Recital de narrativa "SéBreve"

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ELLA

© JAVIER VÁZQUEZ

   

Siempre me acordaré de ella. Llegó a casa de la mano del tío de Cuba. Y es que en mis tiempos de infancia todo el mundo tenía en su familia un tío que marchó a Cuba a hacer las Américas. El indiano: así le llamaban cada vez que alguien lo mencionaba en Navidad, o en una boda, o en un funeral… Habíamos recibido carta suya anunciando su visita. Durante un mes, pero sobre todo en la última semana, estuvieron todos excitados en casa hablando del primo Gaspar. A mamá le brillaban los ojos de una manera especial y juraría que a padre no le hacía mucha gracia aquel destello ilusionado, ni las sábanas recién almidonadas en el cuarto de invitados, ni el ramito de lavanda que había dejado bajo la almohada. Por fin llegó mi tío —el primo Gaspar, como le llamaba mamá—. Al principio casi no me fijé en él. Sólo tenía ojos para maravillarme con aquel coche de alquiler que había traído desde Madrid, hasta donde había llegado en tren desde Lisboa y, hasta allí, en barco transoceánico desde el puerto de La Habana. Una aventura de casi un mes.

 

Ha pasado el tiempo, cincuenta años redondeando, pero siempre me acordaré de ella. La trajo del brazo el tío de Cuba; aquel caballero indiano de sonrisa blanca y dientes grandes que destacaban sobre su piel tostada en la plantación de caña de la estancia de Matanzas. Siempre vestía de blanco; algo que jamás había visto en casa, sumidos como estábamos en continuos lutos por parientes que, a veces, ni llegábamos a conocer, pero que se encadenaban unos con otros igual que una jaculatoria a la Virgen de la Violada.

 

Fijador de olor dulzón como el azúcar cubano que había impregnado su vida en el exilio, alguna cana rizada clareando las patillas y barba angulosa de impecable recorte. Ojos pequeños y siempre encendidos, cejas pobladas, nariz recta, igual que la espalda, aunque tuviera siempre a mano su bastón de caña dulce. Así era la estampa seductora de mi tío; una personalidad que, por exótica, muy pronto caló en el círculo de íntimos de la familia. Sólo años más tarde me enteré de que la pequeña de los Remartínez profesó en el convento de las Bernardas despechada por el primo Gaspar, que siempre le fue fiel a aquella morenaza de curvas de palmera y voz de miel que cantaba en un cabaret del Malecón.

 

Hasta padre pareció subyugarse a los encantos de ultramar del tío cubano. Supongo que en aquel cambio de actitud algo tuvieron que ver las tertulias nocturnas en torno a las botellas de ron de Camagüey que había traído consigo y aquellos cigarros que lo impregnaban todo con su aroma a mar y a palmera. En el fondo, y aunque papá lo negara por orgullo mal entendido, yo creo que llegaron a hacerse amigos; a pesar de que a mamá seguían haciéndole los ojos chiribitas cada vez que el primo Gaspar le regalaba alguna zalamería con acento de tres cubano. Se quedó con nosotros dos meses, el tiempo necesario para arreglar unos documentos con la importadora de azúcar. Así que aproveché para saciar mi curiosidad de mundo y viajar con el tío a Madrid un par de veces durante su estancia.

 

Me encantaba sentarme a su lado en el asiento de la izquierda y ver cómo guiaba por la carretera aquel coche inglés de largo morro y carrocería brillante que era la envidia de toda la ciudad. Me gustaba mirarle de reojo mientras él viajaba pendiente de la carretera, el volante y de que no se le apagase el habano con el que, indefectiblemente, tenían que comenzar todos los viajes. Era el momento en el que sólo hablaba yo, en aquella edad difícil en la que todos me veían como un niño todavía y uno trataba de demostrar que ya había cruzado esa frontera anhelada que te convierte en ciudadano del país de los adultos. Y mi tío me hacía sentir así: cuando callaba y me dejaba hablar; cuando sólo fumaba pendiente de la carretera y asintiendo con una media sonrisa a mi parloteo de ametralladora. Entonces entendía a mamá y esa admiración que sentía por su primo.

