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EL BILLETE
©
Eugenio Mateo Otto
Cuando estaba
abriendo el acordeón, sintió pereza; sin embargo,
depositó el sombrero en el suelo. De manera
mecánica miró a su alrededor y se maldijo por
haberse dormido esa mañana. Todas las mejores
esquinas estaban ocupadas pero en la que él se
encontraba, la corriente de transeúntes era mucho
menor que en aquellas. Se resignó, no sin antes
haber sentido envidia.
Desplegó el
instrumento y de su interior surgió una melodía
porteña que le devolvió a lejanas tardes de
triunfo; se dejó llevar por ella compartiendo el
vuelo de sus notas con otros sonidos. En las
esquinas cercanas, afloraban notas de Vivaldi,
polkas centroeuropeas o flautas del Altiplano.
Estaba tan absorto en su música, que no se dio
cuenta del planeo real de un billete de cincuenta
euros, que vino a aterrizar dentro del sombrero
para su sorpresa. Tanto, que detuvo el tango en
seco para buscar la mano benefactora pero no vio a
nadie a su alrededor, retomando su entera
atención hacia un billete ajado y arrugado. Lo
atrapó como hacen los halcones con sus presas; se
lo guardó en el bolsillo, estrujándolo con fuerza.
Era el pretexto
que estaba buscando. Cerró el acordeón y recogió
el sombrero, calándoselo. Se echó a la espalda el
bulto y tiró por la calle en la que estaba, con
destino a Casa Félix. La sed le llamaba con la
urgencia que sufren los bebedores.
Abrió la puerta
del tugurio; le recibió un ambiente emponzoñado
compuesto de humo viejo, grasas volatilizadas,
sudor agrio y alientos de vinazo, que marcaban, de
manera tangible, una frontera con derecho de
admisión; aunque a él no le hicieran falta ya los
carteles, necesitó unos segundos de adaptación a
esa atmósfera. Vio a Félix en la barra, recortando
la densa neblina del tabaco, como una aparición
siniestra, con las manos siempre mojadas por el
continuo “fregote” de los vasos y la
colilla de una faria soldada en la mueca burlona
de viejo vividor. La clientela, la de siempre:
fauna de los desechos de tienta. Borrachos de ojos
tristes; solitarios con periódico sin leer;
conserjes de ministerios de fracasos varios;
chulos con patillas y gumía en bocamanga;
peleadores de luchas imposibles. Parecían toda una
constelación esperando un agujero negro por el
que perderse.
El tasquero le
trajo, como de costumbre, una jarra de vino, unas
sardinas fritas de lata, olivas negras y pan. El
músico le pagó con un billete mustio y guarro; el
tasquero se cobró de paso deudas pendientes.
Cuando a la segunda jarra, el contorno de Félix
empezó a oscilar con perspectiva beoda, salió a la
noche y una sombra, con una enorme joroba, se
tropezó con sus pasos.
En el local, Félix
desalojó a los últimos clientes con malos modos.
Echó un rápido vistazo a un reloj de pared y con
prisa, puso la reja en la puerta.
Caminó como si le
siguieran, de manera que llegó enseguida a una
calle oscura, donde un portalón se distinguía por
una farola mortecina. Subió las escaleras como un
gato. Llamó a una puerta y una mujer en bata le
abrió, dibujando en sus ojos una señal de
bienvenida zalamera. Todavía era bella pero los
signos del tiempo empezaban a pasar factura a
pesar del maquillaje y al hombre, el abrazo, no le
hizo más que acelerar el ardor que traía.
En la frialdad del
acto sexual se vació con espasmos de agonía y la
mujer le acunó como a un niño desvalido. Le dejó
quedarse a dormir aún cuando el valor de un
billete arrugado y viejo no lo mereciera pero le
tenía cierto aprecio. A la mañana siguiente, Félix
se marchó, menos tenso, camino de su cloaca.
La puta se quedó en la cama un rato
más, aunque un timbre no permitió que fuera
largo. Era la mujer que venía a limpiar cada día
los restos de sus encuentros. Como siempre, se
saludaron sin mirarse apenas. Debían
de ser casi de la misma edad y sin embargo los
años no les hacían la misma justicia, siendo la
recién llegada una mujer enjuta y arrugada, con la
precisa impronta del trabajo a destajo en los
surcos profundos de su rostro. Se sabía que su
marido la abandonó por una bailarina de circo, con
la hipoteca añadida de sus tres hijos pequeños;
desde entonces cualquier manera honrada de ganarse
la vida fue para ella su único anhelo.
