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CARTAS HELADAS
©
Angélica Morales
PRIMERA PARADA:
HUESCA-RIGLOS.
El canfranero lleva
retraso. Salgo de la estación y pido café en un bar.
Hace el frío justo para que te recuerde, por eso
comienzo a escribir esta carta, sin orden ni
intención, de cualquier manera, como se hacen las
cosas que le apasionan a uno.
He decidido emprender
mi primera excursión sin ti. Todo es nuevo desde que
te has ido, afeitarse frente al espejo, comer
palomitas en el cine, poner la lavadora, rascarme la
pierna mientras veo una película de terror…
En la mochila guardo
un bocadillo de atún, dos litros de agua, tabaco
rubio, y una foto tuya de perfil impertinente. Te la
hice con aquella cámara de usar y tirar, cuando
viniste a verme a Zuera. Fue nuestro último vis a
vis. No se me olvida que se ensuciaron las sábanas
de sangre porque te bajó la regla en el momento en
que te penetré. Yo lo entendí como una señal; en la
cárcel todo son señales, Marta, acabas
acostumbrándote a convivir con los fantasmas, a
sentir su aliento podrido detrás de la nuca, noche
tras noche, mientras tu compañero ronca en la litera
de a lado.
Son las ocho y tres
minutos de la mañana y no hay un alma en la calle.
El único viajero de la estación es un mendigo que
dormita en un banco con los pies apoyados en una
maleta antigua. Antes de acercarme a la taquilla me
siento frente a él y lo contemplo largo rato, como
si estuviera viendo uno de esos documentales
televisivos que te muestran las miserias del mundo
sin salir de casa, sin dejar de pelar pipas en el
sillón. “Podría ser yo ese tipo”, pienso sin
quitarle ojo, absorto en su respirar pausado, en la
forma de abrazarse el cuerpo para retener el calor.
Puede que hasta seamos de la misma edad; la calle
envejece, entre cartones y soledad se mastica el
tiempo a puñados. Ya no me queda otra cosa que
alejarme de ti, lo dice un juez, lo dice una
sentencia, y si pego mi oído a la boca del mendigo,
quizá su voz rota me susurre:
–Lárgate,
chaval. Vete como muy cerca a la mierda…
De momento voy a
poner rumbo a Canfranc. Sé que estás allí, en aquel
piso estrecho donde te besé por primera vez.
Llevabas el pelo suelto y un suéter de cuello alto.
He echado tanto de menos tu sabor, Marta, esa mezcla
a chicle y almendra amarga.
No se puede fumar en
el tren pero enciendo un cigarrillo. Cuando viene el
revisor me obliga a apagarlo. El revisor se parece a
don Ignacio, uno de mis carceleros, un señor
desgarbado y mofletudo que al hablar, escupe. El
instinto me empuja a retorcerle el pescuezo, sin
embargo respiro hondo y miro a través de la
ventanilla. A los cinco minutos irrumpe el mendigo
en mi vagón. Somos los únicos viajeros del
canfranero. Me mira y lo miro. Después de colocar
sus pertenencias se acomoda junto a mí. Me dan ganas
de decirle que la mierda no es un lugar tan malo
como lo pintan.
SEGUNDA PARADA:
RIGLOS-SABIÑÁNIGO.
El otoño tiñe de
nostalgia los pensamientos. Las montañas comienzan a
desnudarse y dejan al aire toda su mala intención. A
ti te gustaba escalar en Riglos, atarte a la
incertidumbre y coronar aquellas rocas con forma de
aguja. Te regalé un casco de color amarillo para
verte desde la lejanía, ni colgada a 200 metros
quería perderte de vista, mi amor. Lola y tú
formabais una buena pareja. Aunque he de confesarte
que nunca me gustó tu amiga. Tenía una mirada
demasiado lánguida, como la de esos bueyes que
embisten a traición. Me atormentaba la idea de que
de un instante a otro saltara sobre ti y te
devorara. Lola era lesbiana. No había que ser un
genio para darse cuenta de que aquellas excursiones
pirenaicas no tenían otra finalidad que la de
apartarte de mí.
Llueve despacio,
pequeñas gotas que empañan los cristales y
convierten el paisaje en un sueño intermitente. El
mendigo da cabezadas sobre mi hombro. Tiene el
rostro cubierto por una película negra y grasienta,
en carnaval bien podría hacerse pasar por un
deshollinador de película californiana. La calle es
perra, Marta, a la que te descuidas te nacen
miserias entre las costuras de los pantalones. Yo
llevo puestos los de color verde militar, tus
preferidos. Esta mañana al probármelos frente al
espejo he tenido que reconocer que no me quedan nada
mal. Adquiero con ellos un aire de sofisticación
pasada de moda. Pero es que la cárcel no entiende de
catálogos. Allí no llevábamos más modelo que el del
aburrimiento. Hago ademán de levantarme y el mendigo
regresa a la vida .Tiene una legaña en el ojo
izquierdo. Se despereza y rumia una maldición.
