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Texto de la presentación del libro por

Cristina Andreu Nicuesa

 

 

Cuentos e amor, desamor y otras reacciones químicas
Pilar Aguarón Ezpeleta, Anabel Consejo Pano, Jose Antonio Prades
 

3D3 van mas allá de la suma aritmética, explican su forma de crear juntos como “escritura sinérgica”, así lo llaman algunos. Pilar Aguarón, Anabel Consejo y José Antonio Prades son, en sus libros, uno y trino.

No es casual el número tres, quizá es un destino. Se disciplinan voluntariamente a estructuras literarias con el número 3 de base, con el 3 como argumento para ejercicios literarios que son a la vez una muestra de humildad para todo escritor, como el poeta que se obliga a una métrica, y forma de exploración de nuevos terrenos.

El 3 es el signo de la expresión artística, sociabilidad, simpatía, superficialidad y espíritu derrochador. Símbolo de la comunicación, la interacción y la neutralidad. Incansable optimismo, felicidad y del disfrute de la vida. Algunos dicen que pueden ser amantes divertidos, quizás por eso escriben sobre el amor.

A veces, el 3 está asociado a la inspiración y a la inteligencia imaginativa, a la creatividad.

Pero el 3 es mas que la suma del primer número par y que el 1. El 3 es la base del equilibrio mínimo: se necesitan 3 puntos para componer un soporte, un trípode, tanto mas estable cuanto mas se abren sus componentes.

Son necesarios y suficientes 3 puntos no alineados para determinar un plano y una circunferencia, es decir, un universo y sus estrellas, ¿Y quién no ha aprendido la regla del 3?

En la cultura medieval cristiana es un número perfecto. Simboliza el movimiento continuo y la perfección de lo acabado, es el símbolo de la Trinidad por tanto considerado por creyentes como un número celeste.

3 son los colores primarios: rojo, amarillo y azul

3 los cuerpos con aristas: el cubo, el prisma y la pirámide

3 las grandes dimensiones físicas: materia, tiempo y espacio

3 los estados de los cuerpos: sólido, líquido y gaseoso

3 las formas que existen en  la Tierra: animal, vegetal y mineral, aunque algunos sean una mezcla ambigua de los otros

3 las partes de la oración: sujeto, verbo y predicado

3 la trinidad del Antiguo Egipto: Isis, Osiris y Horus y 3 las Parcas, las hilanderas del destino, hasta Júpiter estaba sujeto a su poder.

3 veces negó Pedro a Cristo y 3 son los Reyes Magos

3 son las virtudes teologales, 3 los valores de la revolución francesa: libertad, igualdad y fraternidad y 3 los Principios Inmutables de la Masonería: RAZÓN, EQUIDAD Y JUSTICIA.

En fin, podíamos seguir nombrando aspectos en los que el 3 forma parte de nuestra cultura. En la terna de José Antonio, Pilar y Anabel, no sé quién es el rojo, el amarillo o el azul. Tampoco quien es el sólido, el líquido o el gaseoso. Pero juntos componen un trípode en equilibrio, para enriquecimiento mutuo. Juntos tejen novelas con distintos hilos para formar una sola obra.

 

No debe de ser fácil disciplinarse a escribir “en base 3”.

Si en las anteriores obras del colectivo, sus autores habían utilizado diversas variantes para presentarse ante los lectores: bien un número determinado de palabras por relato, bien utilizar la misma frase de arranque, bien aprovechar la frase final de uno de los compañeros para escribir su propuesta, en esta ocasión han decidido explorar otro método de trabajo.

En “Cuentos de amor, desamor y otras reacciones químicas” cada autor ha escrito un relato, con el tema genérico del amor al fondo. Es decir, tenemos nueve relatos base. Una vez escritos éstos, los otros dos miembros de la terna se obligan a escribir la continuación bien como secuela del primero, bien anticipo del que partían. En consecuencia el lector se halla con nueve epígrafes o capítulos, cada uno de ellos con tres relatos cortos.

El capítulo décimo lo componen tres relatos escritos en común por el trío de escritores, a tres manos, ejemplo de humildad para cada uno de ellos, porque es mas difícil compenetrarse que ir de verso libre, y el undécimo, un respiro, son tres relatos independientes, en los que Pilar, Anabel y José Antonio ofrecen una muestra de su estilo personal.

