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Semblanza de José Antonio Prades En Zaragoza, enero de 2010
Nací en marzo, todavía en invierno, aunque a tiro cercano de la primavera, el día 9, en el primer año de la década revolucionaria, 1961 (aclaro: al no existir el año 0, las decenas redondeadas no forman parte de su propio grupo, sino del anterior. Oh). Mi padre era dependiente de una carnicería, y mi madre, modista retirada del oficio por su matrimonio, ambos huérfanos de padre casi a la misma edad, en la adolescencia, época en la que comenzaron su relación como novios. Soy el hijo mayor de tres y mis hermanos son María José, un año menor, y Andrés, cuatro años y medio menor. Ejerzo como español, aragonés y zaragozano, de los que vinimos al mundo en un macrohospital que se llama Miguel Servet en honor al famoso aragonés librepensador. Casualmente, mis padres vivían en la calle Miguel Servet, número 91, en esos momentos, aunque en la otra punta de la ciudad, en el barrio de Montemolín, en un bajo con un gran corral en la trasera y el local de la carnicería en la delantera. Y el barrio de Montemolín se convirtió en ese idílico escenario que adorna las infancias de los niños sensibles a su crecimiento… Se convirtió en el Macondo privado que arropó a mis fantasmas y fantasías.. Estudié maternales durante dos años con las hermanitas de Santa Ana en su colegio de la calle Numancia. Allí tuve mi primera novia y mi primera pelea por un amor que no quería compartir. Ella se llamaba Mariasun, y era morena. A mi rival se le conocía por su apellido: el Galisteo. Después de esas peleas, no me servía ser un chico listo en los estudios para librarme de los castigos de rodillas cara a la pared… aunque la hermana Teresa, llena de pecas, me apartaba algunas veces hacia el piso de arriba para enseñarme cuentos ilustrados. Empezaba a ser parte de mi territorio infantil la plaza de Utrillas, configurada por una estación abandonada, dos largos edificios, un pretil de piedra y un hexágono repleto de árboles y baldosas con hierbajos en los ribetes… Las gárgolas vigilantes de la entrada me impresionaban. Para cursar Párvulos (1966), me mudé a La Salle Montemolín, situado en los principios del barrio, casi en la plaza de San Miguel, a tal distancia de mi domicilio que a veces tomábamos el tranvía para llegar hasta sus puertas, la línea 5. En aquel entonces comencé a disfrutar de cierta autonomía por la manzana limitada por las calles del Sol, Belchite, Higuera (Tomás) y Miguel Servet. Mis amigos José Julián y Juan Antonio compartían aquellas aventuras que culminaban en el kiosco de la Pilarín, comprando cromos, o caramelos, o algún tebeo de Bruguera (Tiovivo, Pulgarcito, DDT..), mientras nos miraba con ternura alguna señora que iba a cambiar las novelas de Marcial Lafuente Estefanía para su marido, o de Corín Tellado para ella. Mi tía Pili me regaló “Un capitán de quince años” cuando yo tenía nueve… y me trajo la afición por Julio Verne. Mi tía Paca trajo en su bolso dos libros: uno de los cinco pesquisidores y otro de los siete secretos, ambos de Enyd Blyton, suficientemente atractivos para luego comprar más y más con la misma firma. Añadí a mis aventuras grandes relatos que editaba también Bruguera, con un página de tebeo, a modo de resumen, cada cuatro de letra algo pequeña… “Robinson Crusoe”, “Mujercitas”, “Las aventuras de Gulliver”, “La Flecha Negra”… Emilio Salgari y Sandokán, Karl May y Sitting Bull, Robert Stevenson y Tom Sawyer (también Huckleberry Finn)… Mis padres se hicieron socios del Círculo de Lectores y recibimos el Rey y la Reina de madera como sujetalibros que luego reconocí en tantas y tantas casas… Así recuerdo: “Maravillas de mundo”, “Cien obras maestras de la pintura”, “Proyecto Apolo”, “Grandes acontecimientos de nuestra historia”… Y por tomar una fecha de