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EL SILENCIO SE
DETUVO EN SU PORTAL
©
Estela Alcay
Una vez más, la
noche enternecida se acomoda poco a poco en la
pequeña ciudad. Las estrechas callejuelas se
iluminan con las farolas de gas, horas antes
encendidas por el farolero. Los portalones con
grandes aldabas y gruesas maderas, crean un dance de
sombras que se mueven al compás de las titilantes
mechas.
El denso silencio
se ha fijado a los muros, a las esquinas; se cuelga
de los oxidados balcones, como hiedra dulce y
espesa.
Los adoquines de
las callejas, recogen el taconeo de unos pasos, para
lanzarlo como eco lejano por los recovecos de
pórticos y celosías. Tras las pisadas sigilosas la
resonancia enmudece, repiqueteando nuevamente con
más brío, con un ímpetu nuevo, como si se
persiguiesen.
Ante aquel oscuro
y viejo portal, el silencio se detiene, se desliza
hasta el infinito. Con gran cautela, una trasnochada
mano entreabre la puerta, cerrándola tras de sí,
dejando que el golpe de la madera cabalgue en el
rumor de la hiedra.
La oscuridad del
patio no impide que con pasos decididos se dirija
hacia el vetusto salón. Se interrumpe en el umbral
de la estancia. Sus ojos la recorren, todo está en
el mismo lugar, como siempre ha estado a lo largo de
los años.
Los leños arden
en la chimenea, chisporroteando casi de forma
cadenciosa, iluminando con sombras errantes el
mobiliario más próximo. Los altos sillones de cuero
desgastado, el mortecino mármol de la mesita de
fumador, el raído tapete que lo cubre de una a otra
parte, descolgándose por sus costados, intentando
inútilmente llegar hasta las baldosas.
Una tos surge del
sillón de la derecha. Desde el ángulo de la puerta,
sólo se divisa el respaldo y uno de los brazos;
sobre éste, descansa la mano del habitante de
aquella morada.
Ha descubierto su
presencia, pero no se siente sorprendido por ello,
carraspea un poco antes de hablar.
— ¿Por qué has
vuelto?
No entiende su
pregunta, ella nunca se ha ido. Él vuelve a
inquirir.
— ¿Por qué
retornas a mí?
Quiere
responderle. Todo aquello que le diga, él ya lo
sabe, lo ha sabido siempre. A lo largo de su vida,
se lo ha cuestionado en más de una ocasión, pero
continúa con sus interrogaciones.
—Hay otras
personas en esta ciudad, más viejas, más jóvenes.
Vas a ellas y regresas ¿acaso no te quieren a su
lado?
Apoyada en el
marco de la puerta sonríe. Es cierto, ha estado con
otras personas, en momentos determinados y por lo
general muy íntimos, pero la mayoría de ellas dejan
pronto de desearla, entonces la rechazan. Algunas,
incluso la han utilizado en breves periodos de sus
vidas para abandonarla de nuevo. Sin embargo él,
siempre la ha deseado; unas veces de forma
vehemente, otras, casi sin darse cuenta. Ambos saben
que no puede vivir sin ella, pero ahora su presencia
le asfixia, le ahoga.
—No respondes —le
habla de nuevo desde el sillón— como siempre cuando
cuestiono tu presencia o tu ausencia.
Ella se acerca
cautelosa hasta él, rodea el alto butacón mirándole
a los ojos. Están vacíos, como siempre han estado.
Su rostro, apenas iluminado por los tonos rojizos
del fuego, sigue siendo enjuto. Un rictus permanente
en su boca, describe sin palabras su carácter agrio.
Las arrugas profundamente marcadas en la frente,
hablan de su enfado continuo con el mundo, con la
vida, con su propia existencia.
El anciano la
observa sin apartar la vista de la chimenea, con su
voz cascada y autoritaria le sigue hablando.
—Llevas muchos
años siendo como mi sombra, diría que toda la vida,
no quiero terminar mis días en tu triste compañía
¿por qué no te vas para siempre? No quiero morir
así.
Apoyándose en el
otro brazo del sillón, posa su trasnochada mano
sobre aquella blanca cabeza. Siente como a su
contacto, el cuerpo del octogenario se estremece.
Alarga sus brazos y rodeándole con ellos lo sumerge
en aquel último abrazo, al tiempo que escucha como,
en el postrero aliento, con desdén, con miedo, o
quizás con amor, él la llama por primera vez por su
nombre.
—Soledad,
Soledad, Soledad.
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