Recital de narrativa "SéBreve"

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CAMBIO DE HORA

© PILAR MARTÍNEZ

Cuando toda su familia pensaba en atrasar una hora los relojes, él había decidido adelantar siete.

Raimundo Constante, como su padre, relojero y logroñés de nacimiento, solía levantarse a las siete menos cuarto y siempre desayunaba un tazón de café con leche y siete galletas integrales. Se aseaba despacio, en un rito minucioso de arriba abajo: cabello, ojos, cara, cuello, axilas, pecho, espalda, ingles, piernas, pies. Mientras se afeitaba, examinaba su foto en el espejo y aseveraba: Todo va bien. A continuación, camuflaba su cuerpo torneado bajo una camisa clara y un pantalón gris, que apenas asomaban debajo del batín anudado como un kimono. Le gustaba trabajar así, se sentía cómodo y abrigado en la trastienda. Antes de salir de casa, se lavaba los dientes, cepillando con afán las cuatro secciones de la boca, contando mentalmente hasta sesenta, para asegurarse de que lo había hecho bien. Luego, se limpiaba la lengua, se enjuagaba y hacía gárgaras. Empleaba en el proceso normalmente diecisiete minutos. Si le quedaba tiempo, hacía sudokus.

A las ocho menos cuarto, se despedía de su madre con un beso en la mejilla y recibía, aún caliente, el bocadillo de tortilla de chistorra, que escondía avergonzado en el bolsillo. A sus cuarenta y tres años, todavía vivía con sus padres y sus escasas habilidades culinarias se las agradecía al microondas.

           

 -Adiós, mamá, recuerda que hoy es viernes y no vendré a comer. Me voy con los del fútbol, ya sabes...

-Pero no comas porquerías, hijo mío, y dale recuerdos al sobrino de la Miguela.

 No lo sabía la pobre mujer, pero a su hijo nunca le había gustado el fútbol ni nada parecido. De pequeño, en unos campamentos había descubierto el kárate, y a sus padres les pareció una tontería. Además, querían que el chico despuntara en el Logroñés infantil, igual que sus primos. Por eso se vio obligado a jugar un partido todos los domingos de su vida, como una penitencia, ante la mirada perenne de amigos y familiares, que acudían de propio a verle en invierno y en verano. Y hasta cumplir los treinta, no tuvo el valor de apuntarse a un gimnasio. Iba los viernes a mediodía. Ya había conseguido el cinturón negro y le faltaba muy poco para el segundo “dan”.

Otra cosa que su madre ignoraba era dónde iba su hijo los primeros sábados de cada mes, cuando le decía que se marchaba de juerga con los quintos del pueblo. Y era por no disgustarla. No había ninguna maldad en ir a cenar al chino del paseo Rosales, pero como la abuela siempre estaba diciendo que si ponían gato, que si esos no saben comer...Raimundo consideraba a los propietarios de El jardín del sol naciente, como a su otra familia. Eran casi veinte años de amistad y confidencias, de intercambios culturales y aficiones. Allí se relajaba y se reía tanto que a veces se le olvidaba hasta la hora que era.

A las ocho, cero, cero, subía la persiana de la relojería más emblemática de la ciudad y, mientras esperaba a que llegara su hermana  para abrir, se dedicaba a organizar los encargos pendientes, con absoluta pulcritud. A las nueve en punto Sole atendía la tienda y Raimundo se enclaustraba en su zulo de tres por dos, engullido por cientos de  tic-tacs, escudriñando la ciencia de la vida a través de una lupa más gruesa que los tacones de sus zapatos, que lucían impecables, por falta de uso.

Se ponía la radio para amortiguar en parte el martilleo de los incesantes segundos que iban pasando día tras día, año tras año, recordándole todo lo que no podía ver, lo que no podía tener, lo que no podía sentir. Lo primero que solía hacer era ajustar los husos horarios internacionales en los cinco enormes relojes que ondeaban su minúsculo y eterno horizonte. Luego repasaba una a una las fotos de su corchera y se lamentaba de haber cortado con su novia de toda la vida, aunque hubieran pasado ya siete años de aquello. Y respiraba hondo, como si soñara. Después, transcurría la jornada perfecta, con el trajín ordinario, sin sobresaltos ni asperezas. Esta era su vida y así había sido siempre.

 Pero quedaba solo una semana y la tele lo había dicho bien claro, los periódicos también lo anunciaban. Iban a cambiar la hora y  presentía que en casa se iban a dar cuenta. Algo inesperado podía fallar y echar al traste sus planes.

Como llega el segundero al minutero, llegó el sábado, y Raimundo Constante salió de casa con una discreta bolsa en la mano. Se despidió con lágrimas de sus amigos del restaurante chino y se dirigió al aeropuerto. Los primeros sábados de mes, Sole se ocupaba de todo, para dejarle al chico el fin de semana libre. La madre iba al mercado, limpiaba la casa. El padre se distraía en un huertecillo que tenían los vecinos.

Y cayó la noche. En casa de los Constante era un acontecimiento el cambio de la hora. Se celebraba con precisión y alborozo. Se cenaba en el salón con la vajilla buena.

Sonó el teléfono. Se oía raro. Parecían aviones.

 -Padre, es la una de la madrugada, las doce de ayer.

 -Sí, hijo, lo sé. ¡Qué haces que no vienes! Te estamos esperando.

-Padre, son las ocho en Hong- Kong.

 Era él, el hijo, el elegido para dar cuerda a un futuro que se estaba volviendo digital, el hermano misterioso que se refugiaba en los ordenadores, el vecino de nadie, el hombre sin nombre, el exnovio, exfutbolista, excoleccionista de revistas de viaje; un europeo despistado en la vorágine asiática, que se  aferraba a un papel cuadriculado, escrito en letras minúsculas: liuyinting@hotmail.es

 Por fin, Raimundo Constante, natural de Logroño, aficionado a las artes marciales y a la electrónica, a sus cuarenta y tres años de edad, en un movimiento suave y certero, pudo deshacerse silenciosamente de su reloj.

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EL ATENIENSE

La ciudad se desnuda para acostarse y el otoño se impone en los cuellos subidos de las cazadoras. Vamos sentados, con las manos palpando en los bolsillos un chicle, una moneda, el móvil, cualquier botón que nos apague la existencia hasta mañana.

El autobús galopa, y toma las curvas deprisa, para devolvernos, por fin, de nuevo, a casa. Un frenazo, de pronto. El rojo lo señala. Sobre el asfalto desierto, un hombrecillo hace footing. Viste pantalón corto y camiseta.

Todo blanco, ligero y decidido, recorre la calzada y la atraviesa. Echando un pulso al tiempo, pone a tono su cuerpo ya maduro y renace, el ateniense del siglo XXI.

Desde la ventanilla, los pasajeros sentimos su calor y sus motivos, y nos desenrollamos las bufandas, a la vez que ampliamos la sonrisa. Algunos nos despegamos veloces del asiento y nos apresuramos a tocar el timbre, un disparo de salida, para poder bajar al mundo y volar, como él.

Queremos despojarnos del abrigo y del miedo, arrojar las agendas y correr.

Necesitamos prender esta noche una antorcha con la vida que nos queda, encender la osadía, y agotar la ternura.

¡Y así despertaremos, cuando todos duerman, con  el aire inconfundible de la juventud!     

 

 

 

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