II Recital de narrativa "SéBreve"

   Zaragoza 24 de septiembre de 2011

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CARTAS HELADAS

 

© Angélica Morales

 

PRIMERA PARADA: HUESCA-RIGLOS.

 

El canfranero lleva retraso. Salgo de la estación y pido café en un bar. Hace el frío justo para que te recuerde, por eso comienzo a escribir esta carta, sin orden ni intención, de cualquier manera, como se hacen las cosas que le apasionan a uno.

He decidido emprender mi primera excursión sin ti. Todo es nuevo desde que te has ido, afeitarse frente al espejo, comer palomitas en el cine, poner la lavadora, rascarme la pierna mientras veo una película de terror…

En la mochila guardo un bocadillo de atún, dos litros de agua, tabaco rubio, y una foto tuya de perfil impertinente. Te la hice con aquella cámara de usar y tirar, cuando viniste a verme a Zuera. Fue nuestro último vis a vis. No se me olvida que se ensuciaron las sábanas de sangre porque te bajó la regla en el momento en que te penetré. Yo lo entendí como una señal; en la cárcel todo son señales, Marta, acabas acostumbrándote a convivir con los fantasmas, a sentir su aliento podrido detrás de la nuca, noche tras noche, mientras tu compañero ronca en la litera de a lado.

Son las ocho y tres minutos de la mañana y no hay un alma en la calle. El único viajero de la estación es un mendigo que dormita en un banco con los pies apoyados en una maleta antigua. Antes de acercarme a la taquilla me siento frente a él y lo contemplo largo rato, como si estuviera viendo uno de esos documentales televisivos que te muestran las miserias del mundo sin salir de casa, sin dejar de pelar pipas en el sillón. “Podría ser yo ese tipo”, pienso sin quitarle ojo, absorto en su respirar pausado, en la forma de abrazarse el cuerpo para retener el calor. Puede que hasta seamos de la misma edad; la calle envejece, entre cartones y soledad se mastica el tiempo a puñados. Ya no me queda otra cosa que alejarme de ti, lo dice un juez, lo dice una sentencia, y si pego mi oído a la boca del mendigo, quizá su voz rota me susurre:

         –Lárgate, chaval. Vete como muy cerca a la mierda…

De momento voy a poner rumbo a Canfranc. Sé que estás allí, en aquel piso estrecho donde te besé por primera vez. Llevabas el pelo suelto y un suéter de cuello alto. He echado tanto de menos tu sabor, Marta, esa mezcla a chicle y almendra amarga.

No se puede fumar en el tren pero enciendo un cigarrillo. Cuando viene el revisor me obliga a apagarlo. El revisor se parece a don Ignacio, uno de mis carceleros, un señor desgarbado y mofletudo que al hablar, escupe. El instinto me empuja a retorcerle el pescuezo, sin embargo respiro hondo y miro a través de la ventanilla. A los cinco minutos irrumpe el mendigo en mi vagón. Somos los únicos viajeros del canfranero. Me mira y lo miro. Después de colocar sus pertenencias se acomoda junto a mí. Me dan ganas de decirle que la mierda no es un lugar tan malo como lo pintan.

 

SEGUNDA PARADA: RIGLOS-SABIÑÁNIGO.

 

El otoño tiñe de nostalgia los pensamientos. Las montañas comienzan a desnudarse y dejan al aire toda su mala intención. A ti te gustaba escalar en Riglos, atarte a la incertidumbre y coronar aquellas rocas con forma de aguja. Te regalé un casco de color amarillo para verte desde la lejanía, ni colgada a 200 metros quería perderte de vista, mi amor. Lola y tú formabais una buena pareja. Aunque he de confesarte que nunca me gustó tu amiga. Tenía una mirada demasiado lánguida, como la de esos bueyes que embisten a traición. Me atormentaba la idea de que de un instante a otro saltara sobre ti y te devorara. Lola era lesbiana. No había que ser un genio para darse cuenta de que aquellas excursiones pirenaicas no tenían otra finalidad que la de apartarte de mí.

