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EL DÍA EN EL QUE MI
MADRINA ME JODIÓ LA VIDA
©
INMA MARQUETA
Hola, soy Gustavo. Antes de nada me voy a presentar.
Soy una rana. Si, si, ya se que resulta cómico ser
rana y llamarse Gustavo, pero cuando nací estaba de
moda el programa de “Barrio Sésamo” con el reportero
más dicharachero. A mi padre, el sapo Sisamón, (el
más cachondo de la reunión) sólo se le ocurrió
ponerme ese nombre. Bueno, como os iba contando me
llamo Gustavo y vivía tranquilamente en mi charca –
alberca – galacho, (ya no sé como llamarlo ya que
vinieron los ecologistas le hicieron
espacio natural, y ahora vivo dentro del hoyo
16 del Club de Golf “ Los Últimos Galachos Vírgenes”
¡que ironía!) comiendo una palomita de maíz aquí,
una palomita con miel allá, una con chocolate por
acullá, por que no sé si os he contado que desde
algunos años soy vegetariano y, que en
agradecimiento mis amigos los insectos me traen todo
tipo de suculentos dulces y chucherías, croando a
las ranas que se ponían a tiro e invitándolas a mi
barrizal, tomando el sol a la bartola; cosas comunes
entre batracios cuando amaneció sin que nadie la
llamase y como es costumbre, sin aviso, la
superbarbie Hada Madrina, para mí que estaba en
prácticas, y a la que solamente se le ocurrió la
genial idea de concederme el deseo que nadie le
había pedido: convertirme en príncipe en el momento
en que besase una doncella virgen ¡Menuda cursilada!
De todas formas pensé ¿cuantas doncellas vírgenes
hay hoy en día? ¿queda alguna todavía? ¿existen? Y
además ¿cuantas se dedican a ir de charca en charca
besando ranas? ¿O es que ésto es una nueva
perversión?
A partir de entonces mi vida fue un auténtico
infierno, ,i humilde charca – alberca – galacho del
hoyo 16 del Club de Golf se llenó de locas
jovencitas que traídas por el rumor de que un
príncipe encantado vivía en la charca venían a
manadas y no dejaban de besar y babear a todo
congénere que se les pusiera a tiro, sin hacer ascos
fueran hembras o machos y verrugosos o gordos sapos.
Pero un mal día mis escaqueos fueron infructuosos, y
una moza que paseaba por la orilla me encontró
escondido debajo de una gran hoja de nenúfar; esa
fue mi perdición, ya que me cogió y me besó sin
darme tiempo a croar por última vez.
Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. El cielo
me daba vueltas u parecía que se me iba a caer
encima hasta que de pronto todo se puso negro.
Al volver la luz todo era más pequeño, más
vulnerable: las flores, los animales, la propia
naturaleza. Me había convertido tal y como dijo el
Hada Madrina en un príncipe. Su Alteza Real el
Príncipe Gustavo heredero al trono de Galachania, y
el campo de golf, era ahora los jardines reales de
mi palacio, una humilde choza de trescientas sesenta
y cinco habitaciones, cuatro plantas, patio interior
con piscina, jacuzzi, gimnasio, garaje para seis
cochecillos Jaguar, Rolls Royce, Mercedes etc.
(vulgares utilitarios.).
Desde ese día sólo viví para recepciones, fiestas,
inauguraciones, bailes... afortunadamente de esta
manera retrasaba la fecha de mi enlace con mi
“rescatadora” la ahora Princesa Viriata, que estaba
de los nervios al ver como se alejaba la hora de la
boda.
Los pocos ratos libres que tenía los dedicaba en
buscar al Hada Madrina, con la ilusión de
encontrarla y que rompiese mi hechizo. Recorrí todo
mi reino y sus alrededores: bosques, ríos, galachos,
campos de golf. Hasta besé ranas con la esperanza de
hallar un contra hechizo, pero todo fue inútil.
Continuaba con forma humana.
Al fin llegaron los tan esperados esponsales. El día
apareció nublado, parecía que en cualquier momento
diluviaría y la princesa Viriata no cesaba de
llorar. Yo era el único que se sentía feliz; mi
pasado acuático me llamaba.
La ceremonia fue interminable, pesada y somnífera.
Al cabo de no recuerdo cuanto tiempo el celebrante
pronunció las claustrofóbicas palabras: “Ya sois
marido y mujer” puedes besar a la novia. Ella
me volvió a besar a la vez que recibíamos las
bendiciones pertinentes hisopo en mano. No sé si fue
el beso o el agua bendita, la cuestión es que la
catedral comenzó a girar y giró, giró giro... hasta
que yo sin saber porque de un salto llegué hasta el
púlpito, comencé a croar ante los gritos y los
desmayos de tanta realeza invitada.
Viriata en un ataque de histeria gritaba:¡ Que nadie
lo bese, es mío, yo lo vi primero.!
De nada sirvieron quejas y lamentaciones; al fin era
libre. Mi mundo era el de siempre, los jardines
seguían siendo el club de golf y el palacio la
urbanización, y cuentan que desde entonces en todos
los lagos – albercas – galachos aparece todos los
días festivos a las 12 horas, una doncella vestida
de novia besando a cuantos batracios se cruzan en su
camino.
Pero tranquilos que yo me he mudado, eso sí ¿donde?
es un secreto, no sea que alguien se vaya de la
lengua y se lo diga a Viriata y la volvamos a liar.
Besos de Gustavo, la rana.
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