Me
permito la sumisión un día por semana. Es un juego
fascinante y morboso que me deja unas horas
expuesta, vulnerable, sudorosa. Humana. Da igual
quién sea mi oponente, aunque me gustan
especialmente los hombres atormentados, de ojeras
oscuras, perfume de esencia de Loewe mezclado con
su sudor particular y esqueleto maltratado por el
tiempo. Ellos suelen llevar peor el salto a la
madurez. La misma que me ha permitido a mí pisar
cada día más fuerte y apreciar, por fin, la
eficacia de mi crema hidratante. Me gusta cambiar
de pareja a menudo cada noche. Me empapo de su olor
y de sus manos sudorosas y sé que, en cada cambio
de pareja anunciado y ejecutado al momento, me
acogen en sus brazos con deseo. Les gusta hacerlo
conmigo porque soy manejable, dispuesta, atenta a
sus instrucciones, gracil, casi etérea. Y ellos
creen que todo esa sincronía de movimientos se debe
a su buen hacer. Yo dejo que lo crean. "Mira chica,
aquí son ellos los que mandan, así está
establecido". Ésta fue la sentencia que me
espetaron el primer día. Es un placer que alguien
piense por mí, que no tenga que controlar ni que
dirigirlo todo. Someterme. Y en cada sesión me
descubro a mí misma un poco más. Me dejo llevar. Y
sueño que ese cuerpo sudoroso que apenas me conoce
y me respira podría ser cómplice de tantas cosas
conmigo. Tal vez lo es. Dos horas por semana en la
academia de baile Los Latinos.