II Recital de narrativa "SéBreve"

   Zaragoza 24 de septiembre de 2011

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MICROCUENTOS

 

© Francisco Javier Aguirre

 

 

Estos textos pertenecen a dos libros de microrrelatos, aún inéditos, titulados MORITURI y MICROCLIMAX.

Leerlos espaciadamente.

 

 

Era un niño superdotado. Primero aprendió a escribir, luego a leer y finalmente a hablar por los codos.

 

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Era otro niño superdotado. Tenía una salud perfecta. A los tres meses hizo su primera declaración pública, ante sus padres, sus abuelos y sus tíos. Miró a la concurrencia sonriente y les dijo a sus parientes con voz firme, clara y convencida: ‘Soy un moribundo’.

 

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Se realizaba una operación estratégica de la policía para desbaratar un complot. Cuando uno de los terroristas resultó dañado y malherido en el enfrentamiento con las fuerzas del orden, hubo enormes protestas por parte de la asociación internacional protectora de animales.

 

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Hacía muchos años que había cambiado la moda y toda la gente iba vestida en público con enorme decoro. En vista de ello, el dueño de la boutique decidió dejar sin trabajo para siempre a los maniquíes del pasado, del presente y del futuro aunque fueran desnudos por la calle.

 

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Llevaba años investigando en secreto con cenizas masculinas que conseguía dificultosamente en un crematorio, después de convencer a un enterrador corrupto que, previo pago, le entregaba pequeñas cantidades de polvo tras la incineración de los varones que fallecían antes de cumplir los 50. Sorprendieron al empleado y lo expulsaron del tanatorio. El investigador, que acaba de cumplir 49, no logró sobornar al sustituto. Lo intentó inútilmente varias veces, hasta que la firmeza del funerario le hizo desistir. Entonces decidió proseguir la investigación con sus propias cenizas.

 

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Quería ahorrar al máximo cuando llegara su momento, pero sin contrariar a su familia ni alterar los usos sociales. Caviló en la mejor forma de hacerlo y llegó a la conclusión de que la salida era recurrir a una empresa de desguaces. Pero nadie ha encontrado jamás un furgón funerario en un cementerio de automóviles.

 

*

Entró en el retrete. Cuando fue a cerrar la puerta vio un folio pegado en ella. Decía: No es por ti, pero si te giras, verás la escobilla a tu izquierda. Volvió la mirada y vio la escobilla sobre su soporte. Desplazó cuidadosamente con el pie derecho el conjunto higiénico hasta el otro lado de la taza y añadió en el folio: ¿Eres zurdo?

 

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No podía moverse. Un oscuro ardor en las ingles le hizo sospechar que estaba cambiando de sexo espontáneamente. Tuvo dos ideas simultáneas: llamar a una facultad de medicina y a un programa de televisión cañero. Cogió el teléfono. El problema era en qué orden.

 

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Lo dejó grabado y firmado a babor para que su memoria fuera venerada cuando se recuperara el barco tras el naufragio: ‘El mareo es un turbio deseo estomacal de llegar al punto de partida’.

 

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Le gustaban los procedimientos artesanos para comunicarse. Cierto día quiso enviar una carta manuscrita a su hermano que se encontraba en América, al otro lado del océano. Cogió el mensaje, lo metió en una botella, la lacró, se acercó a la orilla y la lanzó al agua. Antes había metido dentro también una paloma mensajera para que la botella no perdiera el rumbo.

 

 

 

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