referencia para el cambio de ciclo, me voy a la caída de la Dictadura (1975), que me encontró con 14 años. Hasta entonces deambulé como un infante soñado, que leía hasta los prospectos de los medicamentos, según mi madre, que quería jugar al fútbol y que empezaba sus experiencias literarias en una revista colegial, llamada La Tortuga por los retrasos en su salida a la luz en cada número. En sexto de EGB, en la clase de Literatura, escribí en versos pareados un resumen que nos pidió el profesor sobre el Cantar del Mío Cid. Es mi primera toma de consciencia literaria. La segunda ya llegó a los quince, en primero de BUP y escrita en clase de Francés, mientras un pesado profesor nos leía algún pasaje de “Le petit prince”. Se tituló “A ella” y surgió como respuesta a una poesía titulada “A él”, que escribió un amiga, Cristina. No se la di a ella, la chica no me gustaba mucho, pero la escribí en formato reducido, la metí en mi cartera junto a una foto de mi padre vestido de torero, y me servía para ligar (o eso creía yo). Mis amigos siempre se metieron conmigo por esos objetos que en cualquier momento enseñaba pretencioso con el deseo de despertar admiración. La transición a la democracia me llegaba a oleadas de información que aún me costaba entender y que, ya en línea casi literaria (tenía mi cuaderno personal lleno de poesías y reflexiones), observaba con asombro e interés intermitentes. Iban los amores de chicas llenando huecos, unas veces más que otros para inspirar las composiciones en ese cuaderno que aún conservo como un documento adolescente de súbitos enfrentamientos con la vida. En 1977, escribiendo en prosa poética sobre las agresiones a la Madre Naturaleza, gané mi primer premio literario, 1000 pesetas en libros que nunca cobré. Quizá por ello aún me creí más futbolista que escritor… Con la inspiración de mi primera novia de verdad, a las puertas del cierre sentimental que ella provocó, se gestó, a fines de 1981, mi primer relato largo, de 10 páginas, escrito en una máquina Olivetti Lettera que me prestó mi tío Julián, y que luego repetí en la mía, de la misma marca, aunque portátil y de letra más sencilla, modelo Dora. Meses después, acepté la tentación del éxito y presenté ese relato, “Rosa Roja”, al premio Santa Isabel de Portugal. Como no gané, la soberbia juvenil me hizo despotricar contra todos y cada uno de los miembros del Jurado. Oh, vanidad. Además, en todo este período, logré jugar al fútbol (motivo de una novela autobiográfica en la madurez) como un chico promesa que buscaba más la afirmación de la personalidad que la práctica de un deporte de masas. Hasta los 28 (1989), llené mis años con un matrimonio poco más tarde roto, dos hijos maravillosos, Raúl y David, una veintena de cuentos y algún poema que me daban certeza de mi vocación literaria. Más relleno tuve con un trabajo aburrido, universidad tardía, militancia y cargo sindical, fútbol… En ese año, una propuesta incumplida para publicar una novela por entregas en una revista, gestó mi primera obra larga: “El embrujo de una rubia platino”, lo que me dio confirmación de que podría llamarme escritor algún día venidero. En la crisis de los treinta, sin pareja sentimental, acabados los sueños futbolísticos, y contactando con grupos de influencia espiritual, me dominaron los deseos de trabajar en los “Cuentos de Luz”, obra publicada cuatro años después en el Nuevo Mundo con una editorial despreocupada y una estafa del distribuidor. Incluí en ellos mi primer relato, Rosa Roja, y la edición me costó un ojo de la cara. Concretamente, el nuevo mundo se localizó para mí en Buenos Aires, donde, a los treinta y dos años, comencé una nueva etapa profesional, fructífera, con cambio de especialidad y repleta de retos, ya acompañado por Esther, mi musa desde un tiempo antes de aceptar temerariamente aquella oferta