II Recital de narrativa "SéBreve"

   Zaragoza 24 de septiembre de 2011

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CUENTOS

©Fernando Ainsa

 

DECISIONES 

Me han dicho que debo tener cuidado en esta ciudad.

La inseguridad reina, pero soy fuerte y tengo una corpulencia que creo disuasiva. Por eso decido pasar por el sombrío callejón entre las dos avenidas. Sin embargo, confieso que me sorprendo al ver un enclenque pequeñajo salir de un portal y decirme sin mucha convicción: “¡Dame el reloj!”. Aunque tiene una navaja en la mano, le respondo que no le doy nada y lo miro fijamente. Baja los ojos, está demacrado y muy delgado, pero agita la navaja y repite con insistencia: “¡Te digo que me des el reloj. Dame el reloj!”.

Lo mido de arriba abajo y decido: lo tumbo de un solo puñetazo y queda tendido a mis pies, boca arriba. Está inconsciente y lo observo con más detalle. Lleva una vieja y sucia camisa abierta sobre un pecho hundido del que sobresalen las costillas y calza unas zapatillas deshilachadas. No tiene calcetines y parece destentado.

Lo vuelvo a mirar y tomo otra decisión : me quito el reloj y lo deposito con cuidado sobre su camisa entreabierta.

Antes de irme, intento reanimarlo.

 

AMADOU, EL REY

Lleva un par de años barriendo las calles y está contento, pese a todo.

Sólo tiene una ambición, quiere ser rey.

Rey, aunque sea por un día.

Es su sueño, al mirar la televisión o, simplemente, al cerrar los ojos y dormirse mecido por esa esperanza.

Sin embargo, cuando se refleja en el espejo sabe que no puede ser otro rey que Baltasar, el rey que saluda y sonríe a los niños desde lo alto de su carroza mientras les arroja caramelos. El rey con capa de armiño y un gran turbante de colores que baja luego y se deja besar en las mejillas; el rey que visita a los que están enfermos en el hospital; el rey que se sienta en la puerta del gran almacén donde venden juguetes y al que los niños acarician: un rey negro.

Este año Amadou ha hecho todo lo posible por ser el rey Baltasar. Después de una larga cola en el Ayuntamiento, han seleccionado pajes y conductores de camellos y ha rogado ser el rey Baltasar. Y lo ha conseguido.

Ahora solo espera que tras el beso de esa niña rubia que sus padres izan hasta su mejilla y los de quienes hacen cola con la misma ilusión, empiece a desteñir su rostro, como el de todos los reyes Baltasar que ha visto desde que llegó a este país.

 

CUALQUIERA PODRÍA HABERLO HECHO

Esta es la historia de cuatro personajes llamados Todos, Alguno, Cualquiera y Nadie que trabajaban en una Burocracia Ministerial. Había una tarea administrativa importante a realizar. Todos estaban seguros que Alguien lo haría. Cualquiera podría haberlo hecho, pero Nadie lo hizo. Alguien se indignó porque era el trabajo de Todos, pero Nadie se dio cuenta que no lo haría Cualquiera. Al final Todos protestó a Alguno cuando Nadie hizo lo que Cualquiera podría haber hecho.

 

LOS SUTILES ENVOLTORIOS DEL AMOR

Su vida sin alicientes, sin otra mira que la del ras de las cosas al alcance de la mano, sin otra perspectiva que la de ir viviendo el día a día, cambió cuando la conoció a ella. Si otros lo despreciaban por su falta de ambición y por lo que llamaban su condición rastrera, ondulante y sinuosa, nunca directa y menos aún capaz de mirar a los ojos con franqueza, ella pareció descubrir el germen secreto de su personalidad y decidió ayudarle a descubrirlo. No tuvo problemas para envolverlo e ir creando los hilos de las sutiles dependencias que hacen del amor una atadura. Tejió alrededor de él, un delicado envoltorio que propició su entrega. Embriagado por el descubrimiento de los filamentos de una sensibilidad desconocida que sin violencia lo iban aprisionando, se dejó paralizar y adormecer. Ya no salía en búsqueda del cotidiano sustento y, menos aún, disputaba a otros esos territorios próximos a los que se había limitado en el pasado. Se quedaba en casa, arropado en la tibieza de este nuevo nido, lejos de la memoria materna, pero cerca de aquella olvidada ternura. Llegó incluso, para hacer más total la entrega, a cerrar los ojos y a no levantar más las persianas cada mañana.

Fueron felices aquellos sueños y, por lo tanto, más sorpresivo el despertar. Porque cuando decidió sacudirse y liberarse de las ataduras que ella con tanto cuidado había urdido a su alrededor, debió batirse, rebelarse de un modo que a sí mismo lo sorprendió, tan cauto y poco aventurado había sido hasta entonces. Fue cortando, uno a uno, los hilos de esa dependencia, adquirió una progresiva libertad de movimientos y llegó incluso a izarse más allá del reducido espacio de su pasada vida. Al fin se sacudió con orgullo los últimos restos de su presencia y dueño de un nuevo poder, abrió sus alas multicolores y se lanzó a volar. Sin embargo, aunque no lo reconocería nunca, había sido gracias a ella que el gusano se había transformado en mariposa.

 

 

 

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