|
IMPRUDENCIA
©María José Carvajal
Roberto es un hombre de esos de…
treinta y tantos años, que descubrió hace un tiempo,
lo que satisfacía al espíritu, eso de ser…
ecologista.
Reciclaba todo lo habido y por
haber, e incluso había cambiado su flamante
coche por una bicicleta, por eso de la…
consabida contaminación.
Los domingos habían pasado de ser,
un día de descanso y barbacoa, a ser una jornada de
ejercicio, casi insano, para el cuerpo de Roberto.
A las seis de la
mañana cogía su bici y ponía rumbo a lo… desconocido
en su brújula, pedaleaba horas y horas, pasando por
pueblos chiquitos, de esos que casi no salen ni en
los mapas, otras eran localidades grandes y
famosas, donde siempre había algo interesante que
visitar.
Le gustaba parar a comer en sitios
pequeños, donde la comida era menos artificial y
donde además, solía dar alguna clase
de ecología a los lugareños, intentando que
mejoraran algún aspecto de sus rutinarias vidas.
Un domingo de Julio, de esos que van
antecedidos por dos o tres días de puente, Roberto
estaba pedaleando como un loco, bajo un sol caluroso
y abrasador de las dos del mediodía, cuando se dio
cuenta que se había quedado sin agua, no había
ningún pueblo cercano, tan solo un bar de dudosa
reputación, se anunciaba en la famosa guía esa, de
carreteras, que todos estamos hartos de ver
anunciada en todas partes.
Mientras notaba como junto a su
sudor , se evaporaban sus fuerzas, logro llegar al
susodicho bar, la música se oía desde unos buenos
metros atrás, las carcajadas, los insultos, los
improperios y las desagradables vozarradas de unos
hombres ebrios, se mezclaban en el silencio,
estallando sin poder definir lo que era una cosa u
otra.
Decenas de motos, aparcadas en la
puerta, esperaban a sus dueños, que bailaban
enfebrecidos por el alcohol de sus cervezas.
Mientras bajaba de su bici, Roberto, se mordía una y
otra vez el labio, intentando por todos los medios
impedir, que las palabras que se agolpaban en su
garganta salieran de su boca, entro en el bar,
compró 2 botellas grandes de agua y se dispuso a
salir, cuando cruzaba la puerta empezaron a lanzar
los botellines de vidrio al suelo haciéndolos
añicos.
Roberto, que parecía una olla a
punto de ebullición, estaba enrojecido por la ira y
sin pensarlo dos veces se acercó al aparato de
música, que estaba apoyado en la rueda de una de las
motos y lo apagó, ante el inesperado silencio, todas
las miradas se volvieron hacía él,
temblando como un cascabel pero seguro de sí mismo
comenzó a decir:
- Ustedes perdonen
¿saben cuantos metros de playa hay que excavar para
hacer una sola de esas botellas?
Los moteros estupefactos, se miraban
atónitos unos a otros, sin dar crédito a lo que
estaba pasando, de pronto una voz ronca y claramente
afectada por el alcohol pregunto:
-
¿De dónde ha salido… eso? -Señalando
al escuálido Roberto, que como si el comentario no
fuera con él, continuo diciendo:
-
Nada os costaría, devolver el casco adentro para que
el camarero pueda reciclarlos.
Todos
los motoristas estaban con la boca abierta,
incrédulos de ser cierto lo que estaban escuchando.
Roberto estaba convencido, de que aquella era su
última clase de ecología, pues era consciente, que
no viviría para contarlo.
Alguien grito de pronto – ¡A por él chicos!
Roberto preso del pánico subió a su
bicicleta y empezó a pedalear tan rápido, que a lo
que los moteros lograron subirse a sus motos, con
sus respectivas borracheras, ya no quedaba ni rastro
de nuestro ecologista.
Alguien dijo una vez que había dos cosas que le
llamaban la atención: la inteligencia de las bestias
y la bestialidad de los hombres.
|