II Recital de narrativa "SéBreve"

   Zaragoza 24 de septiembre de 2011

 volver

  volver a inicio

 

 

  

 

 

 

EL SILENCIO SE DETUVO EN SU PORTAL

© Estela Alcay

 

Una vez más, la noche enternecida se acomoda poco a poco en la pequeña ciudad. Las estrechas callejuelas se iluminan con las farolas de gas, horas antes encendidas por el farolero. Los portalones con grandes aldabas y gruesas maderas, crean un dance de sombras que se mueven al compás de las titilantes mechas.

El denso silencio se ha fijado a los muros, a las esquinas; se cuelga de los oxidados balcones, como hiedra dulce y espesa.

Los adoquines de las callejas, recogen el taconeo de unos pasos, para lanzarlo como eco lejano por los recovecos de pórticos y celosías. Tras las pisadas sigilosas la resonancia enmudece, repiqueteando nuevamente con más brío, con un ímpetu nuevo, como si se persiguiesen.

Ante aquel oscuro y viejo portal, el silencio se detiene, se desliza hasta el infinito. Con gran cautela, una trasnochada mano entreabre la puerta, cerrándola tras de sí, dejando que el golpe de la madera cabalgue en el rumor de la hiedra.

La oscuridad del patio no impide que con pasos decididos se dirija hacia el vetusto salón. Se interrumpe en el umbral de la estancia. Sus ojos la recorren, todo está en el mismo lugar, como siempre ha estado a lo largo de los años.

Los leños arden en la chimenea, chisporroteando casi de forma cadenciosa, iluminando con sombras errantes el mobiliario más próximo. Los altos sillones de cuero desgastado, el mortecino mármol de la mesita de fumador, el raído tapete que lo cubre de una a otra parte, descolgándose por sus costados, intentando inútilmente llegar hasta las baldosas.

Una tos surge del sillón de la derecha. Desde el ángulo de la puerta, sólo se divisa el respaldo y uno de los brazos; sobre éste, descansa la mano del habitante de aquella morada.

Ha descubierto su presencia, pero no se siente sorprendido por ello, carraspea un poco antes de hablar.

— ¿Por qué has vuelto?

No entiende su pregunta, ella nunca se ha ido. Él vuelve a inquirir.

— ¿Por qué retornas a mí?

Quiere responderle. Todo aquello que le diga, él ya lo sabe, lo ha sabido siempre. A lo largo de su vida, se lo ha cuestionado en más de una ocasión, pero continúa con sus interrogaciones.

—Hay otras personas en esta ciudad, más viejas, más jóvenes. Vas a ellas y regresas ¿acaso no te quieren a su lado?

Apoyada en el marco de la puerta sonríe. Es cierto, ha estado con otras personas, en momentos determinados y por lo general muy íntimos, pero la mayoría de ellas dejan pronto de desearla, entonces la rechazan. Algunas, incluso la han utilizado en breves periodos de sus vidas para abandonarla de nuevo. Sin embargo él, siempre la ha deseado; unas veces de forma vehemente, otras, casi sin darse cuenta. Ambos saben que no puede vivir sin ella, pero ahora su presencia le asfixia, le ahoga.

—No respondes —le habla de nuevo desde el sillón— como siempre cuando cuestiono tu presencia o tu ausencia.

Ella se acerca cautelosa hasta él, rodea el alto butacón mirándole a los ojos. Están vacíos, como siempre han estado. Su rostro, apenas iluminado por los tonos rojizos del fuego, sigue siendo enjuto. Un rictus permanente en su boca, describe sin palabras su carácter agrio. Las arrugas profundamente marcadas en la frente, hablan de su enfado continuo con el mundo, con la vida, con su propia existencia.

El anciano la observa sin apartar la vista de la chimenea, con su voz cascada y autoritaria le sigue hablando.

—Llevas muchos años siendo como mi sombra, diría que toda la vida, no quiero terminar mis días en tu triste compañía ¿por qué no te vas para siempre? No quiero morir así.

Apoyándose en el otro brazo del sillón, posa su trasnochada mano sobre aquella blanca cabeza. Siente como a su contacto, el cuerpo del octogenario se estremece. Alarga sus brazos y rodeándole con ellos lo sumerge en aquel último abrazo, al tiempo que escucha como, en el postrero aliento, con desdén, con miedo, o quizás con amor, él la llama por primera vez por su nombre.

—Soledad, Soledad, Soledad.

 

CADA PORO DE TU PIEL

 

© Estela Alcay

 

Sentí la mirada. Sentí como tus ojos me exploraban reflejando el anhelo, el deseo. Te acercaste hacia mí. Despacio, muy despacio, tus manos fueron recorriéndome, tocándome con suavidad.

 

Tus dedos, sin ningún pudor ni recato —como a mí me gusta— , me fueron explorando, deleitándose en mis tersuras, introduciéndose en mis oquedades, transmitiendo en su tacto la sed de poseerme.

 

Me tomaste entre los brazos refugiándonos del resto de las miradas. Ya a solas, tú y yo, juntos, muy juntos, tus ojos volvieron a acariciarme, despacio, muy despacio, al tiempo que el pulso se aceleraba.

 

Me colocaste en la posición deseada. Yo, poco a poco, comencé a acariciar tu cuerpo desde abajo, muy despacio, recreándome en cada movimiento.

 

Primero tus suaves y delicados pies se movían con premura a mi tacto; seguí ascendiendo por las dóciles pantorrillas, rodeando, acariciando, para asediar con deseo tus muslos, ascendiendo en volutas de placer, tersos, duros, torneados; al tiempo que tus manos me urgían a seguir, tu voz susurraba:”Vamos, más, sube más”.

 

Abarque con deseo tus nalgas, mientras tú, cogiéndome por la cintura me atraías hacia tu vientre.

 

Tu sensualidad me volvía loco, me deleitaba sentir como mi cuerpo se unía al tuyo. Todo yo estaba sobre ti, acariciándote, sintiendo cada poro de tu piel, cada palpitar de tu corazón.

 

Las manos me recorrían sobre tu cuerpo, oprimiéndome contra tu sexo, haciendo que el suave raso del tanga cediese a mi presión, se escondiese huyendo entre tus vehementes pliegues, queriendo dejarme espacio para esconderme junto a él.

 

Me aferraste por la cintura; con movimientos seguros, me bajaste, me subiste, para bajarme y subirme luego.

 

Cuando estuviste satisfecha, de nuevo descendí, liberando tu sexo, tus nalgas, tus muslos, tus pies. Ya entre tus brazos, mi felicidad era plena al sentirme estrechado por ellos. Comencé a soñar, lo repetiríamos otra vez.

 

Un movimiento brusco me desplazó por los aires. Atónito, descubrí que habíamos regresado al lugar del comienzo, de nuevo rodeados de público. Mi cuerpo aterrizó sobre una superficie de cristal, tu voz explicaba a la dependienta: “este modelo de pantalón no me sienta bien, me probaré el de pitillo que está en el escaparate”.

 

 

  volver

   volver a inicio