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CUENTOS
©Fernando
Ainsa
DECISIONES
Me han dicho que
debo tener cuidado en esta ciudad.
La inseguridad reina, pero soy
fuerte y tengo una corpulencia que creo disuasiva.
Por eso decido pasar por el sombrío callejón entre
las dos avenidas. Sin embargo, confieso que me
sorprendo al ver un enclenque pequeñajo salir de un
portal y decirme sin mucha convicción: “¡Dame el
reloj!”. Aunque tiene una navaja en la mano, le
respondo que no le doy nada y lo miro fijamente.
Baja los ojos, está demacrado y muy delgado, pero
agita la navaja y repite con insistencia: “¡Te digo
que me des el reloj. Dame el reloj!”.
Lo mido de arriba abajo y
decido: lo tumbo de un solo puñetazo y queda tendido
a mis pies, boca arriba. Está inconsciente y lo
observo con más detalle. Lleva una vieja y sucia
camisa abierta sobre un pecho hundido del que
sobresalen las costillas y calza unas zapatillas
deshilachadas. No tiene calcetines y parece
destentado.
Lo vuelvo a mirar y tomo otra
decisión : me quito el reloj y lo deposito con
cuidado sobre su camisa entreabierta.
Antes de irme, intento
reanimarlo.
AMADOU, EL REY
Lleva un par de
años barriendo las calles y está contento, pese a
todo.
Sólo tiene una ambición, quiere
ser rey.
Rey, aunque sea por un día.
Es su sueño, al mirar la
televisión o, simplemente, al cerrar los ojos y
dormirse mecido por esa esperanza.
Sin embargo, cuando se refleja
en el espejo sabe que no puede ser otro rey que
Baltasar, el rey que saluda y sonríe a los niños
desde lo alto de su carroza mientras les arroja
caramelos. El rey con capa de armiño y un gran
turbante de colores que baja luego y se deja besar
en las mejillas; el rey que visita a los que están
enfermos en el hospital; el rey que se sienta en la
puerta del gran almacén donde venden juguetes y al
que los niños acarician: un rey negro.
Este año Amadou ha hecho todo
lo posible por ser el rey Baltasar. Después de una
larga cola en el Ayuntamiento, han seleccionado
pajes y conductores de camellos y ha rogado ser el
rey Baltasar. Y lo ha conseguido.
Ahora solo espera que tras el
beso de esa niña rubia que sus padres izan hasta su
mejilla y los de quienes hacen cola con la misma
ilusión, empiece a desteñir su rostro, como el de
todos los reyes Baltasar que ha visto desde que
llegó a este país.
CUALQUIERA PODRÍA HABERLO HECHO
Esta es la historia de cuatro
personajes llamados Todos, Alguno, Cualquiera y
Nadie que trabajaban en una Burocracia Ministerial.
Había una tarea administrativa importante a
realizar. Todos estaban seguros que Alguien lo
haría. Cualquiera podría haberlo hecho, pero Nadie
lo hizo. Alguien se indignó porque era el trabajo de
Todos, pero Nadie se dio cuenta que no lo haría
Cualquiera. Al final Todos protestó a Alguno cuando
Nadie hizo lo que Cualquiera podría haber hecho.
LOS
SUTILES ENVOLTORIOS DEL AMOR
Su vida sin
alicientes, sin otra mira que la del ras de las
cosas al alcance de la mano, sin otra perspectiva
que la de ir viviendo el día a día, cambió cuando la
conoció a ella. Si otros lo despreciaban por su
falta de ambición y por lo que llamaban su condición
rastrera, ondulante y sinuosa, nunca directa y menos
aún capaz de mirar a los ojos con franqueza, ella
pareció descubrir el germen secreto de su
personalidad y decidió ayudarle a descubrirlo. No
tuvo problemas para envolverlo e ir creando los
hilos de las sutiles dependencias que hacen del amor
una atadura. Tejió alrededor de él, un delicado
envoltorio que propició su entrega. Embriagado por
el descubrimiento de los filamentos de una
sensibilidad desconocida que sin violencia lo iban
aprisionando, se dejó paralizar y adormecer. Ya no
salía en búsqueda del cotidiano sustento y, menos
aún, disputaba a otros esos territorios próximos a
los que se había limitado en el pasado. Se quedaba
en casa, arropado en la tibieza de este nuevo nido,
lejos de la memoria materna, pero cerca de aquella
olvidada ternura. Llegó incluso, para hacer más
total la entrega, a cerrar los ojos y a no levantar
más las persianas cada mañana.
Fueron felices aquellos sueños
y, por lo tanto, más sorpresivo el despertar. Porque
cuando decidió sacudirse y liberarse de las ataduras
que ella con tanto cuidado había urdido a su
alrededor, debió batirse, rebelarse de un modo que a
sí mismo lo sorprendió, tan cauto y poco aventurado
había sido hasta entonces. Fue cortando, uno a uno,
los hilos de esa dependencia, adquirió una
progresiva libertad de movimientos y llegó incluso a
izarse más allá del reducido espacio de su pasada
vida. Al fin se sacudió con orgullo los últimos
restos de su presencia y dueño de un nuevo poder,
abrió sus alas multicolores y se lanzó a volar. Sin
embargo, aunque no lo reconocería nunca, había sido
gracias a ella que el gusano se había transformado
en mariposa.
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