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RAQUEL Y EL FRÍO
© Angélica
Morales
–Nada es lo que uno imagina.
Raquel habla sin levantar la cabeza de
un plato repleto de cacahuetes y quicos rancios.
Hace apenas unos minutos que ha llegado al bar, y
tras un breve saludo se ha sentado a mi derecha;
después se ha quitado el abrigo y los guantes. La
bufanda no. Siempre tiene frío Raquel, sobre todo en
el cuello, por eso le tiembla la voz y carraspea.
Es martes y no trabaja. Estar en el paro
facilita la vida social, eso comenta a veces, cuando
lleva tres cervezas en el cuerpo y se ríe con la
facilidad de una buscona. No es de Huesca, Raquel,
¡qué va! La mujer que toma entre sus dedos las
hebras de tabaco rubio y chupa papel de arroz es
oriunda de Madrid.
–Ya te digo.
Su acento es chulesco, de la gran
capital.
–Qué le vamos a hacer, yo soy una
urbanita, ¿entiendes?
Le doy un sorbo al vino y en silencio le
digo que sí, que se le nota a la legua que es una
urbanita colosal, pero que ahora toda su prepotencia
de kingkona se ha esfumado, igual que el brillo de
su cabellera. Hace meses que está perdida en un
trozo de asfalto helado, allá en Arguis; lejos de
los neones, las colas del cine, la tienda de los
chinos, el olor del metro, los chaperos, los
empujones en el bar, las ilusiones envasadas al
vacío, el cielo enfermo...
–Nada es lo que uno imagina.
No se cansa de repetirlo, tampoco de
liar pitillos mientras el resto conversa en voz alta
planificando excursiones y veladas confortables.
Alguien ha llamado a la camarera, una
chica baja y discreta que no hace otra cosa que
sonreír y amontonar billetes en una caja que
registra monedas y soledades.
A mí me llena la copa, a ella le sirve
otra caña.
–Por supuesto que nada es lo que uno
imagina, ni los pueblos del Pirineo ni las historias
de amor.
Se quiere ir y sin embargo se queda,
Raquel, mientras arroja el humo por sus labios
gruesos y clava los ojos en la espuma de ese mar
chiquito que ingiere después de asestar mandobles en
el gimnasio, los martes y los jueves.
–Con el sable, porque aquí en Huesca me
defiendo como una mosquetera. Pero lo mío es la
espada, ¿entiendes? En Madrid todos practican la
espada. Ya te digo.
El garito se va llenando de risas y
humo. Hace calor y las ventanas se empañan. Sólo en
la calle parece imponer el invierno su tiranía.
–Vaya mierda –abandona el cigarrillo
para que se consuma en el cenicero y reclinada sobre
la silla, lanza un suspiro largo–. He dejado a mi
madre sola y a mis amigas huérfanas, ¿y qué tengo
ahora?
Sus ojos de color avellana me enfocan
sin ganas. Escucho su respirar pausado y de su piel
se desprende un perfume a chicle y a desodorante de
pino.
–Pues un teléfono mudo, una vecina guiri
y un pueblo fantasma.
Nada es lo que uno imagina, quiero
decirle. Pero ella se adelanta y afirma volviendo a
chupar el pitillo:
–Ni siquiera el cocido que he hecho esta
mañana y que he tenido que arrojarles a los perros
Fuma, bebe y habla en singular armonía.
De vez en cuando pestañea, en un intento desesperado
por mantenerse viva.
No, nada es lo que uno imagina, ya no
hay rosas los domingos al despertar, ni café con
tostadas, ni zumo de naranja amargo exprimido de una
boca a otra.
–Y venía cagando leches, ya te digo –me
confiesa Raquel–. Cogía el coche y me cruzaba Madrid
en hora punta, con el CD a toda castaña. Bumba,
bumba, bumba... Porque yo no soy una sentimental,
¿entiendes? –eso sentencia con el rostro severo, de
mujer acostumbrada a aniquilarse frente al espejo
cada mañana.
Se presentaba en Huesca los fines de
semana con la ilusión de una novia, arreglada y
limpia, con la melena y el corazón al aire. Y
paseando por el Coso se olvidaba de la gran
metrópoli, mientras masticaba regaliz y se detenía
en los escaparates con su mano enlazada a la de
Pablo.
–Oye, y cada cinco minutos tenía que
saludar a fulanito o a menganito... Huesca es un
pañuelo, ya te digo.
–Pero hoy no.
Eso lo digo yo, aprovechando que ella
ríe la ocurrencia de uno del grupo. Está a la que
salta, Raquel. Cuando se calma, vuelve a prestarme
atención. Nunca hace confidencias, sólo se le
despierta la lengua con el frío.
Huesca ahora es un cementerio de coches
e ilusiones, un mago triste que perdió su conejo de
la suerte en el interior de un gorro de lana.
El tiempo es lento en Huesca, nada
sucede que no haya sucedido antes en otro lugar.
–Y dime, ¿con qué demonios me entretengo
aquí?, ¿qué busco en esta postal de invierno?
No me permite abrir la boca.
Elabora su discurso a medias, como si yo
tuviese la obligación de adivinar lo que va a decir.
En realidad le importo poco, habla para desenredar
los miedos.
–Mi pareja en Madrid se acaba,
¿entiendes? Allí tenemos prisa hasta para dejar de
existir –se da maña liando tabaco, parece una de
esas cubanas milenarias que envenenan los sueños
ajenos al otro lado del mundo–. Mira, ya lo he
decidido, yo me quedo aquí, joder, ya vendrá la
suerte a buscarme.
Nada es lo que uno imagina.
–Y no me preguntes por qué, pero tengo
fiebre día sí y día también. Treinta y ocho con tres
décimas. En Madrid no, en la city sudaba a mares.
Era un no parar: amigas, cubatas, pantalones con
tara en Mango, tropiezos, contaminación, besos de
otros continentes. Reinaba una soledad invisible en
Madrid, y sin embargo aquí pesa y engaña y oprime,
¿entiendes?
–Ya te digo –contesto anudando a mi
cuello su bufanda.
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