Llueve despacio, pequeñas gotas que empañan los cristales y convierten el paisaje en un sueño intermitente. El mendigo da cabezadas sobre mi hombro. Tiene el rostro cubierto por una película negra y grasienta, en carnaval bien podría hacerse pasar por un deshollinador de película californiana. La calle es perra, Marta, a la que te descuidas te nacen miserias entre las costuras de los pantalones. Yo llevo puestos los de color verde militar, tus preferidos. Esta mañana al probármelos frente al espejo he tenido que reconocer que no me quedan nada mal. Adquiero con ellos un aire de sofisticación pasada de moda. Pero es que la cárcel no entiende de catálogos. Allí no llevábamos más modelo que el del aburrimiento. Hago ademán de levantarme y el mendigo regresa a la vida .Tiene una legaña en el ojo izquierdo. Se despereza y rumia una maldición. Asomarse a su boca es igual que respirar una bomba fétida. No te enfades, pero a Lola también le olía el aliento. Cuando viajas en el canfranero se detienen todos los relojes, con cada curva se pierde un minuto de vida y empiezan a encadenarse en la mente aventuras inverosímiles. Su lentitud embriaga, te convierte en una piedra más del camino, en ese tornillo que mantiene unido las traviesas, en la hoja que cae del árbol, en el guardagujas, que desde un pueblo olvidado, saluda a los viajeros con su gorra y su bandera. Las montañas son muy suyas, Marta. Tienden trampas de una cima a otra, te camelan con su hermosura, lo mismo que tú hiciste conmigo. La naturaleza y yo no nos llevamos bien, ya lo sabes, me revienta tanta inmensidad y tanto aire puro; aunque he de reconocer que  añoro nuestras salidas, coger la furgoneta y conducir sin rumbo, detenernos de vez en cuando en mitad de la nada y verte mear oculta entre las zarzas. Las filosofías naturistas de Lola me importaban un bledo, para justificar el consumo de marihuana no es necesario perder el resuello en ninguna senda. El otoño tiñe de nostalgia los pensamientos, sí señor. Viene a mi mente el conjunto de ropa interior que te regalé para tu cumpleaños y lo poco que me costó quitártelo, días más tarde, en aquella habitación de hotel. Por la noches, en mi celda, no hacía otra cosa que pensar en ti, antes de perder el sentido sobre la almohada, rememoraba tu piel y tu risa y ese mechón de pelo que se te ondula en la nuca. Cuando estás entre rejas las cosas más pequeñas se convierten en tesoros, pierdes el sentido de la realidad y te acostumbras a una rutina espesa. Cuando mi compañero cumplió condena me trajeron como sustituto a Paul. El tío no tenía ni puta idea de lo que era el otoño. Paul nació en Costa Rica y allí sólo tienen un invierno furioso y un verano interminable. Un día de permiso se fue a Huesca y echó a andar. Tardaron tres semanas en dar con él. Se lo encontraron boca arriba, cerca del Gratal, con la sonrisa helada y los brazos en cruz. Debió de despeñarse al intentar bajar por el “revientachulos”. Tiene gracia la cosa, morirse a pleno sol después de haber pasado tantos años a la sombra. Era otoño.

 

TERCERA PARADA: SABIÑÁNIGO–VILLANÚA.

 

Creía que todo estaba bien entre nosotros, Marta. Te crucé la cara un par de veces, ¿y qué? Ya me conoces. Tengo un genio endiablado. A la mínima  se me clavan alfileres en las sienes y comienzan a arderme las tripas y el pensamiento. Pero es que te gusta provocarme, me llevas la contraria a propósito. .Tú y tu amiguita Lola os creéis muy listas. El feminismo me pone enfermo. No entiendo ni los gritos ni las ofensas. Mucho menos esa indignación que se le pone a la escaladora al borde de los ojos, un abismo que aflora a sus pupilas y que lleva mi nombre.

Tres suéteres de lana, dos camisetas rotas y un par de vaqueros es el único botín que he podido rescatar de mi vida contigo. En la calle del Pez ya no viven mas que las telarañas. Han sido inútiles todos mis intentos por abrir la puerta. Cambiaste la cerradura sin avisarme, seguro que también te has teñido el pelo. Siempre soñaste con ser pelirroja, una de esas golfas que tienen pecas hasta en el carnet de identidad. El mendigo sonríe. Le faltan casi todos los dientes, pero sonríe, igual que una estrella del celuloide, ajeno a su desgracia y a la mía. ¿Por qué has tenido que marcharte, Marta? Ni una carta, ni una nota, ni un mensaje al móvil. Te has alejado de mí con la sigilosidad de una cobra. Te odio a ratos. Suelo destinar toda mi energía a odiarte las tardes de domingo, cuando sentado en la barra de cualquier pub me hundo en reflexiones estúpidas.

La lluvia del cristal me recuerda a tus lagrimas. Cómo te gustaba exagerar nuestras riñas, inventarte insultos y mostrar tus muslos repletos de hematomas. Tú piel es tan delicada, Marta, incluso el mordisco de un bebé te hubiera dejado cicatrices en el pecho.

Fumamos a escondidas el mendigo y yo. Me pregunta, si estoy casado y le digo que no.

         –¿Divorciado? –quiere saber.

         –Viudo –me escucho decir.

 

ÚLTIMA PARADA: CANFRANC

 

La estación de Canfrac se asemeja a un decorado de ópera moderna, esos que cuestan un dineral y que después de media docena de funciones acaban abandonándose a su suerte. El mendigo y yo hemos liquidado dos botellas de vino infame, después nos hemos puesto a cantar a todo pulmón, desafinando cosa mala. Las confidencias no han tardado en llegar, claro, que si me siento muy solo, que si la vida es una cabrona, que si me veo en la calle por mi mala cabeza… Mi compañero de viaje se llama Andrés pero hace tanto tiempo que no es nadie que ni siquiera se gira cuando pronuncio su nombre.

El frío me sacude al poner el pie en el andén. Me despido del mendigo con prisa.

         –Adiós, machote –me dice–. Que te vaya bonito –me dice. Luego me regala un eructo tan largo como tu silencio y se aleja dando tumbos.

Lo tenías todo, Marta, mi amor y mis visas. ¿Por qué tuviste que echarlo a perder?

Sé que en realidad la culpable es Lola, esa zorra con pretensiones de alpinista ha sido la que ha llenado de pájaros salvajes tu cabeza. Voy en tu busca. Pienso cobrarte todas mis desdichas. Mentí al decirte que era un hombre nuevo. Sudo a pesar del hielo que lame la silueta de las montañas. Me detengo un momento en el portal. Noto como me abandona la razón. Subo las escaleras despacio. Llamo al timbre. Es otra mujer la que me abre la puerta y clava sus ojos asombrados en mí. Lleva puesto tu jersey de cuello alto. Ya me conoces, a la mínima se me clavan alfileres en las sienes y comienzan a arderme las tripas y el pensamiento. Al besarte pienso en lo que diré si acaso me preguntan. Al fin y al cabo lo de Lola también fue un accidente.

 

 

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