para cruzar el océano. En el primer viaje intercontinental, volé para vivir en la lejanía durante tres meses, en los cuales se gestó el regreso literario a mis orígenes con “Fábulas de Montemolín”, varios de sus relatos escritos sobre las mesas de mármol del Café Tortoni o en la habitación 619 del Hotel Continental, que incluían mis recuerdos de chico en el barrio conjugándolos con gotas de fantasía y pinceladas de ternura (consecuencias de la añoranza, qué fructífero sentimiento). Después de esos meses, la aventura argentina se prolongó por más de cinco años, época de crecimientos, época de grandes sueños, con la venida de Eduardo, mi tercer hijo, que nació exactamente dos años después del primer día en que aterricé sobre las pistas de Ezeiza. Cuando finalizaba “…la rubia platino”, leí “La muerte de Iván Ilich”, del gran Tolstoi, y me inspiré para preparar unas pinceladas de una supuesta próxima novela. Nueve años después, luego de haber publicado “Epistolario de un oficinista” y “Cuentos de Luz”, de haber cerrado con ilusión las “Fábulas…” de mi ángel extraviado, de haberme ilustrado con teoría literaria argentina, aquella idea tomó vida tras unos meses de creación compulsiva. Primero se tituló “La muerte del abuelo”, y más tarde, le adjudiqué a la totalidad el título de la tercera parte: “Olor a Varón Dandy”, una novela de 300 páginas. Regresé a España (aunque a Madrid, no a mi Zaragoza natal) al año siguiente, con el deseo de publicar en mi tierra las “Fábulas…” que a ella pertenecían. Lo hice en 2001, habiendo agregado a mi currículum el año anterior un primer premio de artículo profesional, convocado por AEDIPE la Asociación de mis colegas de oficio como experto en Recursos Humanos. Gracias a este éxito, comencé a colaborar en revistas especializadas y a ser invitado a congresos y seminarios. De estas actividades, conjugadas con mis experiencias profesionales, han surgido dos libros de relatos que conjugaron mi profesión y mi afición: cuentos sobre recursos humanos y gestión empresarial, agrupados en los títulos “Qué cosas tienes, Ceferino” y “Hábiles o inútiles directivos”, el primero publicado en 2008 por el Grupo RHM. Entretanto, otros cuentos infantiles, escritos en Buenos Áires, me dieron nuevas satisfacciones: el primer premio de La Salle Gran Vía y la selección como finalista en el concurso de la Fundación Cabana. En marzo de 2009, un buen amigo me ha involucrado en la Asociación del Deporte Solidario (ASDES, www.asdes.es), y ha publicado mi novela autobiográfica “Jugué al fútbol, historia de una ilusión”, en la que se unen tres de mis pasiones: fútbol, literatura y gestión de las personas. Cedí a ASDES los derechos de autor y con los beneficios obtenido, unos cuantos niños sin recursos han disfrutado de un campamento deportivo en el Pirineo Hace dos años y medi que ya regresé a mis pagos zaragozanos. Mi primera acción fue asociarme con los escritores aragoneses para vivir de cerca sus ilusiones, que son parecidas a la mías. En mi equipaje, traía páginas escritas que conformaban gran parte de mi historia. He ido reordenándolas durante este tiempo, tengo apuntados tres proyectos literarios a medio plazo y me sumerjo en el deseo de apabullarme con el oficio de escribir… Pido a las musas su favor. Y en estos últimos meses, he participado en algunas tertulias literarias, ¡cuánto enriquece la conversación!, y de una de ellas ha surgido la creación del colectivo de narrativa TresdeTres, al cual me he incorporado. Preveo que va a ser una experiencia interesante, enriquecedora, de las que no pasan con indiferencia y que apunta grandes posibilidades de quedarse… A disfrutar. Así me veo hasta hoy, mañana será otro día, quizá totalmente diferente… pero exclamo con el profesor Keating: ¡Carpe diem! José Antonio Prades
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