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El
grito de un milano
©
Jose Antonio Prades Villanueva
Dedicado
a la recuperación de Ligüerre de Cinca (Huesca), un pueblo abandonado
en los años 60 por la construcción del pantano de El Grado, que anegó
sus tierras de labor, pero no las casas.
Las
aguas crecieron por el encantamiento de la ingeniería y las gentes
emigraron hacia la ciudad prometida.
Entonces, el alma del pueblo, que no es más que todas las almas
de sus habitantes, se escapó. Con
el viento húmedo, los fantasmas se afligieron entre los muros
abandonados porque ya nadie les rezaba.
Pero
la roca sigue reina del valle, enhiesta y arrogante, exigiendo pleitesía
al desfiladero y, a pesar de los espectros, los restos de los edificios
constituyen su séquito, cortesanos envejecidos por el tiempo, por las
noches, por el sol, por la nieve y por el silencio. La maleza respeta,
aunque con algo de descaro, las puertas y las ventanas, pero algún
ramal anudado se cuela por las verjas evocando la postura de un amante
al habla con la doncella enclaustrada.
Desde
la esquina del camino ondulado, sobre la tapia de piedras desiguales que
salvaba de intrusos los huertos, el fantasma centinela ya no se asusta
del renovado pululeo, incluso aguarda la ruidera de las máquinas
para olvidar los años de silencio.
La monotonía de vagar sobre suelos rotos, a través
de paredes enmohecidas y con la compañía de telarañas, ratas y
escarabajos se releva por la novedad de sortear las herramientas de los
albañiles, de atravesar piedra lavada y de gozar hacia la medianoche de
la torre fortaleza con su olor a cemento fresco y a futuro presumido.
La
cola del pantano sube y baja por laderas y ribazos, pero nunca llega a
alcanzar las aspilleras alcahuetas, y jadea, jadea con ese gemido clónico
que todas las aguas regalan a los oídos que se acercan a las puertas de
su entraña. En el
desfiladero resuena el grito de un milano rogando al verde oscuro del
fondo que le ofrezca estelas para picotear la cresta de la onda.
El cielo se hace cada noche más azul, pierde el negro, las
estrellas sonríen, y la corte se viste de gala para celebrar el nuevo
rumbo que las almas nuevas dictan sobre el destino de la aventura.
Y
aseguro a quien descubra Ligüerre que hallará fantasmas alegres, aguas
revoltosas y la torre fortaleza a modo de vigía que arrulla
con mirada protectora la resurrección de un pueblo encantado.
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