Escribir un libro colectivo puede consistir en juntar bajo un mismo volumen un número determinado de textos pero  Cuentos de amor, desamor y otras reacciones químicas tiene una arquitectura compleja, intencionalmente compleja, como resultado de un trabajo hecho en equipo. Esta forma de narrar requiere disciplina, acordar unas reglas y cumplirlas, respeto a la tarea del compañero, pero, al mismo tiempo, permite la suficiente libertad como para dar rienda suelta a la voz propia de cada uno de los autores. Esto quiere decir que el lector no se encuentra con uniformidad de estilo, lo que empobrecería el resultado final de la obra, sino que se encontrará con el singular modo de decir de Anabel, José Antonio y Pilar, con lo que el resultado se asemeja a un universo de colores, donde cada autor mantiene su color, sus aristas y su estado físico, pero que juntos conforman un arcoíris con todas las gamas posibles.

 

Si el 3 es un destino elegido en el colectivo 3D3, el tema elegido, el amor, es un universal.

Incluso para los que dudaban de que el amor romántico fuese un invento de los movimientos culturales del siglo XIX, el enamoramiento es un hecho universal, desde los mangayanos de la Polinesia hasta las tribus del África subsahariana. Dos antropólogos, William Jankoviak y Edward Fischer lograron descubrir pruebas directas del amor romántico en el 87% de poblaciones que estudiaron, extremadamente distintas la una de la otra. Desde la selva amazónica a las estepas mongolas. Desde la época clásica hasta la actualidad. Aunque su relación con el matrimonio y la formación de la familia es un hecho moderno, que se generaliza en Europa occidental a partir del siglo XIX, el amor romántico es un hecho que podemos dar por universal.

La mayoría de los filósofos, sociólogos y psicólogos no han comprendido la importancia del enamoramiento. Ortega lo consideraba una imbecilidad transitoria, una angina psíquica. Para Froom el verdadero amor nace de la voluntad, requiere un esfuerzo continuado, y se asombra de que a veces brote del territorio abrasador e irracional del enamoramiento. Para Froom, el amor es un esfuerzo. Yo creo que no habla de enamoramiento, habla de trabajos forzados.

Tampoco los psicólogos sabemos demasiado sobre el amor romántico, sobre el enamoramiento. Ahora sabemos un poco, quizás algunos un mucho, de serotonina y noradrenalina, opiáceos endógenos y neurotransmisores, de estructuras cerebrales y de funcionamiento caótico del cerebro, donde también un batir de mariposas puede provocar una eclosión, la del enamoramiento que quizá está en la raíz del flechazo romántico. Una tesis de la Univ. De Yale le da tres años de vida a este fenómeno, lo mínimo para garantizar la crianza de la prole. Prosaica, la psicología, en este tema. Me consuelo pensando que esta limitación será un mecanismo adaptativo; no se puede vivir muchos años con el corazón latiendo a mil por hora, la mente obnubilada y las noches en vela.

Quizá los psicólogos sabemos un poco mas de negociaciones para no convertir la vida cotidiana en una batalla continua, de entrenamiento en habilidades de comunicación para no callar lo que nos angustia, de planificar diversiones conjuntas para no caer en la rutina. Pero eso no se parece al enamoramiento; es casi tan tedioso como pretender renegociar una cláusula suelo de la hipoteca con la entidad bancaria e igual de lamentable: uno se hace plenamente consciente de que lo tienen pillado y le importa un bledo a la otra parte.

En una ocasión, primera y última, recibí en consulta a una pareja que, a petición de él, querían hacer terapia de pareja. Doy mi palabra que seguí las técnica mas ortodoxas de la práctica clínica, pero mientras lo hacía, yo miraba a aquella mujer que se había desenamorado de su marido, y pensaba que estábamos perdiendo el tiempo; hubiera deseado disponer de una fórmula de elixir para volverla a enamorar. ¿Cómo íbamos a conseguir que se re-enamorase a base de negociar quien bajaba la basura cada noche, o programando sesiones de caricias con un hombre que ya no le apetecía lo mas mínimo?

