|
OLOR A MAR
©
INMA VINUESA SUÁREZ
Un
buen rincón donde la brisa del mar me refresque la
cara, un lugar donde el horizonte no se termine
nunca, un sitio donde cada amanecer y anochecer sea
irrepetible y la caña de pescar entre mis manos. No
hace falta nada más.
Coger la carnada y ensartarla en el anzuelo suele
ser la tarea más espinosa, la que hace desistir a la
inmensa mayoría de aficionados. Pero a mí me gusta,
intento ponerla de una forma atractiva, con decisión
y buen tino, para que no se deshaga en la primera
mordida, para que la pieza que se acerque insista y
me haga gozar con cada picada. El placer de
deleitarme con el paisaje sólo puede incrementarse
con el momento de la lucha entre la posible presa y
mis manos.
Pero la tarde, que puede durar horas, no quiebra si
no se acerca ni un solo pez. La cantidad de
pensamientos que pueden navegar por mi cabeza, en
esos momentos de soledad, son tan diferentes que las
neuronas se despiertan, estimulan mi mente y siento
como aumenta mi espíritu, mi fuerza y mis energías
para los días venideros.
Incluso consigo solucionar conflictos que no tienen
explicación ni sentido, logro variar la perspectiva
del que habla por la del que escucha, logro
suplantar personalidades para intuir pensamientos
ajenos, miro con los ojos de la inmensidad del mar
donde todo tiene cabida, todo flota y se aleja con
la dirección de la marea.
El
olor en ocasiones me hace cerrar los ojos, no es que
quiera dejar de ver la belleza de lo puro, sino que
quiero que lo puro entre con la belleza de la
sensación más intensa. El mar desprende un olor que
embauca, que seduce, que aturde. El mar renueva el
alma viciada y consigue llevarme al olvido de lo
humano.
A
veces ni me muevo, procuro que los pies queden
sumergidos, que reciban la caricia de las olas, que
se refresquen y se activen los circuitos. Así me
siento parte del paisaje, como una roca bizarra que
ha sido golpeada y tallada por las olas.
Por
momentos, los brazos se adormecen por el peso del
carrete, lo hago descansar entre mis piernas y
prolongo mi cuerpo pegado a la caña, volviéndome
alta. Miro la punta roja cómo vibra y sueño que
consigo ver más allá del abismo de lo infinito.
Cuando el atardecer le da paso a la noche, todo se
oscurece y la sensación de estar engullido por un
ser inmenso es desoladora. Pero si logras
concentrarte en el sonido que emerge de la oscuridad
y te acomodas a la penumbra de la luna, todo
adquiere una magnitud sublime.
Ese
sonido, cuya intensidad ondula, me acuna
protegiéndome como una madre de cuerpo cálido, la
nana que no cesa se convierte en la savia, en la
melodía de la vida.
Coloco el soporte de mi caña a mi lado y me tumbo en
la orilla mirando al cielo. Me contagio de las
diferentes formas, me solapo con las estrellas y me
voy hundiendo en la arena sintiendo la fricción de
los diminutos granos. Y así espero al nuevo
amanecer, nerviosa por la emoción del renacer de los
colores del universo. Rojos, amarillos, azules
degradados, blancos que matizan el esplendor del
día. Los barcos alteran la integridad del horizonte
y se esparcen moteando el azul del mar.
Recojo mi caña, me sumerjo en las primeras aguas del
día, me despido de mi verdadera esencia y me visto
con el traje de la persona mundana que soy.
|