Asomarse a su boca es igual que respirar una bomba
fétida. No te enfades, pero a Lola también le olía
el aliento. Cuando viajas en el canfranero se
detienen todos los relojes, con cada curva se pierde
un minuto de vida y empiezan a encadenarse en la
mente aventuras inverosímiles. Su lentitud embriaga,
te convierte en una piedra más del camino, en ese
tornillo que mantiene unido las traviesas, en la
hoja que cae del árbol, en el guardagujas, que desde
un pueblo olvidado, saluda a los viajeros con su
gorra y su bandera. Las montañas son muy suyas,
Marta. Tienden trampas de una cima a otra, te
camelan con su hermosura, lo mismo que tú hiciste
conmigo. La naturaleza y yo no nos llevamos bien, ya
lo sabes, me revienta tanta inmensidad y tanto aire
puro; aunque he de reconocer que añoro nuestras
salidas, coger la furgoneta y conducir sin rumbo,
detenernos de vez en cuando en mitad de la nada y
verte mear oculta entre las zarzas. Las filosofías
naturistas de Lola me importaban un bledo, para
justificar el consumo de marihuana no es necesario
perder el resuello en ninguna senda. El otoño tiñe
de nostalgia los pensamientos, sí señor. Viene a mi
mente el conjunto de ropa interior que te regalé
para tu cumpleaños y lo poco que me costó
quitártelo, días más tarde, en aquella habitación de
hotel. Por la noches, en mi celda, no hacía otra
cosa que pensar en ti, antes de perder el sentido
sobre la almohada, rememoraba tu piel y tu risa y
ese mechón de pelo que se te ondula en la nuca.
Cuando estás entre rejas las cosas más pequeñas se
convierten en tesoros, pierdes el sentido de la
realidad y te acostumbras a una rutina espesa.
Cuando mi compañero cumplió condena me trajeron como
sustituto a Paul. El tío no tenía ni puta idea de lo
que era el otoño. Paul nació en Costa Rica y allí
sólo tienen un invierno furioso y un verano
interminable. Un día de permiso se fue a Huesca y
echó a andar. Tardaron tres semanas en dar con él.
Se lo encontraron boca arriba, cerca del Gratal, con
la sonrisa helada y los brazos en cruz. Debió de
despeñarse al intentar bajar por el “revientachulos”.
Tiene gracia la cosa, morirse a pleno sol después de
haber pasado tantos años a la sombra. Era otoño.
TERCERA PARADA:
SABIÑÁNIGO–VILLANÚA.
Creía que todo estaba
bien entre nosotros, Marta. Te crucé la cara un par
de veces, ¿y qué? Ya me conoces. Tengo un genio
endiablado. A la mínima se me clavan alfileres en
las sienes y comienzan a arderme las tripas y el
pensamiento. Pero es que te gusta provocarme, me
llevas la contraria a propósito. .Tú y tu amiguita
Lola os creéis muy listas. El feminismo me pone
enfermo. No entiendo ni los gritos ni las ofensas.
Mucho menos esa indignación que se le pone a la
escaladora al borde de los ojos, un abismo que
aflora a sus pupilas y que lleva mi nombre.
Tres suéteres de
lana, dos camisetas rotas y un par de vaqueros es el
único botín que he podido rescatar de mi vida
contigo. En la calle del Pez ya no viven mas que las
telarañas. Han sido inútiles todos mis intentos por
abrir la puerta. Cambiaste la cerradura sin
avisarme, seguro que también te has teñido el pelo.
Siempre soñaste con ser pelirroja, una de esas
golfas que tienen pecas hasta en el carnet de
identidad. El mendigo sonríe. Le faltan casi todos
los dientes, pero sonríe, igual que una estrella del
celuloide, ajeno a su desgracia y a la mía. ¿Por qué
has tenido que marcharte, Marta? Ni una carta, ni
una nota, ni un mensaje al móvil. Te has alejado de
mí con la sigilosidad de una cobra. Te odio a ratos.
Suelo destinar toda mi energía a odiarte las tardes
de domingo, cuando sentado en la barra de cualquier
pub me hundo en reflexiones estúpidas.
La lluvia del cristal
me recuerda a tus lagrimas. Cómo te gustaba exagerar
nuestras riñas, inventarte insultos y mostrar tus
muslos repletos de hematomas. Tú piel es tan
delicada, Marta, incluso el mordisco de un bebé te
hubiera dejado cicatrices en el pecho.
Fumamos a escondidas
el mendigo y yo. Me pregunta, si estoy casado y le
digo que no.
–¿Divorciado? –quiere saber.
–Viudo –me
escucho decir.
ÚLTIMA PARADA:
CANFRANC
La estación de
Canfrac se asemeja a un decorado de ópera moderna,
esos que cuestan un dineral y que después de media
docena de funciones acaban abandonándose a su
suerte. El mendigo y yo hemos liquidado dos botellas
de vino infame, después nos hemos puesto a cantar a
todo pulmón, desafinando cosa mala. Las confidencias
no han tardado en llegar, claro, que si me siento
muy solo, que si la vida es una cabrona, que si me
veo en la calle por mi mala cabeza… Mi compañero de
viaje se llama Andrés pero hace tanto tiempo que no
es nadie que ni siquiera se gira cuando pronuncio su
nombre.
El frío me sacude al
poner el pie en el andén. Me despido del mendigo con
prisa.
–Adiós,
machote –me dice–. Que te vaya bonito –me dice.
Luego me regala un eructo tan largo como tu silencio
y se aleja dando tumbos.
Lo tenías todo,
Marta, mi amor y mis visas. ¿Por qué tuviste que
echarlo a perder?
Sé que en realidad la
culpable es Lola, esa zorra con pretensiones de
alpinista ha sido la que ha llenado de pájaros
salvajes tu cabeza. Voy en tu busca. Pienso cobrarte
todas mis desdichas. Mentí al decirte que era un
hombre nuevo. Sudo a pesar del hielo que lame la
silueta de las montañas. Me detengo un momento en el
portal. Noto como me abandona la razón. Subo las
escaleras despacio. Llamo al timbre. Es otra mujer
la que me abre la puerta y clava sus ojos asombrados
en mí. Lleva puesto tu jersey de cuello alto. Ya me
conoces, a la mínima se me clavan alfileres en las
sienes y comienzan a arderme las tripas y el
pensamiento. Al besarte pienso en lo que diré si
acaso me preguntan. Al fin y al cabo lo de Lola
también fue un accidente.
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