Terminada su
labor, se acercó a la “rabiza” para decirle que
mañana no podría venir por asuntos familiares. Sin
poner pegas, ésta le pagó lo convenido más un
billete muy usado, de propina, por el día que no
vendría. Como una sierva agradecida, la mandadera
se despidió y bajó la escalera apretando los
billetes en su mano.
Conforme se fue
acercando a su casa, a la mujer le vinieron
cuentas a la mente y los cálculos no le debieron
cuadrar porque se le ensombreció la cara pensado
en su hijo mayor. Mañana tenía que ir con él al
colegio puesto que había recibido una citación y
no tenía la menor idea sobre el motivo. Su hijo
Nacho estaba en muy mala edad y las amistades que
frecuentaba no eran de su agrado, ¿qué podía
entonces hacer ella, si pasaba todo el día
trabajando?
El chaval y su
madre acudieron al colegio. El director les espetó
sin rodeos que iban a expulsarle por gamberro; al
parecer el chico había quemado varias papeleras lo
que obligó a llamar a los bomberos porque el fuego
se extendió al cuarto del archivo que
afortunadamente no llegó a arder.
Después de muchos
ruegos y promesas, la madre consiguió que la
expulsión quedase en un castigo. Pero la próxima
vez, no habría más indultos, tronó el director al
terminar la entrevista Sin embargo, el mozo no
pareció muy arrepentido cuando ella le afeó su
conducta y con la sonrisa que sólo conocen los
granujas, le pidió dinero, recibiendo
sorprendentemente un billete viejo y deslucido,
que sin mirar, la pobre mujer sacó del monedero.
Nacho llegó a los
Recreativos, después de dejar a su madre llorando,
encontrándose con los “coleguillas” que le
esperaban. Lo primero que hizo fue localizar al
encargado, al que atisbó entre la marabunta que
abigarraba el local, en el que máquinas de todo
tipo brillaban como altares luminosos donde los
jóvenes ruidosos se inmolaban bebiendo cerveza.
Llegó a la altura
del hombretón, al que llamó efusivamente Gordo
y le dio el billete para que se lo cambiara por
monedas. El Gordo lo remiró con
recelo a la vista del aspecto y lo desdobló para
comprobar su valor. Dándolo por bueno se lo guardó
en la bolsa riñonera, canjeándolo por las monedas
oportunas. Se palmearon las manos y cada uno
siguió a sus cosas.
El dinero de
niquel se fue evaporando al mismo ritmo que su
adrenalina tocaba techo. Sin despedirse de los
colegas, Nacho volvió a casa. Un leve ardor de
hastío le acompañó en el trayecto.
A la hora de
cerrar, Rosendo “El Gordo”, se preocupó de
echar el último repaso al local, vacío ya de los
inquietos juerguistas. Volvió a un cuarto
cochambroso que servía de oficina y abrió una
puerta en la otra pared, que daba a una galería,
por la que entró aire nuevo. Se dispuso a hacer el
conteo de caja y siguiendo las normas, colocó los
billetes de la recaudación en dos montones, uno
para los billetes aceptables, otro para los
imposibles. Estos se llevarían al día siguiente al
Banco de España para canjearlos por nuevos. El
Banco los destruía después. Era el procedimiento
que el Gordo hacía cada noche antes de guardarlos,
juntos, en la caja fuerte.
Pero esa noche,
quiso el azar, o quizá más bien, la costumbre por
todos conocida de su rutinaria tarea, que por la
puerta abierta, que daba a la galería, aparecieron
dos hombres encapuchados, que antes de que “El
Gordo” pudiera evitarlo, le golpearon en la cabeza
con una barra, metiendo, seguidamente, todos los
billetes en una bolsa, los buenos y los no tanto,
escapando por donde habían venido. Cuando el
encargado despertó al rato, malherido, con una
brecha en la cabeza, consiguió llamar a la
Policía.
Pasado el tiempo,
un día cualquiera, en un bar cualquiera, sobre el
platillo con la cuenta de unas consumiciones,
planeó aquel billete miserable y mugriento de
cincuenta euros, que más parecía haber pasado por
todas las manos de los ciudadanos de la Unión
Europea.
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