|
LAS DUDAS DE ELIO
©
Amando Carabias María
Aquella noche, Elio Baeza Artiga, el joven
periodista del Diario de Euritmia,
encargado de la sección de cultura del periódico,
estaba descentrado. Tenía la obligación de llenar
una página con la reseña del último estreno que
había subido a las tablas del Teatro Calderón
de la vieja ciudad.
Pero tenía dos problemas.
El más importante era que la obra no le había
gustado. Ni poco ni mucho. No le había gustado. Sin
adjetivos. Sin adverbios. Sin circunstancias. Pero
el mayor accionista del periódico (en realidad el
único accionista y, por tanto, su dueño) era amigo
íntimo del productor del espectáculo y gracias a esa
amistad, Euritmia se había visto favorecida por
aquel estreno absoluto, a cambio de un precio de las
localidades que rozaba el atraco a mano armada.
El segundo problema era que había discutido a la
hora de la comida con Virginia. Lo de siempre.
Virginia de modo rítmico (cada mes, más o menos)
hacía referencia a su edad, al hecho de no tener
hijos, a la inutilidad de Elio, a su egoísmo, a la
falta de compromiso serio, a la estupidez de sus
sueños literarios. Sabía que ella tenía razón, pero
no estaba dispuesto a dar su brazo a torcer… de
momento.
Si escribía lo que pensaba se quedaría sin trabajo,
casi seguro.
Si decía lo que pensaba, Virginia le dejaría, casi
seguro.
Faltaba una hora para el cierre.
No, tres cuartos de hora. Los últimos quince minutos
los había pasado pensando en cómo escribir que lo
mejor era no ir a ver la función, cómo explicar que
el texto era un bodrio y la interpretación un
desastre, todo ello sin decirlo y sin que se notara
mucho.
Estas cosas no se las habían explicado en la
facultad.
Cómo convencer a Virginia, tampoco.
Claro que si fuera valiente, quizá tuviera una
oportunidad: escribiendo lo que pensaba, se quedaría
sin trabajo, y un despido sería un buen motivo para
que Virginia continuara a su lado sin volver sobre
el mismo tema de los hijos. Además contaría con
tiempo para escribir su obra maestra, ésa que le
catapultaría a la fama.
O
no.
Faltaba media hora para la hora del cierre.
Empezaba a temer el bocinazo de D. Efrén, el
director, quien, para añadir un poco de pimienta a
la situación, ya le había advertido sobre la
importancia que su crónica tendría al día siguiente.
Desastre en el
Teatro Calderón.
Podría ser un buen título para la crónica, pensó,
mientras comenzaba a teclear con fuerza en el
ordenador, sabiendo que, probablemente, a la mañana
siguiente, formaría parte de la nómina de parados.
|
|
NAVAJAS DE CRISTAL, LABIOS DE FUEGO
© Amando Carabias María
Cuando te fuiste, nunca pensé que
olvidaría tan pronto la temperatura de tu piel, ni
el peso de tus pechos sobre la cuna de mis manos, o
el olor con el que impregnabas cada uno de los
rincones de la casa. Cuando te fuiste, detrás de la
frustración regalada por mi impericia, nunca pensé
que olvidaría tan pronto el ritmo de tus pasos sobre
la alfombra. Cuando te fuiste, harta de esperar
alguna sonrisa, o alguna caricia, más allá de las
rituales e innecesarias, no pensé que tu estatura se
me perdería en el borde rojizo de la tarde, o el
volumen de tu silueta se esfumaría junto a la sombra
larga del ocaso. Cuando te fuiste, no intuí que el
sonido de tu voz se desaguaría tras un torrente de
olvido.
Cuando te fuiste, sin embargo, esos
ojos que tanto anhelaron mi presencia —más allá de
la corporal—, se alojaron dentro de mis latidos como
saetas disparadas con puntería infalible. Se me
clavaron tus ojos como navajas de cristal, me
besaban tus ojos como labios de fuego, cuando te
fuiste. Nunca pude vaticinar semejante
acontecimiento.
Sólo cuando te fuiste, al escarbar
angustiado en mi recuerdo, descubrí que en tus ojos
flotaba la espera, haciéndose luz en tu vislumbre.
Sí, querida, sólo cuando fuiste ausencia, comprendí
que cada día tus pupilas se revestían con la túnica
de la paciencia recién lavada y planchada para
regalarme una nueva oportunidad y otra y otra y
otra. Yo llegaba cada noche, henchido de los
acontecimientos que el mundo ha dictaminado como
trascendentales, y no comprendía el significado de
tu avizorarme continuo y paciente. Sólo estaba
pendiente de lo que me dijeran los de fuera, de sus
palmadas en la espalda, de sus billetes en la cuenta
corriente, de sus saludos por la calle principal a
la hora del vermut, de sus cuerpos conquistados a
traición y con engaño…
Nunca te conformabas con las
apariencias, sino que escrutabas el contenido de mis
pensamientos. Y cada noche, después de acercarme al
dormitorio para desnudar mi cuerpo y ponerme
armadura en el corazón, comprendías con dolor, tras
esa inspección morosa y detallada de tus pupilas,
que había retornado el mismo pedazo de piedra que te
acompañaba a diario un puñado escaso de horas. Un
ser que enmudecía, ensordecía y enceguecía a tu
costado. Cuando aún no te habías ido, no advertí que
tu mirada conjugaba al verme todos los matices que
el diccionario otorga a la acción y efecto de poner
los ojos sobre algo o alguien, en este caso sobre
mí. Un esfuerzo titánico que nunca intuí, pues creía
que aquel papel firmado era como haber adquirido el
derecho a gozar de tu eterna presencia a mi lado.
Tú, mirada alerta; yo, ceguera…
Hasta que te hartaste.
Cerraste la puerta para siempre.
Detrás de ti, salvo el eco de tu perfume (que
también he olvidado) y una nota con una frase (“No
te molestes en buscarme, porque nunca me
encontrarás”), únicamente dejaste, como alboroto
de luz, tu mirada, que, desde entonces, llevo
incrustada como si se me hubieran clavado en el
corazón un millón de esquirlas o como si se me
hubieran prendido labios de fuego que me besan sin
cesar.
¿Sabes, querida…? Al principio creí
que ese recuerdo era un veneno lento que me
destruiría, como un asesinato en la distancia que
ninguna Policía podría detectar o calificar como
sustancia mortífera. Sin embargo, con las semanas o
los meses, comprendí que, a pesar de tu huida (que
no te puedo reprochar), aún quisiste permanecer a mi
cuidado. No será amor el rastro de tus pupilas en mi
memoria, pues me encargué con mi torpeza y mi
traición de apagar la hoguera que una vez quizá
existió entre nosotros, pero al menos será rescoldo
donde se evapore el hielo de la soledad.
¿Sabes, querida…? Cuando llego a
casa, al prender la luz de la entrada, me doy cuenta
que me espera tu mirar. Como revoloteo de pájaros,
están ahí tus ojos, y ellos me sirven para acompañar
a la soledad. Ahora no enchufo la televisión, ahora
te cuento (o cuento a tus ojos) las cosas del día.
Ahora no revisto mi corazón de coraza y yelmo.
Cuando te fuiste, se me clavaron tus
ojos como navajas de cristal.
Como labios de fuego, me besaban tus
ojos, cuando te fuiste…
Cuando te fuiste, no comprendí que la
mirada es el cauce por donde transita la vida, o su
esencia, al menos.
|