 

Desde luego, fue un fracaso, y tomé conciencia de lo intangible, de lo involuntario y del carácter de milagro, de suceso inesperado, del enamoramiento. No se enamora uno de quien quiere, sino de quien puede; y además cuando puede, y no siempre se puede. Es necesario un plus de energía, hay que estar preparado para renacer, y hay que estar dispuestos a reinvertarnos. Nos enamoramos cuando estamos dispuestos a variar, a dejar una experiencia ya adquirida y desgastada y tenemos el impulso vitar para llevar a cabo una nueva exploración, a realizar sueños y deseos a los que antes habíamos renunciado. Nos enamoramos cuando estamos profundamente insatisfechos del presente y tenemos la energía interior para iniciar otra etapa de nuestra existencia.

¿Y de quien nos enamoramos? Los psicoanalistas dicen que de alguien que evoca una figura de nuestro pasado, al padre, a la madre, o alguien significativo de la infancia. El paradigma del psicoanálisis es que todo lo que ocurre de importante en la vida adulta es réplica de algo sucedido en la vida infantil.

Yo, que no soy psicoanalista, creo todo lo contrario. El enamoramiento ocurre cuando encontramos a alguien que nos ayuda a crecer, a realizar nuevas posibilidades, a ir en una dirección de nuestras exigencias internas, y lo elegimos porque llega en el momento oportuno, al menos en el plano simbólico, nos parece idóneo para nuestro problema existencia.

Si el sujeto está listo para un cambio radical, basta un estímulo mínimo, casi un pretexto para desencadenar el enamoramiento. Es un amor-revuelta, que subvierte el tipo de vida equilibrado y formal que nos habíamos impuesto, aunque requiere un proceso. Si no está listo todavía para el cambio, el proceso se detiene como un arrebato breve, una chifladura, y va haciendo nuevas exploraciones, nuevos intentos.

En realidad, no sabemos casi nada de la explosión, del descubrimiento del otro, del estado naciente, de este estado donde todo parece posible, donde el otro se transfigura y simboliza un deseo y un proyecto. Por eso, cuando ocurre es un milagro que hay que explorar. Es prácticamente un deber moral.

Si el enamoramiento es un fenómeno universal y la naturaleza no hace nada en balde, ¿qué función cumple? ¿Por qué la naturaleza nos ha dotado de ese cúmulo de emociones, capaces de subvertir el orden previo establecido, de reorientar vidas, de romper moldes y reglas, de llevarnos a la otra punta del planeta, a dónde nunca hubiéramos ido de no haber sido por amor?

Estudiar el amor individualmente es como estudiar a un combatiente que dispara sobre otros seres humanos o utiliza explosivos. Para comprender su acción no debemos devanarnos los sesos sobre sus emociones. Debemos de comprender el fenómeno de la guerra, su dinámica y su acción sobre cada individuo.

Por eso, si observamos al sujeto enamorado y tratamos de comprender el significado social de su estado, nos percatamos de que ese amor y esas emociones destrozan vínculos sociales viejos e instauran otros nuevos. Al final ya no son los dos individuos de antes, sino dos personas nuevas en una nueva colectividad.

Por eso, el amor sólo es comprensible desde la perspectiva de los movimientos colectivos. La vida humana está hecha de distintos renacimientos, cuando nos vamos del hogar paterno, cuando comenzamos un nuevo trabajo exaltante, cuando emigramos, cuando participamos en una colectividad, entonces ocurre un renacimiento que no sólo nos afecta como individuos, sino que también afecta a la colectividad. Ninguna colectividad puede renacer si los individuos no renacen a su vez. El enamoramiento es el artífice del renacimiento de la mas pequeña colectividad posible, sólo dos personas, pero en él el sujeto emerge con un nuevo nivel en el edificio de su biografía. En El Banquete, de Platón, Aristófanes explica este tipo de experiencia diciendo que los seres humanos antes eran una unidad indivisa, que Zeus luego separó en dos partes, perennemente en busca de la mitad perdida.

