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Suelo volar con
facilidad.
Consigo hacerlo en
cualquier sitio y en casi
cualquier circunstancia. La única
energía que necesitan mis alas
para emprender el vuelo es ansiar
huir. En un parpadeo, me elevo por
encima del mundo y lo observo
desde la distancia que proporciona
el aire, el azul y las nubes.
Adopto un estadio
en el que las sensaciones dirigen
las ideas. Lo que siento es
absoluto y, desde esa certeza, se
abre el abanico infinito en donde
soy dueña de un escurridizo
destino.
Con las alas
extendidas, me enfrento al miedo
envuelta en un halo de
atrevimiento y recursos. Fuerte,
serena y libre para emprender
cualquier proyecto, cualquier
ilusión que permanezca enterrada
bajo las sábanas de la desidia. Me
convenzo de que los obstáculos son
salvables y que el optimismo es la
mejor arma; de que las emociones
son mis aliadas y no debo
reprimirlas; de que puedo y sé.
Todo es posible en
mi dimensión. Hasta tu amor por
mí. Convencida de que me deseas
tanto como el nudo de tu estómago
te ata a mí. Logro saborearte con
tal nitidez que, cuando te vuelva
a ver, me vanagloriaré de haber
estado en tu boca. Justo entonces
abro los ojos y me veo a mí misma
como una pobre diablilla que se
alimenta de fatuas ilusiones. Algo
se rompe dentro de mí,
probablemente alguna pluma.
Me salen muy caros
estos viajes a ninguna parte, por
eso siempre llevo piedras en los
bolsillos.
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