 

Cuando por fin el cansancio —o quizás la falta de saliva— me hacía callar, era su habla suave de finales arrastrados la que comenzaba a abrirse paso entre mi locuacidad. Me contaba historias de ultramar, de cómo marchó pobre con poco más de mi edad y de cómo se había convertido en indiano. El indiano: así le llamaban todos. Y él se reía cuando yo se lo contaba creyendo que era la mayor de las confidencias. El tío entonces me guiñaba un ojo, y correspondía a mi entrega confiándome sus amores con la negra Yvette, la morenaza de voz de miel que cantaba en un cabaret del Malecón. Y yo le miraba con ojos tan grandes como los de Yvette.

 

Y callaba sin atreverme a decir que no sabía lo que era el Malecón. A mitad de camino parábamos en la posta de Guadalajara. Nada más llegar, el tío pedía un ejemplar de El Progreso y, mientras comíamos, se dedicaba a leer y comentar en voz alta las noticias que llamaban su atención. Yo intentaba saciar mi curiosidad leyendo aquellos textos que alcanzaba a ver y que me llegaban de revés frente a mi tío. Siempre me acordaré de ella y del primo de Cuba de mi madre. En uno de aquellos viajes, hace ahora cincuenta años, traspasé por primera   conocía allí a uno de aquellos notables de retórica florida, con anteojos en la punta de la nariz, bigotito y corbata de lazo que golpeaba con ritmo frenético las teclas de un aparato que luego supe que se llamaba máquina de escribir.

 

E igual que él otros muchos. Me gustaba aquel sonido; aquella cadencia de trabajo y repiqueteo que me ganó para siempre. Aquel señor nos pasó a un despachito mientras charlaba animosamente con mi tío; pero ni siquiera hoy puedo decir de qué hablaron. Yo sólo miraba hipnotizado por la puerta entreabierta a aquéllos que habían quedado fuera tecleando palabras, las palabras que construyen frases, frases que hacen párrafos y párrafos que escriben historias. Ni sé el tiempo que pasamos en aquel periódico con olor a madera, tinta, papel y caliqueño. Sólo recuerdo que al traspasar la puerta de la calle y mirar el bullicio, miré fijamente a mi tío y le dije: Voy a ser periodista. Quizás, sin saberlo, fue en aquel momento cuando crucé esa frontera invisible que me hizo entrar en el país de los adultos. Desde aquel mismo día, y ya han pasado diez lustros, no ha habido uno solo que no haya hecho mi oficio de la lectura de un periódico —y algo más—. Siempre me acordaré de ella porque la trajo a casa mi tío de Cuba el día antes de su partida. Llegó entre perifollos en su coche inglés que, a pesar del tiempo transcurrido, seguía llamando la atención en la ciudad. El primo Gaspar entró con ella en brazos al despacho de papá, con aire solemne, como el que va a anunciar un compromiso.

 

No esperaba aquello, la verdad. Yo estaba allí, ajeno a todo, leyendo como cada día a esa hora desde mi viaje a Madrid, las páginas de La Correspondencia; enfrascado en una nota de sociedad de no sé qué banderillero o no sé qué canzonetista. ¿Tú vas a ser periodista, no? Me preguntó mi tío muy serio. Fue asentir con sorprendido laconismo y verla salir de la caja.

La llevaba en brazos mi tío de Cuba, como a una novia guapa y ligera. Siempre me acordaré de ella; de su voz cantarina al llegar el fin de línea; de su tos ronca al cargar el papel; de su martilleo de letras que van y vienen... Siempre me acordaré de mi primera máquina de escribir; de la que llenó las primeras cuartillas, de la que me llevó al primer periódico. Han pasado casi cincuenta años, pero siempre me acordaré de ella.

 

 

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