Pocos sucesos cotidianos poseen la fuerza del enamoramiento; la pasión no sólo es éxtasis, también es sufrimiento. Pasión viene de Patire, sufrir. Pocas emociones son tan revolucionarias como el amor; en él, el sujeto es capaz de romper con viejos vínculos y transformar su realidad, es el combustible del motor de cambio. El enamoramiento es un estado naciente, marca el momento en que el viejo mundo pierde valor y aparece uno nuevo, resplandeciente y luminoso. El estado naciente es una potencia redentora que lo transfigura todo. Del amado lo amamos todo, incluso sus defectos. De costumbre, el estado naciente comienza en uno de los dos y, luego, lo desencadena en el segundo, con una formidable capacidad de contagio, que ya ocurre entre los adolescentes cuando se enamoran “de oídas”, cuando saben que alguien se ha enamorado de él o ella. El enamoramiento es una potencia de seducción extraordinaria que embiste a su objeto y lo arrastra consigo. Dante ya lo comprendió en La Divina Comedia, cuando Francesca dice: “Amor, que no consiente que no amemos”.

Pero hay muchas formas de amor, muchos pseudoenamoramientos:

·       El amor divístico, la adoración hacia aquel al que todos conocen, al que todos indican, es un arrebato que cesa cuando el divo deja de ser admirado por la colectividad. Aquí rige el mecanismo de la indicación, los otros nos indican quien es digno de admiración y amor.

·       Hay amores competitivos, que sólo sobreviven cuando son obstaculizados, cuando están amenazados por la pérdida, como Don Juan o Casanova. Es un pseudoenamoramiento competitivo. Rige aquí el mecanismo de la pérdida, el miedo a perder el objeto amado. Por eso, a veces, los celos avivan el amor, porque activan el mecanismo de la pérdida, aunque hay que tener cuidado, porque si son excesivos el amante puede abandonar.

 

·       Hay amores eternos, pura ilusión, como aquellos novios que se iban a la guerra de África y no podían someterse a comprobación empírica. O amores inconclusos, rotos abruptamente por alguna razón externa, que no llegaron a madurar, y donde los supervivientes pueden proyectar lo que quieran porque nunca podrán comprobarlo. Seguir enganchados a esos amores significa que no se quiere romper con el pasado, el sujeto se acomoda.

 

·       Hay amores de consolación, alguien tranquilizador, que nos quiera, al que podamos abandonarnos sin temor, que nos ame y por el que nos dejemos amar. Estos amores entregados, propios después de un abandono anterior,  sólo sobrevivirán si cuando el abandonado se recupere es capaz de enamorarse realmente. De otro modo, terminarán porque buscará la energía en otro sitio. Es casi una ley de la naturaleza.

Hay otras formas de amor erótico, donde el sujeto no se compromete, no se pone en juego, no acepta fundirse, por lo que su espacio y tiempo será limitado:

·       En la aventura amorosa la pasión es muy intensa, pero la persona no puede pensar en un proyecto común, no puede prolongarlo al futuro, no consigue imaginar el futuro juntos ni se compromete a romper con el pasado. Entonces el proceso se bloquea, y el amor se convierte en un bonsái, maduro pero leñoso.

 

·       En el arrebato erótico el deseo y el placer se vuelven importantísimos, pero desaparece cuando el sujeto decide tener una verdadera intimidad, una vida de dos; ahí lo primero que desaparece es precisamente el deseo.

 

·       A veces el enamoramiento encuentra un obstáculo interno insuperable, entonces no avanza hacia la fusión, se autolimita, se restringe a lo erótico. En El Amante, de Margarite Duras, la muchacha de 15 años se enamora de un joven chino de 30. Lo sigue a China, se enamora del exotismo que representa para ella, tienen un arrebato erótico, pero el padre de él se lo impide, ella vuelve a Paris. El amor adquiere una forma paroxística y pasional cuando es obstaculizado. Tristán e Isolda, Lanzarote y Ginebra

 

·       El amor platónico, como los que sintieron Guillot, Ree y Nietzsche por Lou Salomé, una mujer que defendió su independencia y establecía relación espiritual sin sexualidad. ¿Estaba enamorada Salomé? No, ella buscaba la amistad erotizada, el coqueteo íntimo pero sin fusión ni pasión. Su pasión sólo era intelectual, no amorosa.

