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Y SI FUERA
UN DULCE SUEÑO...
A
lo largo de sus párpados cerrados, en el universo de la oscuridad, a
través de un firmamento sin explicación, le atacaban juegos de luces,
unos con destellos, otros con recorrido y sólo uno, intenso, se
sujetaba, agrediéndole con su color, blanco, azul o amarillo.
Yacía, relajado, encima de la cama, pero creía que no estaba dormido
porque percibía sensación de consciencia, como un sueño sin sueño, quizá
pesadilla de la realidad... Quería despertar, pero era imposible, una
fuerza sobrenatural, aunque en absoluto desagradable, le obligaba a
permanecer en el letargo, y el deseo de escapar o era impedido, o era
débil. Se anclaba por inercia...
Las luces se hicieron formas, rostros, cuerpos, con algo de realidad,
con algo de misterio, con algo desconocido, y pulularon por su pantalla
hasta que, con fogonazos, desaparecían allá por los límites izquierdo y
derecho y en lejanía frontal. Empezó a dejar de sentir piernas y
brazos, como si su ser sólo se compusiera de cabeza y tronco, y oía los
latidos de su corazón... no, no los oía, sabía que estaban allí,
percibiéndolos con un sentido más allá de los sentidos.
Por un segundo eludió las imágenes y quiso analizar su estado. Tuvo
miedo. La casa estaba sola, por las rendijas de las persianas se
filtraba luz del patio interior, el disco se había agotado y el libro
descansaba abierto sobre su pecho acompañando las lentas inspiraciones
que ahora también percibía. No conseguía abrir los párpados y el fondo
oscuro quería vencerle, conquistarle de nuevo. Por un escalofrío,
volvía a sentir el cuerpo al completo, pero duró poco tiempo, y también
desaparecieron de su consciencia el tronco, el cuello y la cabeza, sólo
tenía mente, mente dominada por el impulso de excavar en lo oscuro, por
el deseo de perseguir una luz o de meterse de lleno en el resplandor
central.
Cuando el fondo fue tomando color, se sintió más cálido, porque adquiría
tono anaranjado, y las luces continuaban su pululeo, y la Luz no se
movía. Alguna forma le recordó persona conocida, pero cada una de ellas
descifrable se alejaba de inmediato por un límite lateral. Se convencía
de que jugaban con él... Quizá fuera un sueño.
El
color anaranjado se diluyó como rayo de sol al atardecer, pero no llegó
la noche, el fondo tomó un azul de cielo y seguía sintiéndose cálido,
por la Luz, pensó... Un golpe de rojo, rojo sangre, le agredió por
impacto, y él mismo ocupó la pantalla, cubierto de rojo, sin regueros,
todo sangre, creyó... y no le vino el desamparo, porque la Luz no se
fue.
Cuando quedó solo el azul, por un instante su cuerpo se hizo incorpóreo
y la Luz se desplazó a la lejanía y vio cómo él, todo sangre, salía del
cielo fingido a velocidad rápida, con imágenes que se sucedían sin
posibilidad de ver su contenido. Creyó que salía de sí y pensó en la
muerte, muerte plácida, pero él, su alma quizá, todo sangre, existía
junto con la Luz, allí, lejana, sin dejar de presidir el acontecer.
Se
paró el desplazamiento y se supo dentro de una casa pequeña, en un
dormitorio y, sobre la cama, abrazando la almohada, descansaba Ángeles,
con sueño inquieto y párpados irritados. Vio su propio cuerpo, también
en su cama, pero Ángeles estaba allí, en otro lugar, y se dio cuenta que
él no era su cuerpo, sino una mancha roja. Sobre ella, en la lejanía,
la Luz reinaba, y cuando la miró por un momento, sintió dolor, y decidió
acercarse a Ángeles. Así se calmó, se calmaron, él también, porque
volvió a mirar a la Luz, y ahora le dio paz.
Regresó de inmediato a su cuerpo, miró la habitación y quiso salir del
sueño, pero no podía, porque estaba despierto... Ahora recordaba a
Ángeles durmiendo y lloró de resentimiento, por falso orgullo, pero la
Luz volvió a crecer, ocupó el azul casi hasta rozarle por donde miraba,
y nuevamente sintió paz, consuelo o perdón.
Las luces menores regresaron a su deambular, algunas se acercaban a su
mirada, otras rodeaban a la Luz, y ya todas permanecían en la pantalla,
como si el dolor por Ángeles hubiera seleccionado colores y tamaño, para
dejar a la vista algunas elegidas, porque todas eran ya consistentes,
con órbitas definidas. Y su cuerpo aparecía inerte, con respiración
suave y expresión de placidez, sin otro movimiento, sin otro sonido que
los latidos y, quizá, hasta el fluir de la sangre.
Pretendió introducirse en él y se sintió dentro, pero los músculos no
respondían a su deseo. Era dueño sin posibilidad de ordenar sus
acciones y, en el esfuerzo de dominio, cuerpo y alma se elevaron
lentamente unos centímetros, y si antes no sentía las sábanas, ahora se
sabía sin gravedad, con el todo oscuro, sin azul y sin Luz, con terror.
