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NOME OLVIDES
©
MARCOS ALONSO
La
rutina toma a veces formas muy caprichosas, casi siempre se muestra
encorvada sobre una barra y la mirada perdida en el fondo de un vaso;
entonces, tus aliados se convierten en mercenarios, que oyen tus quejas
sin llevarte la contraria, mientras te envenenan con tu consentimiento,
como si practicaran la eutanasia todos los días. Y tú, como un imbécil,
porque lo eres, te conviertes en el centro del mundo, desesperadamente
desgraciado. Miope ante el infortunio ajeno, te miras ante el espejo,
como intentando reconocerte, casi esperando que la imagen reflejada te
dirija la palabra y responda a tus dudas existenciales. Deseas que la
suerte cambie, pero no la esperas, y, cuando surge en forma de mujer, no
te lo puedes creer. “Es imposible…”, piensas, a medida que tu rostro se
sincera y se transparenta, adoptando la imbecilidad como referente
estético.
¿A quién no
le ha pasado? Quiero decir: a mí me ha
pasado. Surjo del Inframundo hasta el
Olimpo para convertirme en un dios,
embriagado por el vértigo que me sacude
para luego despertar en medio de una
realidad que parece un sueño. Es entonces
cuando ella me mira, a la vez que,
incrédulo, pretendo ignorarla, como si no
la viera, como si fuera el único ciego de
aquel bar, como si no hubiese escuchado el
silencio que rasga el aire a su paso,
como si mis pulmones no ardiesen al
respirar su perfume o su taconeo no me
perforase el alma. Siento su presencia, su
larga y lisa cabellera, que cae por su
espalda semidesnuda, acariciando mis
brazos, cómo el brillo besa la morenez de
su piel, y transpiran gotas de sudor, como
un oasis, refugio de mi sed desesperada.
Cómplice de la mirada escudriño sus
formas, envueltas en la oscuridad del pub,
describiendo movimientos sensuales al
ritmo de la música. Sus manos me tocan
suavemente y, sin querer, se posan en mi
espalda, una y otra vez, sujetándose sin
dejar de moverse. Finalmente me giro y la
encuentro frente a mí. Sus ojos negros me
fulminan y su sonrisa me hace prisionero
sin condiciones. Y, sin decirle nada,
comienzo a moverme como un muñeco frente a
ella, Me muevo como un títere
boquiabierto, mirando su escote que, a la
deriva, se aproxima hacia mi, para anclar
sus pezones sobre mi pecho, mientras me
rodea con sus brazos por la cintura y me
susurra al oído con acento balcánico: “No
me olvides…” Con su mirada descarada y una
mueca en sus labios me despide, haciéndome
naufragar en lo más profundo del océano.
Abstraído en mis pensamientos, finalmente,
soy rescatado por la voz del camarero,
“cuarenta euros, por favor”. Aún
confundido y sin rechistar, busco la
cartera en el bolsillo trasero del
pantalón, “¡Joder, la cartera!”.
Es verdad, nunca la
he podido olvidar.
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