 

·       Hay chifladuras de verano, que son como los cachivaches que compramos en mercadillos cuando vamos de vacaciones a sitios exóticos. Uno se enamora de los colores, de los olores, de los daiquiris; compra cachimbas, máscaras, kilims, flautas, y cuando llega a casa no sabe dónde ponerlas. Esos amores sólo caben en una vida que no es la cotidiana, alejados de nuestro mundo, donde no nos ve ni nos conoce nadie, no se ajustan a la realidad, y se recuerdan con afecto y nostalgia, pero con conciencia de irreales.

 

·       Hay amores secretos, la isla dorada, la relación es separada del mundo, arrancada de la vida cotidiana, es como un domingo o un sábado, no aspira a modificar lo existente, no quiere romper su realidad, sólo aspira a escaparle. Amor secreto, clandestino, protegido y aislado.

 

En “Cuentos de Amor, desamor y otras reacciones químicas” los autores nos hablan de distintas formas de amor, de amores cotidianos, incluso vulgares, de amores truncados, místicos, divísticos, como la mujer enamorada de un actor; de enamorarse por la vista, incluso de quien no nos ama o nos maltrata. Del sentimiento de culpa al cabo de los años, de enamorarse y no fraguar o de parejas donde sólo uno ama.  De la envidia por el amor de otros al suicidio por amor.

 

Los autores, en un afán por explorar tipologías, viajan por las diferentes edades y condiciones del ser humano: hombres y mujeres; jóvenes, y viejos; heterosexuales y homosexuales; sinceros y falsos; torpes y hábiles; valientes y cobardes; felices y tristes; esperanzados y resignados; enamorados y desenamorados…

El lector encontrará amores cotidianos, como enamorarse de una compañera de trabajo, porque compartir intereses es un elemento común a muchos amores;  la indecisión del “me quiere, no me quiere”, el deshojar de la margarita. También entrará en el dolor de una vida arruinada por un amor a causa de la cobardía y el engaño, por no saberse reponer de un desengaño y abandono. Se emocionará al acompañar ese amor que atraviesa toda la existencia, o con aquellos que ni la muerte es capaz romper; con el anciano que se suicida junto con su amada enajenada de vejez, héroe en un relato y villano en el siguiente, donde el siguiente autor pone un toque de realismo “si le aplican la ley de género, sería un maltratador”, dos lecturas sociológicas del mismo amor.

Es probable que recuerde aquel amor suyo que, en realidad, fue la ardiente pasión de un verano, una chifladura. Comprobará también que algunas veces la razón pretende derrotar, sin éxito, lo que las hormonas, el corazón y la adrenalina están gritando. Cómo no emocionarnos al recuerdo del primer amor, o al del recuerdo que empezó como una llamarada y terminó en un aburrimiento, lo que pudo ser y no fue.

Si los protagonistas de estos relatos son seres como cualquiera de nosotros, personas cotidianas, con trabajos cotidianos, en una ciudad como Zaragoza, mediana donde las haya, entonces es probable que la historia que nos narran, también haya sido vivida o pueda ser vivida por nosotros, en el pasado o en el futuro, tanto las más felices, como las mas dolorosas; tanto las mas comunes como las mas inverosímiles, porque la realidad suele superar a la ficción.

Lo importante del libro está en la exploración que cada autor hace sobre algunos matices del amor y el desamor. Cada una de estas propuestas iniciales —atractivas por sí mismas—, en manos de los otros miembros del equipo, adquiere un quiebro, una mirada o un matiz que enriquece la anterior. Cada uno de los autores produce una alteración en la perspectiva. Un paisaje, cualquier paisaje, es el mismo en cualquier circunstancia, pero no se ve de la misma manera según la hora del día o la estación del año. El tiempo y el espacio aportan matices diferentes ante el mismo fenómeno, desde la visión del amor a la visión del maltrato. Desde esta consideración, las distintas perspectivas que realizan José Antonio, Pilar y Anabel enriquecen la visión de conjunto; cada uno aporta su color, sus aristas y estado, para componer entre los tres una gama rica, variada y personalísima del amor. Quizá una vida no da para vivir todos los tipos de amor, pero si la literatura.

Sólo me queda felicitar a los autores, y a sus lectores desearles que disfruten de su lectura y de las ocasiones en que puedan poner en práctica sus enseñanzas.  Recuerden, es casi una obligación moral.