Hoy es viernes y supongo que debería estar
contento. A pesar incluso de haber cambiado de
bolígrafo hasta tres veces simplemente para
escribir una postal que llevaba conmigo desde hace
varios días.
Mañana y pasado tengo fiesta. Es algo que no suele
ocurrirme muchas veces en el año y eso me hace
contraer los músculos de los hombros a la vez que
cojo aire directamente por la nariz.
Eso de que te digan mañana fiesta te descoloca por
completo. Y mas a los de tu alrededor, claro.
Hoy es viernes, el tercero de noviembre y una
espesa niebla impide ver más allá de la
gasolinera, donde un tipo llevara dos horas
escobando el suelo.
Disfruto viéndolo. Para qué narices tendrá que
estar ahí siendo que ya digo que no se ve
prácticamente nada. Puede ser que no tenga otra
cosa que hacer y por eso se dedique a limpiar la
explanada de la gasolinera.
O
es de alguna empresa de trabajo temporal y le han
contratado para eso. No le veo el rostro pero
seguro que su cara arropada por el frío, no
demuestra un ápice de felicidad.
Un día como hoy encontraría mil tareas dentro de
la tienda solamente por no pasar ese mal trago.
Solo levanta la mirada cuando pasan los camiones,
dando bocinazos y rompiendo con este magnifico
silencio. Las ambulancias, con ese miedo que a
todos nos dan y los chicos del tunnig que paran
dos minutos y se vuelven a marchar.
Estoy sentado viendo a este hombre y solamente me
faltan las típicas palomitas con refresco.
Acaban de golpear a la puerta del camión donde me
encuentro. No espero a nadie pero en cuestión de
segundos me doy cuenta de que estoy abriendo la
puerta como si lo estuviera esperando desde toda
la vida. Es un colega de profesión y trae un termo
que viene a ser de café. Esta bien.
Hablamos el mismo idioma, que no es poco. Eso sí,
es infinitamente mayor que yo.
Le cuento la última novedad de este barrendero y
él me contesta narrándome todas las gilipolleces
posibles del precio del gasoil, de la crisis, del
carné por puntos y de lo duro que es toda una vida
en la carretera.
Maldita visita y maldito café.
Decididamente estaba mejor solo.
Bueno, solo no. Junto a este barrendero me
encontraba a gusto y acompañado.
Míralo... Si es que todavía sigue...
Mientras lo observo suena por la radio una música
de piano maravillosa.
Es genial este momento.