Me levanté con una
sensación de pesadez dentro en mi cabeza. Como si los
pensamientos estuvieran empapados por esa lluvia
pesada y pegadiza, que hace que la ropa se cosa a la
piel siendo una. Dejé tras de mí las sabanas ya
quebradas de la noche, que amenazaba con morir tras
cada paso que hacía. Mis ojos despertaban, admirando
el amanecer que se dibujaba tras el cristal de la
ventana. Y respiré hondo, muy hondo, en un intento de
averiguar, si mi corazón seguía latiendo tras la
noche de infortunio. Decidí abandonarlo a la soledad
de la habitación, deseando que siguiera durmiendo y
despertara de la noche, siendo esta la última.
Deseaba gozar en mi soledad, de ése amanecer en lienzo que emergía tras
el cristal. Sentí el frio mármol sobre mi piel y admití, por fin, que
estaba despierta, y que había abandonado cualquier resquicio de la
noche. Abrí la ventana de la cocina y dejé que la brisa fresca y húmeda
del amanecer, me dieran la oportunidad de empezar de nuevo. Sin más
recuerdo, que este amanecer sereno y apacible, mostrándose ante mí,
soberbio.
Me
bebí el café frío y amargo del ayer, de pie, con la taza entre las manos
acunando esos instantes propios, y admirando el hechicero y hermoso
lienzo que la madrugada había pintado frente a mí, durante la noche de
infortunio. Lo saboreé, en busca de ése dulzor amargo que tanto me gusta
encontrar en el café sólo, y sin azúcar. Sin la necesidad de brindar a
mis dedos el baile de la cucharilla. Aunque, si he de ser sincera, me
gusta esa sensación entre mis dedos. Y he de admitir, que en lo
cotidiano de mi vida, mis dedos bailan.
Sentir
ése silencio sonoro y húmedo que cruzaba la ventana sin acertijos ni
pausas, hizo que mis labios sonrieran sin apenas esfuerzo. Sentí mi piel
tersa, suave, con el leve aroma al rocío de la madrugada.
Y
cuando el sol, ya poseía el amanecer, tu respirar tosco y arrogante, me
recordó la noche. Y ahí estabas tú, de pie y vistiendo esos calzoncillos
horrendos. Reafirmo que jamás me gustaron. Pero a tu madre sí, verdad,
ella te los compró, pero está claro que no cayó en la cuenta que era yo
quien tenía que verlos encajando en tu cuerpo, o quizás, fue eso que la
motivo a realizar tan exquisita compra. En fin, qué más da.
Sigues
rascándote donde la mayoría de los hombres hacéis sin ningún pudor.
Observo tu mano, la misma que horas antes y por última vez, acariciaba
mi cuerpo desnudo y moribundo sobre una cama ya desconocida en mis
recuerdos, y siendo mi piel callada y distante.
Juro
que lo intenté. Intente encontrar el camino de antaño, y me di cuenta
que jamás hubo tal camino. Revisé tu cuerpo de arriba abajo para
encontrarte entre mis recuerdos. Cuando tus ojos me miraban, cuando tu
nariz olfateaba mis aromas y tu boca me devoraba, o tus labios me
besaban. Cuando tu torso oprimía el mío, o tu sexo enfurecía al mío, y
tus piernas trenzaban las mías, y éramos uno. Pero no recordé, y nada
despertó en mi, emoción alguna.
Y no,
no sentí tu mirada moldeando mi cuerpo, ni a tu nariz olfateándome, ni a
tu boca devorándome, y tus labios, sé que jamás me besaron. Tu torso no
oprimió el mío, y tu sexo jamás realizó tal enviste, tus piernas no
trenzaron las mías…
Me
bebí el café frío y amargo del ayer, con la taza entre mis manos,
acunando esos instantes propios, y admirando el hechicero y hermoso
lienzo, que la madrugada había pintado frente a mí, durante la noche de
infortunio.