Recital de narrativa "SéBreve"

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INFORTUNIO DE LA NOCHE

© BEATRIU C. DURANY
 

Me levanté con una sensación de pesadez dentro en mi cabeza. Como si los pensamientos estuvieran empapados por esa lluvia pesada y pegadiza, que hace que la ropa se cosa a la piel siendo una. Dejé tras de mí las sabanas ya quebradas de la noche, que amenazaba con morir tras cada paso que hacía. Mis ojos despertaban, admirando el amanecer que se dibujaba tras el cristal de la ventana. Y respiré hondo, muy hondo, en un intento de averiguar, si mi corazón seguía latiendo tras la noche de infortunio. Decidí abandonarlo a la soledad de la habitación, deseando que siguiera durmiendo y despertara de la noche, siendo esta la última.

Deseaba gozar en mi soledad, de ése amanecer en lienzo que emergía tras el cristal. Sentí el frio mármol sobre mi piel y admití, por fin, que estaba despierta, y que había abandonado cualquier resquicio de la noche. Abrí la ventana de la cocina y dejé que la brisa fresca y húmeda del amanecer, me dieran la oportunidad de empezar de nuevo. Sin más recuerdo, que este amanecer sereno y apacible, mostrándose ante mí, soberbio.

Me bebí el café frío y amargo del ayer, de pie, con la taza entre las manos acunando esos instantes propios, y admirando el hechicero y hermoso lienzo que la madrugada había pintado frente a mí, durante la noche de infortunio. Lo saboreé, en busca de ése dulzor amargo que tanto me gusta encontrar en el café sólo, y sin azúcar. Sin la necesidad de brindar a mis dedos el baile de la cucharilla. Aunque, si he de ser sincera, me gusta esa sensación entre mis dedos. Y he de admitir, que en lo cotidiano de mi vida, mis dedos bailan.

Sentir ése silencio sonoro y húmedo que cruzaba la ventana sin acertijos ni pausas, hizo que mis labios sonrieran sin apenas esfuerzo. Sentí mi piel tersa, suave, con el leve aroma al rocío de la madrugada.

Y cuando el sol, ya poseía el amanecer, tu respirar tosco y arrogante, me recordó la noche. Y ahí estabas tú, de pie y vistiendo esos calzoncillos horrendos. Reafirmo que jamás me gustaron. Pero a tu madre sí, verdad, ella te los compró, pero está claro que no cayó en la cuenta que era yo quien tenía que verlos encajando en tu cuerpo, o quizás, fue eso que la motivo a realizar tan exquisita compra. En fin, qué más da.

Sigues rascándote donde la mayoría de los hombres hacéis sin ningún pudor. Observo tu mano, la misma que horas antes y por última vez, acariciaba mi cuerpo desnudo y moribundo sobre una cama ya desconocida en mis recuerdos, y siendo mi piel callada y distante.

Juro que lo intenté. Intente encontrar el camino de antaño, y me di cuenta que jamás hubo tal camino. Revisé tu cuerpo de arriba abajo para encontrarte entre mis recuerdos. Cuando tus ojos me miraban, cuando tu nariz olfateaba mis aromas y tu boca me devoraba, o tus labios me besaban. Cuando tu torso oprimía el mío, o tu sexo enfurecía al mío, y tus piernas trenzaban las mías, y éramos uno. Pero no recordé, y nada despertó en mi, emoción alguna.

Y no, no sentí tu mirada moldeando mi cuerpo, ni a tu nariz olfateándome, ni a tu boca devorándome, y tus labios, sé que jamás me besaron. Tu torso no oprimió el mío, y tu sexo jamás realizó tal enviste, tus piernas no trenzaron las mías…

Me bebí el café frío y amargo del ayer, con la taza entre mis manos, acunando esos instantes propios, y admirando el hechicero y hermoso lienzo, que la madrugada había pintado frente a mí, durante la noche de infortunio.

 

 

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