Intentó asirse y nada le obedecía, cerró con fuerza los párpados y llamó
a no sabía quién, deseaba respuesta o que todo cesara, y, relajándose,
olvidando el esfuerzo, regresó la Luz, y luego el azul, y luego las
luces, y se hizo como antes.
Un
destello abandonó su órbita y pululó inquieto por la visión,
inmiscuyéndose entre las otras luces. Parecía que iba a perderse por
cualquier límite, pero cambiaba de dirección y seguía su juego. Le
prestó atención, perdió la fijeza en la Luz y, entonces, el destello se
abalanzó contra él, buscó otro límite y le envolvió en su resplandor
para sacarlo nuevamente de su cuerpo, y comenzó a volar, o a viajar, sin
percibir el desplazamiento, a otra sensación de agonía que se agudizó
conforme se alejaba de su punto de partida. La Luz se hizo pequeña y se
sintió desprotegido nuevamente, con angustia y dolor, como si nunca
fuera a escapar la sensación. El destello, todo él era destello,
cambiaba de color, se oscurecía, hasta casi alcanzar el negro, y a más
oscuro, más desazón, y la Luz presidiendo, se alejaba, se alejaba,
porque no se atrevía a mirarla.
A
cada golpe de agonía, su cuerpo respiraba más lentamente, y el destello,
a la par de gobernarle en su estado, se acercaba sobre su pecho y le
presionaba. Quiso morir, veía la muerte, y Ángeles, otros rostros
desencajados y manchas negras que sonreían ocupaban su visión dejando
cada vez más pequeña la ventana que daba paso a la Luz... Y los
recuerdos le estallaron, todos amargos, como punzadas de remordimiento,
se ajaba... y vio un hilo, débil, casi roto, que quería soltarse de su
alma, que no de su cuerpo. Y Ángeles desapareció, pero los rostros y
las manchas continuaban su risa con crueldad y rictus de satisfacción,
expresando victoria, humillándole.
Y
sin querer, se asió a la Luz, la llamó, y la Luz se hizo grande, tapando
las manchas negras y los rostros desencajados, la respiración volvió a
su cuerpo, el hilo desaparecía y él regresaba al cuerpo, a los latidos y
al fluir de la sangre. Toda la Luz cubrió por un segundo la pantalla, y
se quedó sin azul y sin destellos, no sabía si por deseo suyo o deseo de
ella, porque empezaba a intuir que la Luz era ser, ser con albedrío
capaz de escuchar y decidir.
En
su cuerpo, sobre la cama, con el libro abierto, controló su pensamiento
y recordó los recuerdos amargos con intención de darles dulzura, de
engarzarlos con afecto, de darles cariño, una caricia, con amor, aunque
le hirieran... pero pudo abrir los párpados y la Luz se fue a un aparte,
vigilante, y creyó que sonreía con encanto, con cierta suficiencia,
también triunfante, pero respetuosa. Y sin fondo, las manchas y los
rostros se sucedieron, ahora perdiéndose por los límites laterales, en
sucesión, con cadencia, y él creyó dominarlos, porque ahora ya no sentía
dolor... hasta que una de ellas, la más oscura, tenebrosa, se detuvo a
su frente y giró, giró para, de pronto, ir hacia él en busca de su
alma. Tembló sin movimiento en su cuerpo.
Miró a la Lu
z,
y la Luz, sabia, continuó en su sonrisa apacible, y comenzó a hacerse
grande, y conforme así crecía, la mancha se apartaba lentamente y se
perdía, no por los límites, sino diluyéndose, tomando color,
desapareciendo, vencida, y creyó verle expresión de derrota, de rabia y
también de temor, porque volvió la Luz, y todo fue Luz.
Estaba como antes, ya sentía sus piernas, sus brazos, su ser encarnado,
y se sintió débil, no por esfuerzo, sino por nimiedad, como si hubiera
conocido la inmensidad y ahora regresara a un mundo ínfimo. Quiso
salir, pedir la Luz, tomar los destellos, volar o viajar, pero su cuerpo
era él, su cuerpo y su alma eran él, sus párpados le daban oscuridad y
no quería abrirlos porque buscaba la Luz.
Y
en su lucha por llamar a la sensación de paz, la oscuridad se le quebró
con luces blancas que él creyó de amor, porque él deseó convertirse en
una de ellas para compartir su órbita, aun la de aquéllas que se
perdían. Y con ese deseo volvió la Luz, pero sin potestad, como
espectadora, porque no existía ahora por necesidad, y se movió, se movió
con delicadeza para tomar una de las otras luces, la más grande, la más
brillante, y otra vez con delicadeza, con dulzura, con amor, la llevó
frente a él a un mundo que ya comenzaba a ser real, y ya no necesitó
salirse de sí, porque su búsqueda había acabado, tuvo satisfacción y
sonrió... la pequeña Luz le fue conocida.
Abrió los párpados, sin oscuridad, sin temor, y caminó, como volando,
como viajando, a una casa, a un dormitorio, al lecho de Ángeles.
...NADA VENDRÍA A SER REALIDAD.
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