al cuerpo de su oponente buscando una tregua, estudiando el modo de derribar las defensas enemigas. Los asaltos apenas duraban unos minutos pero el tiempo se desliza despacio en el barro de la playa. Cuando la tormenta empezaba a retroceder, Sergio se crecía y reunía nuevas fuerzas para golpear al adversario en retirada, intentado darle una lección que pudiera recordar hasta la próxima vez, que tarde o temprano, llegaría, siempre llegaba. Las nubes se alejaban asustadas, admiradas, algo avergonzadas. La lluvia ascendía hasta la nave nodriza para planificar la próxima batalla, recomponiendo su estrategia, haciendo recuento de las bajas. Sergio confundía el sudor con las lágrimas cuando levantaba la vista hacia el cielo, exhausto, extenuado, sabiéndose el centro del universo.

 

 

SI PUDIERA ESCRIBIR LOS SUEÑOS

©José Antonio Lozano

 

 

Estaba en la parada del autobús, como tantas veces, en la parada que le lleva de vuelta a casa, a la sombra, debía ser por la mañana, y entonces lo vio. "Hola", le dijo con naturalidad mientras le sonreía. Más flaco que la última vez, con el pelo corto, parecía feliz. "Hola, ¿Qué tal?", le respondió, como si aquello fuera lo más normal del mundo. "Estás igual que siempre", mirando hacia el suelo, jugueteando con la punta de su moderno zapato. "Es que llevo el pelo como cuando nos solíamos ver. Pero lo he tenido más corto y más largo", se incomoda un poco, titubea. "Déjatelo largo, seguro que te queda bien". "Me gustó mucho tu último cuento, no pude terminar de leer el libro, ya sabes. Hay cosas que duelen". Entonces nota que algo no va bien, aquello no es normal. "Estás muerto", le dijo en voz bajita. "Eso dicen". Llega el autobús y sube desorientado. Su madre y su hermana están sentadas en un lateral, hombro con hombro en el vacío. Ahora ya no tiene dudas. Es un sueño. Su madre y su hermana están muertas, de eso no tiene duda. Se despierta y coge una libreta de la mesilla en la que escribe que está esperando el autobús, no hace calor y entonces lo ve. Guapo, recién duchado, redondo. Hablan de sus pelos con naturalidad y coge el autobús cuando llega. La madre y la hermana muertas. Ahora sí que despierta. Se da cuenta de que seguía soñando que se despertaba y escribía el sueño, del que haría un cuento que él ya no podrá leer porque realmente está muerto. Me gustaría escribir una canción. Podría decir que "la noche está estrellada". Qué tontería, a plena luz del día. Esto ya lo han dicho y ni estrellas ni nada. Una canción para que tu la cantaras, que empezaría bajito para hacerte cosquillas en la barbilla. Una perfecta canción de amor que nadie más podría escuchar. Una canción con guitarras y violines, que crecen y se retuercen, que se acoplan y resbalan, que se y sé. Dan ganas de volver a la cama y acabar con este dolor, buscar esa parada y ese autobús, mirarte a los ojos y sonreírte como tantas veces, atraparte de la mano para que ya no te vayas, para que te quedes y me hagas una canción, una estúpida y hermosa canción de amor.

 

 

 

 

 

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