RESEÑA DE HISTORIAS DE SUJETADORES

Amando Carabias María      http://amandocarabias.blogspot.com/

 

 

Anabel Consejo con Historias de sujetadores (Editorial Milenio. Lleida 2010) nos regala un texto de fácil lectura, pero no de fácil digestión. Como los buenos libros, utiliza de la literatura para conducirnos, como si viajáramos en el AVE, hacia la estación Corazón Humano. A mi modo de ver, en los últimos tiempos el corazón humano no es un destino para un viaje de placer, más bien debiera ser patrimonio de alguna ONG solidaria.

 

El título del libro puede hacernos pensar en varias posibilidades. Leído por un varón, la carga erótica de la palabra 'sujetadores' nos atraerá, como nos atraen los escaparates de las tiendas de lencería, y más si los maniquíes son sugestivos. Leído por una mujer, supongo, le empujará a muchas más cosas –maternidad, trabajo, matrimonio, cotidianidad…-, sin renunciar al erotismo, por supuesto.


 

Pues bien, como en tantas cosas, hagamos caso a las mujeres...

Si uno mira con detalle a la portada del libro, comprenderá que sin estar ausente la sensualidad (fíjense, fíjense), vamos a compartir algún retazo de la vida cotidiana de un buen puñado de mujeres (catorce, en concreto) de diversas edades, situaciones y emociones.

 

Pero antes de seguir me tengo que desdecir. No es cierto que se trate catorce mujeres, sino de catorce soledades femeninas, lo que implica elevar a una potencia muy alta el concepto de soledad.

Y aquí comienza la difícil digestión.

 

El mundo que nos regala Anabel, es el mundo cotidiano de nuestro siglo (¿de toda la historia del ser humano?), en el que la soledad es la verdadera enfermedad a la que nos tenemos que enfrentar. Soledades provocadas por diversas circunstancias: aburrimiento, abandono, traición, pasado, edad, trabajo, fracaso, monotonía… Soledades que llevan al hastío, pero no a la resignación.

 

Esta es otra característica común en las catorce protagonistas del libro, o en casi todas ellas: no se conforman con el fracaso, no se quedan sepultadas dentro de una bata de guatiné raída y vieja, a la espera de tiempos mejores, porque saben –quizá como la propia Anabel- que para derrotar a la soledad hay que salir fuera, hay que vestirse de calle, enfundarse en exquisitos perfumes y proclamar la presencia personal e insustituible y si fuera preciso a gritos, para que el mundo lo sepa y tome nota. Y si fuera necesario revertir la situación, hacer revolución de los propios principios y subvertir el orden de valores. (Al menos en dos relatos esa soledad femenil se sortea –no creo que se venza- con relaciones sexuales en que la mujer paga al hombre).

 

Historias de sujetadores usa del erotismo mucho y bien, porque el erotismo es una de las fuerzas motrices en el género humano, acaso la más potente. La humanidad no ha desaparecido de la faz de la tierra porque ha existido, existe y existirá el erotismo. Sin embargo, hasta bien entrado el siglo XX, ese impulso, en el caso femenino, era sinónimo bien del binomio matrimonio-maternidad, o bien era sinónimo de perversión. No cabía la opción normal, la que nos define como humanos: un modo de relacionarse con quien más queremos, acaso el más profundo, porque en esa relación la piel y los sentidos son los protagonistas.

 

En este contexto, Anabel ha salido a pasear por las calles de nuestros pueblos y ciudades (no ha viajado muy lejos, no), ha fotografiado parte de la vida que nos rodea y nos la ha devuelto en forma de catorce relatos en los que tantas cosas demoledoras se presentan de modo sencillo y desnudo: prostitución, desamor, engaño, hastío, fracaso, poder, lucha…

 

Y aquí nos topamos con el segundo motivo que hace difícil la digestión de este libro: el mundo en que vivimos es un mundo lleno de injusticias, lleno de dolor, un dolor profundo y muchas veces silencioso. Sólo los artistas de una pieza son valientes y nos lo muestran sin tapujos, para que asumamos lo que somos. En este juego ha podido caer en lo simplón, en lo fácil, en lo evidente, en el territorio común, pero Anabel Consejo es más inteligente que todo eso. Los momentos de erotismo no son el centro del texto, aunque sí sean nota esencial, los momentos de erotismo vienen a representar, muchas veces la salida de la angustia y de la soledad. En este sentido, el relato Azules, no, grises es paradigmático, puesto que el juego y la fuerza del erotismo se alía con el de la imaginación (¿o es al revés?) para conseguir llegar al culmen.

 

Y más, más aún.
Para los hombres disfrazados de antiguos prejuicios, la escritora nos muestra que ellas también se sienten atraídas por el macho de presencia imponente, cuerpo atlético y mirada sensual. Ellas, cuando tienen oportunidad –porque tengan dinero, o porque les regalen la ocasión-, son capaces de echarse una canita al aire. Y está bien que quede así reflejado, para que otro mito absurdo de este machismo en que nos han educado se deslíe como un terroncillo de azúcar en un río.

 

Anabel Consejo maneja el idioma con naturalidad, destreza y sabiduría. Se nota en muchas de las frases que también es poeta, que también se mueve por los versos con naturalidad y maestría. En las dosis justas ofrece destellos de poesía en sus relatos, casi como si fuera orfebre y en mitad de la labor engastara un rubí, una esmeralda, un diamante...

 

Podría escribir alguna cosa de cada una de las catorce historias, pero no lo haré por no chafar a quien no lo haya leído. Diré, si la autora me lo permite, que me han gustado en especial estos relatos: Azules, no, grises, La ciega (que me emocionó hasta la lágrima), Angélica, Los cuentos de Graciela, Vencer a la muerte, Un gin-tonic y Quemaduras de tercer grado. Y añado que los catorce me han gustado mucho y que probablemente si nos cuentan algo quienes hayan tenido la suerte de leer el libro, terminarán por aparecer los otros siete.

 

Y puestos a saber lo que ya sabemos, convendría que los varones tomemos nota y nos apeemos de infaustas tradiciones que, por muy vetustas que sean, no dejan de ser contraproducentes. Es verdad que no en todos los casos los hombres son culpables de la soledad de las mujeres, esa soledad que les lleva a situaciones un tanto desesperadas, pero no es menos cierto que en demasiados casos así es.

 

Sé que Anabel está pensando en preparar el correlato de este texto con otro donde seremos los machitos los protagonistas. Miedo me da, pero lo estoy deseando. A veces no es tan malo verse reflejado en un espejo, ayuda a conocer los defectos.

 

Conviene la lectura de este libro –no sólo por la amistad que me une con Anabel lo digo-.
Lo digo porque se lee de modo sencillo, porque nos trae el mundo real –o parte de él al menos-, porque no es artificioso, porque nos hará sonreír, nos hará temblar de emoción, nos hará subir la temperatura de la libido -claro- y nos hará reflexionar una vez que lo demos por concluido. Es una pena que no tenga otras catorce historias, u otras veintiocho…


 

Y yo diría, para finalizar, que aunque a las mujeres les vaya a encantar, es más necesario para los hombres. Quizá algo aprendamos, si es que somos capaces de mirar como las mujeres miran. Quizá dejemos de hacer tanto daño, quizá consigamos que se sufra algo menos.

 

  volver al inicio

        volver a la página anterior