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LA TUMBA DE
EMILIO RO
©Pilar Aguarón Ezpeleta
©José Antonio Prades
©Anabel Consejo Pano
Hoy he comido con la tía Amada, he
querido sonsacarle lo que recordaba de Emilio Ro y
su respuesta ha sido demoledora:
—Hija, pocas cosas buenas te puedo
contar de él, bueno sí, que era moreno, guapo y
bien plantado. Pero creo que ahí se le acaba lo
bueno.
Ha dejado de comer, ha doblado la
servilleta con cuidado y con un débil hilito de voz
ha preguntado sin mirarme.
— ¿Y por qué quieres saberlo, ahora?
—He leído su nombre en una cruz de
hierro oxidada junto al panteón de los abuelos, no
tenía ni lápida.
—Dejó de amarme, sabes, lloré mucho.
Demasiado hicimos con darle sepultura.
La tía ha apretado los labios y la
barbilla le temblaba, a duras penas ha conseguido
reprimir el llanto.
Sospecho que me ha mentido, pero ya
es demasiado mayor para pedirle cuentas, ni siquiera
tiene por qué dármelas. Antes de hoy solo una vez
había visto esa tumba, fue siendo muy niña cuando el
funeral de la abuela. Recuerdo que mi madre se
apartó del camino y al pasar por esa cruz se paró un
instante y la marcó con una caricia lenta de su
dedo pulgar.
Hoy al verla he recordado una
fotografía en blanco y negro que ella guardaba en su
cajita de historias imposibles, debajo de un
pañuelito de hilo. Alguna vez la sorprendí mirándola
con cara apenada, pasándole lentamente el dedo
pulgar antes de guardarla.
Atando cabos empiezo a intuir
historias secretas de amores despachados, sueños
truncados y muertes prematuras. Da igual que la
familia se empeñe en echar tierra sobre el asunto,
en taparlo bajo toneladas de olvido. El desprecio y
el rencor de mi tía Amada y el fervor taciturno del
pulgar de mi madre, me descubren que a Emilio Ro le
amaron con pasión dos mujeres y que sólo una de
ellas fue correspondida. Únicamente me queda el
consuelo de pensar que mi padre nunca fue un hombre
observador. Voy a tener que empezar a rellenar mi
propia cajita.
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