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MADRE SELVA
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CARLOS AGORRETA GALVE
Miro hacia atrás. La visión del valle es espléndida.
Un río de aguas de plata lo va recorriendo, jugando
con las rocas, a las que besa húmedo suavizando sus
contornos y, con alegres saltos va salvando
desniveles, formando pozas en el fondo horadado.
Chopos y arbustos van marcando su recorrido, donde
la vida se percibe entre el verde follaje.
Allá abajo, el pequeño pueblo, con sus edificios de
piedra recogidos sobre una loma y algunas chimeneas
humeantes. Sobresaliendo de entre los tejados de
pizarra, el campanario de la iglesia románica.
Por la sorprendente carretera, un coche azul se va
alejando.
Al frente, un bosque de pinos y hayas cubre las
laderas de la montaña, hasta las cumbres pétreas que
se proyectan al cielo, con sus cúspides blancas de
nieves perpetuas.
Cerca de mí, en las praderas, las vacas pacen y
sestean.
Todo un bucólico paisaje, magnificado por la intensa
luz de una mañana despejada.
Me recreo en esta maravilla, y prosigo mi ascensión
hacia las ruinas del castillo.
Hace calor, mucho calor. Los insectos no dejan de
molestarme. Comienzo a sentir cansancio, pero las
murallas en parte abatidas por los años, me motivan
a seguir adelante. Este último tramo es el más
dificultoso, la pendiente casi adquiere la
verticalidad. Empiezo a trepar, buscando apoyo en
las piedras aparentemente bien asentadas y asiéndome
a pequeños matorrales. Casi he llegado a la base del
castillo, pero siento como cede la piedra en que me
apoyo. Me deslizo hasta que mis manos se aferran a
unos arbustos. Busco un asiento lo suficientemente
consolidado para mis pies y pego mi cuerpo a la
montaña. El corazón me está latiendo acelerado.
Estoy en tensión. Miro hacia abajo, la caída podía
haber tenido fatales consecuencias, pero estoy
viendo algo extraño. Un bulto blanco que no logro
distinguir, está subiendo hacia mí. Es un perro, un
gran perro blanco, que está recortando la distancia
que nos separa con rapidez. Estoy perplejo y tengo
miedo. Se para, me mira y su mirada se cruza con la
mía. El gesto hostil y sus ojos inyectados en sangre
me aterran. Siento que soy su presa.
He de llegar hasta el castillo y buscar alguna
defensa. Trepo con toda la rapidez de la que soy
capaz y sin tener precaución en el ascenso, llego
hasta la base de la muralla.
Se ha acercado mucho, a unos metros, la pared esta
derruida, tengo que correr y meterme por allí. El
cansancio es intenso, el pecho va a explotarme. Ya
estoy dentro, ante mí, un sendero de piedra entre la
vegetación conduce a un torreón. Corro hasta él, a
mi espalda estoy notando el jadear del animal. El
acceso está libre y me encuentro en el descansillo
de una escalera. Dudo entre subir o bajar. Subo, la
escalera es muy estrecha y tengo que hacerlo de
lado. El animal está muy cerca y el terror se está
intensificando. Llego a una sala con el suelo
sembrado de huesos. Busco una salida, la encuentro y
sigo subiendo. Agotado, con el último aliento, llego
al final, y allí frente a mí, el perro. Con el pelo
en su lomo erizado, gruñendo, mostrando su dentadura
letal, me está mirando y se acerca despacio. Voy
hacia atrás, consciente del precipicio a mi espalda.
Salta hacia mí. Estoy cayendo al vacío…
-¡Juan, Juan, venga despierta, que llegas tarde al
colegio!
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