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AMANDO CARABIAS
TRAS LA DUCHA
Después de la ducha matinal, su cara acudió al
espejo. Le gustaba afeitarse entonces. Sin que el
agua hubiera despertado todas sus neuronas, para su
cerebro era imposible seguir la sucesión de órdenes:
abre los ojos, mira, enjabona, rasura. No se dio
cuenta, pues el aroma del café recién hecho y el
suave murmullo de la canción que ella tatareaba
distrajeron su atención. Fue al pasar el jabón
cuando lo descubrió: aquel no era su rostro.
Cuando
ella le dijo que el desayuno estaba listo, le llamó
por otro nombre, el verdadero nombre de aquella
cara, no el suyo.
LA DUDA SE CONVIRTIÓ EN HUMO
Acometió la duda con una sonrisa. Y la duda se
convirtió en humo, se disipó como una guedeja de
niebla al sol del mediodía. Todo tuvo explicación.
Cada detalle, sin necesidad de ninguna nota a pie de
página, tenía la misma precisión lógica que las
pisadas sobre la arena de la playa recién lavada por
el beso de una ola. Y los dedos buscaron el cuenco
de la sonrisa, donde demorarse, donde recuperarse de
la punzada del titubeo.
ALGO EXTRAÑO
Le
ocurría algo muy extraño. Desde niño. No lo podía evitar. Algunas
veces era una bendición y otras una maldición. Con
el tiempo se acostumbró. Se acostumbraron sus
padres, sus hermanas, los compañeros del colegio.
Cuando lo alegó como defecto para no acudir al
servicio militar provocó un debate ante el tribunal
médico que solventó no con cierto alboroto entre los
médicos encargados de la evaluación. Los que le
conocían bien procuraban actuar en consecuencia,
pero, ay, quién no tenía el gusto (o el disgusto) de
conocerlo… Tuvo varias novias. Sólo una soportó más
de un año, pero siempre supo que no se casaría… Y
esto sucedía aunque no conociera de nada a la
persona, ni sus circunstancias. Ni siquiera era
necesario que atendiera a la conversación...Cada vez
que alguien mentía en su presencia, provocaba que el
color de su piel se tornara azul. Infalible.
Siempre.
EL JARDINERO
Cada vez que le miraba tomar las tijeras de
podar o cualquier otra herramienta, me daba cuenta
de que algo había en él que era diferente a los
demás jardineros que habían trabajado en mi jardín.
Son muchos años los que tengo y el jardín ha
sido cuidado por muchas manos. Todas expertas, todas
precisas, todas sabias en plantas, árboles, arbustos
y las atenciones que necesitaban. No cualquiera
podía desempeñar esta labor. Nunca me hubiera
permitido que este jardín, heredado de mis
bisabuelos, y que mis nietos disfrutarán, fuera
atendido por cualquiera.
Pero cuando le vi a él, hubo algo extraño,
sorprendente, diferente.
De plantas no es que supiera en exceso, más bien
lo justo. Pero sus dedos eran prodigiosos. Su
movimiento era perfecto, siempre; parecía que cada
uno de ellos tenía su propia personalidad, como si
se pudieran mover con independencia absoluta. En sus
manos las herramientas propias del oficio adquirían
una suerte de movimientos armónicos que nunca había
visto antes. Tenía la capacidad de otorgar vida
palpitante a los utensilios de apariencia más
siniestra, como si les llegara el alma procedente de
sus huellas dactilares, que nunca rocé, pero siempre
imaginé suaves, casi sedosas.
Creo que nunca supo que cada mañana me pasaba un
buen rato tras las espesa cortina del salón,
contemplando el modo en que trabajaba en mi jardín:
la tierra, los setos, las plantas, los árboles, el
césped… Aunque no me hubiese escondido tras los
cortinajes de color índigo, creo que aunque hubiese
estado a su lado, habría dado lo mismo, tampoco se
habría percatado de mi presencia.
Llegaba, siempre puntual, y como distraído.
Saludaba si veía a alguien, y si no iba a lo
suyo.
Una vez protegidas sus manos con los guantes, se
ensimismaba en su trabajo como si investigara una
vacuna contra el cáncer. El resto del mundo nos
evaporábamos a sus espaldas.
La otra noche comprendí algo más de todo aquel
misterio, cuando le descubrí en la segunda fila y vi
cómo tocaba el violín con la orquesta de la ciudad.
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