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MI ROBOT
©
DÁCIL MARTÍN
Desperté y las lucecillas
verdes de sus ojos desencadenaron en mí un
alegre impulso por saltar de la cama y
sucumbir a las tareas que, a partir de
entonces, eran encomendadas para ambos.
Cualquier movimiento que hiciese, su
cuerpo articulado giraba graciosamente en
pos mía acechando mis pasos y mi sombra.
Nuestro trabajo consistía en verificar la existencia
de especies vegetales o animales que habían sido
previamente localizadas por los grandes
observatorios cósmicos. Aquella vez teníamos la
misión de encontrar a una población de saltamontes.
El pequeño animal habitaba en una isla remota de un
inmenso océano, y situada al soco de los feroces
vientos del aquel invierno del año 2238.
Mi
compañero robot tenía que encargarse de ajustar las
coordenadas del lugar, y yo in situ, de buscar al
insecto tan singular. Según la información de la que
partíamos, el saltamontes estaba provisto de un
extraordinario sistema de amortiguación en sus patas
que le permitía salvar grandes distancias y caer de
nuevo al suelo con un mínimo impacto y gasto de
energía. El animal era considerado una valiosa
máquina viva e interesante de biomimetizar por los
diseñadores de artefactos para las misiones de
difícil acceso a territorios o de todos los
planetas.
La
nave sobrevoló la isla y se posó cuidadosamente. Un
riachuelo de aguas claras corría despacio. Plantas
silvestres y espigadas gramíneas eran batidas por el
viento formando mareas doradas que erizaban la
inmensa llanura. Mi robot suspendido a un metro del
suelo comenzó a rastrear y a marcar la orografía del
terreno, mientras que yo pisaba tierra y
experimentaba una agradable sensación. Anduve varias
horas inspeccionando praderas y valles sin encontrar
a ningún pequeño saltamontes que me invitara a
seguir su vuelo. Habían pasado pocos días desde la
detección de los bichos por parte del radar más
sostificado del planeta.
Abandoné entonces las zonas más altas de la isla y
me dirigí a la costa. Imensas olas blancas embestían
con dureza a los acantilados. Observaba fascinado el
espectacular paisaje cuando una sombra voló rápido
hasta perderse en un desfiladero. Ordené a mi robot
que se abstuviera de acompañarme, y escalé hasta ese
lado de la costa donde me pareció verla desaparecer.
En una amplia playa de arenas negras, y sobre una
rocalla, descubrí a una grandísima ave devorando a
su presa. Intenté darme la vuelta con cuidado cuando
tropecé con unas patas gigantes de un insecto
saltador, más bien parecido a un saltamontes. Poco
tardé, tal vez milésimas de un segundo, en deducir
que nos habíamos equivocado de planeta.
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