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PATAPALO
©
ANA JOYANES ROMO
Esconde la pierna
ortopédica bajo el pantalón oscuro.
Sentado en un
taburete alto, controla todos los movimientos del
local.
A veces se dirige a
la camarera, que circula de un lado a otro de la
barra con abulia mal disimulada, a veces parece
interesarse por la televisión que domina el espacio,
otras escucha la conversación de los clientes que
ocupan la barra codo con codo, alineados, los
perfiles en perfecta línea oblicua.
Conserva el gorro de
lana negra calado porque el viento del Mar del Norte
lo persiguió a lo largo de todas las costas y se le
metió en los sentidos, helándole los sentimientos.
Fuma, indolente, y
traga humo y despecho. Y la pierna ausente le quema
con recuerdos de alquitrán hirviente y agotamiento.
Mira al frente,
siempre al frente, nada de lo que pueda suceder en
la calle, más allá del televisor y la pecera de la
lotería, le interesa. Tampoco lo que sucede a este
lado, en realidad.
Hurga en el bolsillo
de la chaqueta, bien abotonada, no sea que el frío
regrese, y desliza las monedas entre los dedos,
miserables restos de la fortuna que pudo hacer y no
hizo, que resbaló de sus manos esa tarde en la
plataforma, entre gritos y llamaradas.
El ruido de las
explosiones en su memoria puede más que el zumbido
amorfo que le rodea; el olor del café, que se
transforma en azufre y metano, no le dejaría tregua
de no ser por...
La camarera flaca
limpia los cercos que han dejado vasos y tazas en el
mostrador y roza su mano con la bayeta, distraída.
Mira su culo magro
mientras se aleja hacia la cafetera y hace un gesto
vago al extranjero de la coleta para que sepa que no
se ha olvidado de su cortado, y Patapalo siente algo
parecido a la decepción por tan pocas nalgas en su
horizonte.
Recoloca el gorro
negro sobre las cejas, enciende otro cigarrillo, le
ofrece uno al clown triste que se sienta junto a él
y, por un momento, se siente en tierra firme.
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