|
A LA LUZ DEL
FLEXO
©
Marcos Callau
Nunca debí escapar de sus brazos, ni marchar de esas
manos que me entendían y sabían acariciarme como yo
quiero, nunca debí huir de aquél que me supo
valorar. Pero así soy yo, siempre tan valiente y sin
miedo a nada. Quería probar emociones nuevas y un
nuevo estilo más acorde con estos tiempos, el viejo
ya me tenía aburrida siempre empezando cosas que
nunca llegaba a terminar. Una se cansa y se deja
llevar por el instinto, por el primero que pasa y te
engatusa con sus ganas de tocarte. Me olvidé del
pasado, de todos los sentimientos y despojada de
ellos aposté por una nueva vida con la promesa de
nunca más volver la vista atrás. Después de todo, el
cementerio está lleno de estatuas de sal demasiado
sentimentales. Yo sólo pensé en avanzar, avanzar y
seguir avanzando al ritmo que marcaba mi nuevo
dueño. Seguí avanzando ciegamente hasta tropezar con
el día de hoy que me encuentro aquí conmigo misma,
pensando si realmente todo esto ha servido para algo
o simplemente ha sido pura autodestrucción. Mientras
mi amante anterior se acercaba a mí con suavidad,
éste me posee brutalmente… aunque yo no quiera.
Mientras uno me acariciaba con delicadeza, éste me
pulsa a golpes, me aporrea y me maltrata. Esta
noche, a la luz del flexo, sólo soy una vieja y seca
máquina de escribir de segunda mano soñando con que
regrese mi antiguo poeta.
|
|
LA PLUMA
ESTILOGRÁFICA
©
Marcos Callau
Don Pablo Badaguás
Nieto, natural de Santa Cruz de la Serós, un pequeño
pueblo de la Jacetania en la provincia de Huesca,
tuvo en su infancia la inmensa fortuna de poder ir a
la escuela. Este suceso era único en el pueblo y muy
extraño en una época como aquella en que los curas
todavía eran gente respetable y los domingos un día
señalado para encontrarse con los vecinos, en misa
de doce. El caso es que sus padres habían ganado no
sé qué concurso radiofónico y de esta manera Pablito
se convirtió en estudiante. Se desplazó a Zaragoza,
donde vivía una tía suya bastante adinerada, y allí
completó sus estudios primarios con muy buenas
calificaciones. Una vez terminados, Pablo volvió a
la montaña para ayudar a su padre en las labores del
campo y el ganado. Sin embargo aquellos años en la
escuela no cayeron en saco roto y en ellos adquirió
la pasión por la escritura, la lectura y la
gramática. Una vez en Santa Cruz, no podía dejar ni
un día de escribir. Pablo llenaba hojas y hojas
relatando los sucesos que acontecían en el pueblo,
describiendo las maravillas con las que se
encontraba en sus paseos campestres o simplemente
dedicándose a sus pensamientos. Incluso llegó a
escribir un diario que nunca terminó. Pero un día,
mientras ojeaba el periódico, Pablo fijó la vista en
el rincón de una página donde se anunciaba la
organización de un concurso literario para relatos
cortos, de ámbito autonómico. Como premio al ganador
le obsequiaban con una pluma estilográfica y un
diploma en el que le acreditaban como merecedor del
primer premio. Pablo siempre había soñado escribir
con pluma así que comenzó a diseñar relatos para el
concurso. Escribió cuentos ambientados en los
rincones de su pueblo, llenos de descripciones sobre
la vida en la montaña o mencionando esa perdida y
olvidada Iglesia, orgullo de Santa Cruz, que
realmente resulta ser toda una joya del Románico más
temprano. Envió un relato en cada edición del
concurso y nunca resultó ganador hasta que un año,
cuando Pablo ya era un anciano, apareció un cartero
en Santa Cruz para notificarle que su trabajo había
resultado premiado. Para recoger el envío tuvo que
trasladarse a la Oficina de Correos de Jaca y una
vez allí, con el premio ya entre sus manos, se
dirigió a la Cafetería más cercana para
desenvolverlo. Dentro del paquete una bellísima
pluma negra, acompañada por su correspondiente bote
de tinta, le confirmaba que había sido ganador del
primer premio. Apresuradamente Pablo abrió un
cuaderno en blanco que había comprado especialmente
para la ocasión y comenzó a escribir con su pluma.
Lamentablemente, al tiempo que estrenaba la pluma,
advirtió que éstas no están diseñadas para
escritores zurdos ni los premios literarios
organizados para un hombre de pueblo como él.
|